48 horas en Moscú

Por: María Traspaderne (texto y fotos)

Es extraño escuchar “La vie en rose” colándose por la ventana del hotel a 3.000 kilómetros de París en la antigua capital de la URSS. Es raro caminar bajo las lámparas de araña del metro mejor vestido del mundo con el hilo musical de hip hop que va dejando un Segway a su paso. Al principio. Poco a poco, todo va encajando y se digiere bien un concierto a lo New Kids on the Block en una plaza después de admirar la biblioteca del aristócrata café Pushkin.

Dos días en Moscú dan solo para llevarse una pequeña idea de lo que es esta ciudad de 12 millones de personas, pero tiran por tierra muchas ideas preconcebidas.

A falta de una charla cara a cara, la atención a los forasteros es en general seca. Las sonrisas no vienen, se arrancan

Se ven cochazos de lujo, sí, pero Moscú no es una ciudad por y para los petrodólares, sino que se ofrece como una capital europea más. Calles sembradas de multinacionales de ropa “low cost”, locales de diseño que sirven tartar en cucuruchos, trayectos en metro con las miradas fijas en los móviles, parques con restaurantes integrados bajo el césped…todo eso es Moscú en un vistazo.

El centro turístico concentra la plaza Roja, el recinto del Kremlin flanqueado por su famosa muralla roja y edificios sobrios pero grandilocuentes con algún palacete desperdigado aquí y allá. Entre esos edificios, el naranja de la ex KGB, que aún concentra los servicios secretos rusos; el teatro Bolshói famoso por su ópera y ballet, que sirvió de vía de escape a muchos artistas en la época soviética; el museo Pushkin con sus maravillas impresionistas o los grandes almacenes Gum, donde compraban los aristócratas en el siglo XIX.

Dicen los que eligen Moscú como cuidad de acogida que sus habitantes despliegan esa fachada, pero que una vez se conocen son leales y generosos

Es en estas calles, las de obligado cumplimiento si solo se tienen 48 horas, donde el visitante lidia con los moscovitas. Lidia porque, a falta de una charla cara a cara, la atención a los forasteros es en general seca. Las sonrisas no vienen, se arrancan, y es difícil quitarse la sensación de que uno molesta. Dicen los que eligen Moscú como cuidad de acogida que sus habitantes despliegan esa fachada, pero que una vez se conocen son leales y generosos.

En dos días falta tiempo para profundizar, si bien una escena nocturna me hace pensar que es posible. Once de la noche en una calle de marcha, un mendigo alcoholizado grita intermitentemente al aire como un animal extraviado. Al cabo de un rato, dos chicas y un joven se sientan a su lado, en el suelo, y charlan con él mientras le tranquilizan palmoteándole la espalda. El hombre se calla y ellos se levantan y se van, naturales, sin risas ni caras largas. Eso también son los moscovitas.

Moscú abraza el presente, se mimetiza con Europa, pero no puede olvidar los 70 años que fue capital del imperio soviético

Moscú abraza el presente, se mimetiza con Europa, pero no puede olvidar los 70 años que fue capital del imperio soviético. Quizás donde más se palpa es en su metro, inaugurado en 1935 y que convertía a los proletarios en invitados a un baile de gala del zar. En las lujosas salas de mármol con cúpulas y lámparas de muchos brazos se ven aún mosaicos y esculturas ensalzando las bondades del comunismo: fructíferas cosechas, campesinos felices, inteligentes científicos y también científicas, grandes ingenieros o avezados deportistas. Un mundo feliz que olvida los millones de deportados a Siberia o directamente asesinados por oponerse al régimen. Los retratos de Lenin se han quitado convenientemente y sustituido, por ejemplo, por palomas de la paz, pero quedan aún estatuas de cuatro metros mostrando el poderío soviético para recordar cómo la corrupción humana acaba con el más bienintencionado idealismo.

Si se sale del centro, la ciudad se abre, bien organizada, en forma de abanico con grandes avenidas de hasta ocho carriles dotadas de pasos subterráneos que roban protagonismo a los viandantes. Camino del aeropuerto, 48 horas después de haber hecho exactamente la misma ruta de ida, edificios colmena de veinte o treinta plantas aparecen a uno y otro lado. En el aeropuerto, antes de seguir camino, una tienda de Kalashnikov despierta del hechizo: esta es también una ciudad donde se pueden comprar fusiles de asalto antes de coger un avión.

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