Baltoro: viaje al centro de la Tierra

Por: Eduardo Martínez de Pisón (texto y fotos)

Lo propio de un viaje por la costa son obviamente las olas, las playas, los acantilados; si es a un museo, los cuadros, las vitrinas; si es a un bosque, los árboles y, si es al desierto, las dunas. Entonces, si me introduzco por una profunda rendija de la tierra, planeta adentro entre masas de rocas que casi me encierran miles de metros por encima de mí ¿cuál es el objeto de mi visita? Está claro: las piedras abismales, las que por lo común están tapadas, hundidas, compactas, es decir, las entrañas de la corteza terrestre, ahora excepcionalmente alcanzables en lo profundo de esa fisura, cuyo fondo acaso está tapizado de cantos o por el que corre el agua o en el que se incrusta el hielo o… Entonces, ¿de qué hablar en esa grieta en la piedra? De esas piedras, de lo mineral, de lo que hay.

Quien entre en el valle del Baltoro, abierto en la cordillera del Karakórum, rodeado de grandes picos, de agujas rocosas de paredes ingentes, de glaciares, lo mejor que encontrará para ver y contar serán tales piedra, tales hielos. Su paisaje es pura estética geológica a todas las escalas. La estética la llevará consigo el caminante o la irá aprendiendo, por ser tan peculiar, sobre la marcha. Pero la geología alguien tendrá que contársela y, con ella, aquí su experiencia será mucho más completa que sin ella. Es el caminante por el Baltoro como un personaje de Verne, alguien que tiene la gran oportunidad de penetrar en el interior de la Tierra, aunque, claro está, en este caso sin perder la vista del cielo encima de su cabeza. Así que lo que le rodea es pura Tierra, paradójicamente profunda y a la vez entre las más altas cumbres de las cordilleras.

Es el caminante por el Baltoro como un personaje de Verne, alguien que tiene la gran oportunidad de penetrar en el interior de la Tierra

El Baltoro es una hendidura entre picos de ocho mil, siete mil y seis mil metros de altitud. En efecto, en todo el Karakórum hay 4 ochomiles y 57 sietemiles, pero es en la parte superior de este valle donde se sitúa la segunda cima de la Tierra, el K2, con su cumbre a 8.611 m. Hay catorce ochomiles en el mundo, diez dispersos por el Himalaya con la máxima cota en el Everest (8.848 m.), pero los otros cuatro ochomiles, entre ellos el K2, están, en cambio, agrupados en la cabecera del Baltoro, emplazados en una alineación montañosa de sólo 25 kilómetros de longitud. Además en esta línea se concentran dieciséis sietemi­les más.

Entre estas aristas, cimas, espolones se extiende una caudalosa, ramificada e intrincada cuenca glaciar, con su larga lengua eje bien in­dividuali­zada, la lengua del glaciar Baltoro, que procede de su arranque en la revuelta del glaciar Sur del Gasher­brum, sigue por una gran confluencia de hielos a 4.650 m. de altitud en la llamada “Plaza de Concordia” y acaba a los 3.600 m. de altitud, tras un recorrido cercano a los 61 km. Está, pues, claro que lo que allí hay, como decía antes, es con exclusividad casi completa piedras y lenguas de hielo. ¡Y qué piedras gigantescas y qué hielos interminables colgados entre las cimas del mundo!

Estas montañas poseen una belleza extraordinaria, de modo que con justicia se les ha llamado las catedrales de la Tierra

Pero además estas montañas poseen una belleza extraordinaria, de modo que con justicia se les ha llamado las catedrales de la Tierra, de ingentes arquitecturas y de ornatos glaciares cristalinos. El alpinista italiano Maraini se refería a la llamativa agrupación de los picos llamados Gasherbrum como “la familia”, a cuyos miembros animaba con diversos caracteres -solemnes, huraños, vigorosos, retraídos-, enlazados por “elevadas crestas encastilladas”, que encierran una “sala desmesurada” de hielo, roca, nieve y nubes en el corazón del grupo. Una versión nativa del valle de Hushé, sin duda expresiva, dice que Gasherbrum equivale a “ramillete” de montañas, aunque otras traslaciones del baltí dan distintas etimologías, con referencias a la luz, al resplandor, a la belleza de la blancura de la montaña. En síntesis, un ramo de montañas resplandecientes.

En líneas generales, el mapa del valle del Baltoro dibuja una gran T tumbada, una planta casi en crucero. Sus alas o valles superiores están dominados a oriente por un elevado muro rocoso, el del Broad Peak y los Gasherbrum. Para hacernos una idea de las dimensiones hay que añadir que los escarpes de tal muro presentan desnive­les visibles sobre el hielo de más de 3.000 m. y que, en concreto, el contraste de altitud entre la cumbre del K2 y su inmediata base glaciar meridional es de 3.600 m., diferencia de cota que, como es sabido, no alcanza ningún relieve de la Península Ibérica sobre el nivel del mar.

El contraste de altitud entre la cumbre del K2 y su inmediata base glaciar meridional es de 3.600 metros

Esta organización de las formas, tan amplia y voluminosa deriva del levantamiento superlativo de estas cordilleras y de la naturaleza resistente de su roquedo. Este se compone, por un lado de rocas cristalinas graníticas y gnéisicas, y de rocas calcáreas compactas. El gran muro, que forma la parte alta de la T, se debe a un cabalgamiento de este sector rocoso de cabecera sobre el resto del Baltoro. Y la apertura del gran valle que hiende el conjunto de modo tan geométrico está ocasionada por la acción glaciar que excavó tales valles hace más de 10.000 años, pero que ha proseguido y aún actúa en sus bases. Pero el largo trazado lineal del valle eje del Baltoro, casi perpendicular a aquel destacado muro de la cabecera, se debe a una línea de debilidad, una señalada fractura rectilínea, que, al agrietar el conjunto rocoso, ha dirigido selectivamente la excavación del enorme surco glaciar, encaminando por ella la lengua de hielo principal.

Hay, así, tres tipos principales de roquedo: 1, gneises y granito, que dan cresterías y agujas, a partir de la apertura erosiva de sus estructuras internas, como en el Trango; 2, calizas compactas y cristalinas, que permiten relieves de resistencia, erguidas entre rocas más deleznables, como pueden ser las pizarras; 3, esquis­tos erosionables, en los que esa erosión se ceba, prospera con mayor facili­dad, originando trazados de valles como en las alas del Baltoro Superior y del Godwin Austen.

En 1841 un seísmo provocó un deslizamiento descomunal de la ladera izquierda en el Valle del Indo, a la altura del arranque del macizo del Nanga Parbat

En suma, hay seis grandes grupos de paisajes. Los dos fundamentales en el conjunto son, pues, el muro de altos picos y el surco que recorre la lengua glaciar principal. La apertura de la línea de valles superiores, el tercer grupo, está adaptada a una banda interna esquisto­sa. Y los formidables macizos que enmarcan esos valles son, por tanto, de oeste a este: 1º, formas torreadas y geométricas en granitos; 2º, formas agudas y piramidales de altitud en gneises; y 3º, concentración de grandes picos en rocas sedimentarias duras, como son las calizas resistentes.

Aparte de estos rasgos, todo el conjunto de montañas del Karakórum y del Himalaya occidental, que aquí casi se reúnen, tiene una fuerte dinámica, tanto por la movilidad de la corteza terrestre como por la inestabilidad de las laderas y el poder erosivo de sus ríos. Un buen ejemplo de combinación de esta actividad puede verse en los efectos de un fuerte terremoto poco antes de mediar el siglo XIX: en 1841 un seísmo provocó un deslizamiento descomunal de la ladera izquierda en el Valle del Indo, a la altura del arranque del macizo del Nanga Parbat, por lo tanto en relación con el Himalaya, lo que formó una gran presa de escombros en el fondo del valle.

La presa se rompió repentinamente lanzando a la vez toda la masa de agua retenida y sus aluviones valle abajo, lo que inundó pueblos hasta muy lejos, ahogando miles de personas

Esta presa natural, con ingentes cantidades de bloques rocosos, gravas y arenas, cerró de pronto el cauce del río Indo, lo que a su vez dio lugar a la formación inmediata de un lago, cuya cola río arriba días después casi alcanzaba Gilgit, al pie del Karakórum. Cuando, algo más tarde, por la suma de erosión torrencial, filtraciones y presión de las aguas lacustres, se rebasó el punto final de resistencia de la presa, ésta se rompió repentinamente lanzando a la vez toda la masa de agua retenida y sus aluviones valle abajo, lo que inundó pueblos hasta muy lejos, ahogando miles de personas, incluido un batallón de Shiks acampado en Attock, es decir, cerca de 500 kilómetros aguas abajo del lugar del represamiento.

Amigo lector, si llevas estas ideas en la cabeza, entenderás la montaña un poco más. Esta es su naturaleza. Y a lo mejor hasta notas que ella te lo agradece con buen tiempo y te ofrece celajes que no aparecen sino en estos escenarios. Haz la prueba.

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