Bangkok, 15 años después

Por: Daniel Landa (Texto) D. Landa y Yeray Martín (Fotos)

Uno tiende a regresar a los lugares alegres con cara de bobo. La nostalgia de volver a Bangkok estaba distorsionada por aquellas noches de fiesta inagotable, aquella juventud que ahora añoraba al pasear el barrio de Sukhumvit Road, 15 años después. Las chicas siguen bailando al blanco, pero lo hacen con desgana, con la urgencia de acertar el cálculo en cinco minutos, para no malgastar el tiempo. Los bares tienen más publicidad,  todo es directo, sin la magia de las miradas furtivas o quizás el tiempo nos ha robado parte de la ingenuidad con la que antaño mirábamos el mundo.

Vi esta vez muchos locales de comida rápida, donde antes había  puestos callejeros de pescados fritos y pollo especiado. Ya no me olía la ciudad al Oriente exótico. Y las mujeres han cambiado de forma considerable. Ésta ha sido la primera vez que he visto chicas orondas en Bangkok. Antes no había. La importación y el progreso suelen engordar al personal.

Bangkok se ha ordenado. Hay más cristal, más rascacielos y menos basura en las calles. Continúan como antaño los atascos, pero de forma más civilizada, sin las motos convirtiendo las avenidas en un circuito.

Quizás el tiempo nos ha robado parte de la ingenuidad con la que antaño mirábamos el mundo.

Volví al centro espiritual de Wat Pho como vuelve una tortuga a su primera playa. Con una querencia irrefrenable. He de admitir que allí el tiempo pasa más despacio. Disfruté como lo hice la otra vez de los templos dorados y de ese Buda reclinado de tropecientos metros de largo. Allí Bangkok se reconcilia con el otro Bangkok. Pero al mirar alrededor uno ve la marabunta de turistas, con esa costumbre irritante de hacerse fotos sujetando un palo de espaldas a los monumentos, de tal forma que muchos ven las estupas por primera vez, ya en su casa cuando revisan las fotos del viaje.

Por esas cosas de viajar haciendo documentales, esta vez conseguimos alojamiento en el Lebua State Tower. Para ser más concisos, en una de las suites donde se instaló parte del equipo de la película Resacón 2, rodada en Tailandia. El lujo tiene la extraña capacidad de hacerte disfrutar de un lugar en la distancia, desde una burbuja. Así, Bangkok se nos presentaba extraordinaria desde el piso 52 del hotel, sin necesidad de tener que oler el humo y la hamburguesa a ras de acera. Nos ofrecieron una degustación exquisita de marisco y vino australiano, de postres cremosos y hasta de cócktails con colores imposibles. Pero entendí que aquel manjar era propio de los lugares ostentosos, no de Tailandia, pues también lo más exclusivo tiende a perder personalidad.

El lujo tiene la extraña capacidad de hacerte disfrutar de un lugar en la distancia, desde una burbuja

Quería salir de la atmósfera del “como no, señor, ahora mismo”. Tal vez por eso insistí en el error de volver al lugar donde escribí una de las noches más divertidas y surrealistas que yo recuerde. Se llamaba “Dance Fever”, una especie de discoteca con música en directo, chicas que podían decirte que no, y pantallas en las que recuerdo que quince años atrás retransmitían un partido de la Real Sociedad mientras nos bebíamos el whisky a carcajadas. El taxista se volvía loco tratando de encontrar el local. “Ese lugar no existe” decía, y preguntaba aquí y allá. Era como si me negaran mis días de juerga y eso no lo podía consentir. Claro que existía, o al menos una vez existió. Tardamos un par de horas en llegar al “Hollywood”. Ese era ahora el nombre del antiguo “Dance Fever” y sí ¡era el mimso lugar!

En 1999 entré en ese local con Alberto Fernández y Orson, como llamábamos a Pedro Martínez. Los tres nos emborrachamos, bailamos sin saber bailar, nos reímos y hasta tuvimos que bajar a Orson del escenario, cuando se arrancó a cantar una de Manolo García micrófono en mano, alentado por una multitud de tailandeses risueños.

tuvimos que bajar a Orson del escenario, cuando se arrancó a cantar una de Manolo García micrófono en mano

En 2014 entré en ese mismo local con Pablo Vidal y Yeray Martín. No había multitudes, tal vez porque no era sábado. No había música en directo y las chicas se ofrecía con descaro. Había dos duchas junto al escenario, donde dos mujeres casi desnudas se contorneaban bajo el agua.

Pero he de decir, que para no romper del todo el recuerdo en el paso del tiempo, en las pantallas digitales, juro que es verdad, retransmitían un partido de la Real Sociedad.

Volvimos a la contemplación de la ciudad en la suite del hotel Lebua.

Bangkok es hoy más limpia, más hermosa, pero menos interesante. Tal vez la experiencia de Bangkok es una forma de entender cómo cambia el mundo. El ser humano tiende a ordenarse, se copia, se estructura, habla otros idiomas, limpia sus calles y de tanto quitar el polvo de las aceras se lleva la esencia de los lugares. Y entonces las agencias te venden un pasaje al lejano Oriente y el viajero llega a la ciudad y se hace un selfie en un restaurante donde las camareras visten con ajuares que nadie lleva ya, que pertenecen a otro tiempo, y así, en esa ficción nos vamos engañando camino a casa, de vuelta de un lugar, que al igual que el Dance Fever, ya no existe.

 

 

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Comentarios (2)

  • Ricardo

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    Muy buen relato Dani. Me confirma en mi idea de que hay recuerdos a los que está contraindicado regresar.

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  • Daniel Landa

    |

    Cierto, Ricardo, muy cierto, pero cuando está ya allí, la curiosidad… en fin.

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