Cartagena de Indias: bucaneros y el “efecto Wendy”

Por: Pepa Úbeda (texto y fotos)

Llego a Cartagena de Indias 15 minutos antes de lo previsto. No es lo habitual en Colombia, pero la compañía EasyFly, que se estrenó en 2007, quiere ganarle terreno a la vieja Satena, controlada por la Fuerza Aérea colombiana, de horarios inseguros por la preferencia que tienen en ella los militares.

Embarcando en Medellín, constato que la clientela es mucho más “exótica” que la de otros vuelos. Delante de mí hay varios turistas latinos que hablan en inglés americano. Por la conversación, deduzco que son descendientes de inmigrantes colombianos que han renunciado a la lengua de sus padres. A eso, los sociolingüistas lo llaman “autoodio” y es producto de un complejo de inferioridad frente al vecino del norte de Río Grande.

El taxista empieza despotricando contra los acuerdos de paz. Se le nubla la vista solo de pensar en los guerrilleros ocupando el poder

En cuanto recogemos el equipaje, salimos en estampida a la caza de un taxi. Aunque de nada sirve la carrera, porque ya hay una larguísima cola esperando turno, así que me sitúo al final con obediente resignación. Ya en el taxi, me estreno con una batería de preguntas al conductor. “¿Será tan retrógrado como los taxistas de mi país?”, me pregunto. Empieza despotricando contra los acuerdos de paz. Se le nubla la vista solo de pensar en los guerrilleros ocupando el poder después de haber matado a tanta gente, dice. Sin embargo, nada cuenta de los múltiples asesinatos cometidos por militares y paramilitares o de las amenazas de muerte a todos aquellos que no abandonaron sus propiedades ancestrales para ser explotadas por caciques y multinacionales.

—Mis padres eran pobres, pero yo he salido adelante— remata orgulloso. Ya lo dicen los neoliberales: “Dale una habitación a un muerto de hambre y conseguirás adepto de inquebrantable lealtad”.

La ignorancia nos convierte en pequeños veleros de papel en el océano de las finanzas neoliberales

Ahora centra su ataque en Santos y santifica a Uribe. Predice categóricamente que el ejército dará un golpe de estado. No debe estar enterado de que son las grandes compañías transnacionales las que han presionado para que se firmaran esos acuerdos y poder explotar así más y mejor. La ignorancia nos convierte en pequeños veleros de papel en el océano de las finanzas neoliberales. Cuando llegamos a mi hotel, suspiro aliviada.

—Que tenga una feliz estancia entre nosotros— me desea. ”Seguro que sí, gracias a la mayor seguridad que se respira ahora en su país tras los acuerdos de paz”, respondo con una amplia sonrisa.

Estoy ante el País de Nunca Jamás, el de Peter Pan, con bucaneros incluidos

En cuanto levanto la vista para contemplar esta “joya caribeña”, la pequeña ciudad amurallada del siglo XVI, confirmo mis sospechas: estoy ante el País de Nunca Jamás, el de Peter Pan, con bucaneros incluidos. “Otro “parque temático” para usuarios de la tercera edad con posibles, gracias a los intereses de las multinacionales inmobiliarias. Seguro que ya no queda ni un solo habitante originario de la vieja ciudad”, me digo en susurros.

Los invasores actuales son los consumidores de aviones y transatlánticos y los dueños de suelo y edificaciones. Los primeros, se dejan el dinero; los segundos, lo “abducen”. Las autoridades locales miran hacia otro lado. En cuanto a los “amos” de hoy, en caso de tener nombre y apellido son europeos –sobre todo, franceses e italianos– paisas y bogotanos; si no, son inversores “anónimos” de las grandes finanzas. Ni los unos ni los otros viven aquí y dejan en manos de fieles servidores la dirección de sus negocios. Mientras tanto, ellos se pasean, quizás, por las antípodas, Suiza o Luxemburgo, por ejemplo.

Los invasores actuales son los consumidores de aviones y transatlánticos y los dueños de suelo y edificaciones

Sus antiguos moradores viven “extramuros”, casi tan lejos como la casa “de verdad” de Wendy. No pueden pagar ya ni por una habitación de la casa que antiguamente fue de sus padres. El dinero es la punta de pistola que los ha echado a patadas. Es lo mismo que pasa en Nueva York, Barcelona o Estambul.
El dinero que entra –o sale– de Cartagena procede del turismo (los transatlánticos pagan 20 dólares por pasajero que vomitan) y la explotación salvaje de sus recursos naturales, que contaminan sus aguas y atmósfera, cosa que el turista feliz e ignorante desconoce. Aunque tampoco manifiesta excesivo interés por conocer la Cartagena extramuros, la que no aparece en ninguna guía, esa en la que vive un 90% de la población. Se conforma con el 10% de intramuros. Sin embargo, ganancias tan elevadas no se reflejan en las infraestructuras de la ciudad.

Fuera de la coqueta ciudad colonial, pegaditos al mar, hay también racimos de elevadas verrugas en forma de apartamentos, donde acuden los ávidos de sol y sal marina, donde habitan los capos del narcotráfico condenados por la justicia que se comprometen a no salir de su urbanización a cambio de descansar sus huesos en la cárcel. ¡Lo que darían nuestros políticos corruptos por semejante pacto!

No pueden pagar ya ni por una habitación de la casa que fue de sus padres. El dinero es la punta de pistola que los ha echado a patadas

En Cartagena, el calor empieza a arreciar a partir de las once de la mañana y no mengua hasta el atardecer, cuando la brisa atlántica refrigera el infierno diurno. Mi cicerone a lo largo de dos días, Israel Díaz, es un hombre comprometido con su gente. Delgado, de piel morena, andar y acento pausados, timbre bajo y sonrisa reflexiva, aparece al cabo de un rato. No vive “intramuros”, aunque procede del barrio de Getsemaní, donde está mi hotel.

—No hace tanto que mi barrio era de gente humilde, pero la ciudad se les quedó corta y nos echaron impulsando la violencia y subiéndonos los impuestos— me cuenta. Son los estragos el “efecto Wendy”.

“No hace tanto que mi barrio era de gente humilde, pero la ciudad se les quedó corta y nos echaron”, lamenta Israel

Cuando marcharon, la violencia se disolvió como un azucarillo y se convirtió en un barrio tan pacífico como un monasterio cisterciense. Es la táctica de las grandes compañías financieras e inmobiliarias. Con todo, la Cartagena de Israel, la de antaño, era la real; hoy, sus callejas y edificios son testigos mudos de un pasado que nunca pudieron someter los bucaneros de entonces. Por sus calles y edificios transitan zombies turísticos a la búsqueda de un restaurante internacional o local, un hotel con aire acondicionado y decoración rústica y una de sus elegantes tiendas, las mismas que tienen puertas abiertas en las millas de oro de las ciudades más cotizadas del mundo. Eso sí, aquí no venden abrigos de visón.

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