Christchurch, juventud y lana merina para viajar al Polo Sur

Por: Laura Berdejo (texto y fotos)

Christchurch, nombre que viene de sus fundadores, el Christ Church College de Oxford, es la segunda ciudad más grande de Nueva Zelanda después de Auckland, y la más importante de la isla sur. Célebre por su industria agrícola, especialmente los productos derivados del archifamoso cordero merino de las llanuras de Canterbury, es además conocida por ser uno de los pasos obligados de casi todo viajero que se dirija a la Antártida, el cuarto continente más grande del Mundo.

Lo primero que uno hace al llegar a Christchurch es ir a la plaza de la Catedral, donde enseguida se hace una idea del lugar, y luego pasear por el enorme parque Hagley, donde está uno de los jardines botánicos más bellos del mundo. Estas dos visitas ya dan cuenta al caminante de las líneas básicas de la ciudad: estética inglesa, trato cordial, poca densidad, restaurantes japoneses, chinos, australianos, italianos, de todo, mucha lana merina, mucha mención a la Antártida y la naturaleza colándose, como en toda Nueva Zelanda, en cada rendija que puede de la civilización.

Es preciso indicar que mi visita a Christchurch fue anterior al terremoto de 2011 y que la ciudad vivía entonces bastante despreocupada mirando, unos barrios a la montaña y otros barrios al mar.

Juventud divino tesoro

Nueva Zelanda es un país joven, muy joven – Christchurch fue fundada en 1850 – y tiene el entusiasmo de las naciones adolescentes con, además, muchísimo espacio cedido a una naturaleza agradecida y encima condiciones meteorológicas y financieras soplando a favor.

Yes, no problem, nos dijo, y entre sushi, maki y trago de vino, nos declaramos enamoradas de la frescura de Nueva Zelanda, su vino blanco y su juventud.

A Christchurch fui con mi amiga Tuiolo, la madre de Tatupu, el bebe de Manono, a participar en una reunión. Imagino que para quien no haya leído el reportaje sobre Manono esta secuencia de referencias ha de sonar a malabarismo semántico, pero no se preocupen porque en la inmensidad del Pacífico las referencias de parentesco literario carecen de interés.

Lo interesante es que tanto Tuiolo como yo viajábamos con todos nuestros años encima y toda nuestra responsabilidad laboral a Christchurch, procedentes de nuestra residencia samoana, pero fue llegar a esta civilización próspera y fresca y nos atrapó la más temprana juventud. Cómo me acuerdo. Nada más llegar nos compramos una botella de vino blanco imposible de encontrar en la polinesia y nos metimos en un restaurante japonés, imposible de imaginar más allá de Nueva Caledonia y menos aun en las islas recónditas del pacífico sur. Una vez dentro dijimos al señor del restaurante: hello, can we have diner here and drink this bottle of wine?, y le enseñamos, con todo nuestro rostro, la botella que acabábamos de comprar en el supermercado. Yes, no problem, nos dijo, y entre sushi, maki y trago de vino, nos declaramos enamoradas de la frescura de Nueva Zelanda, su vino blanco y su juventud.

Al día siguiente, después del desayuno del hotel, cuyo buffet daba varias vueltas a un salón con mesas cuadradas negras, nos fuimos al jardín botánico, creo que en un ejercicio de adaptación, para equilibrar poco a poco los niveles de vegetación y fauna excesivos de las islas, con el cemento y las carreteras del universo occidental. Recuerdo a Tuiolo sentada en la hierba del parque como se sientan los samoanos, con las piernas estiradas abiertas como unas tijeras, rodeada de patos a los que daba unas raicillas que sacaba del puro césped.

De su puerto, Lyttelton, salen diariamente los ferris que van al continente helado y la primera atracción turística de la ciudad es su International Antarctic Centre, desde donde se organizan la mayoría de las expediciones.

Los patos también circulaban por las calles, es preciso matizar, e interactuaban valientemente con los ciudadanos, al igual que las hierbas se colaban entre los adoquines de la plaza de la catedral, evidencias sutiles del deslizarse de la naturaleza por las ciudades del sur.

Compren lana merina que nos vamos a la Antártida

Además de sede de vinos y parques, Christchurch es la ciudad de la lana de la oveja merina y, sobre todo, la puerta a la Antártida. De su puerto, Lyttelton, salen diariamente los ferris que van al continente helado y la primera atracción turística de la ciudad es su International Antarctic Centre, desde donde se organizan la mayoría de las expediciones.

Si para ir al Antarctic Center hay que salir de la urbe, para comprar algo de lana merina basta con entrar en cualquiera de las tiendas que rodean la plaza de la catedral o darse un paseo por el centro. Si algo se puede hacer con lana, está hecho de oveja merina y se vende en Christchurch: calcetines, gorros, bufandas, jerséis y guantes por supuesto, peluches, bolsos, fundas para todo, patucos de bebe, orejeras, pompones, alfombras, varios tipos de algodón, etc.

Recuerdo que compramos calcetines y guantes que, claro, nunca usamos en Samoa pero que durante nuestra estancia en Nueva Zelanda y nuestras noches de vino y sushi abrigaron ciertamente nuestras manos y nuestros pies.

Recuerdo también, como algo lejano, que no hubiera pasado en Nueva Zelanda sino en algún tiempo remoto, y de hecho, así fue, la reproducción de la primeras estaciones científicas antárticas que vimos en el museo. Me acuerdo de las latas de comida, las camas, las estatuas de los aventureros con los perros, los cazos de metal, y las motos y los trineos precarios que antes de que existieran las alfombras de lana merina y los restaurantes de sushi usaron aquellos hombres valientes que fueron a descubrir la Antártida, algunos de los cuales no volvieron después.

Christchurch es una ciudad homenaje finalmente. A los exploradores valerosos, a la juventud perdurable, a las ovejas de Canterbury y a la tenacidad de sus habitantes para recuperarse de terremotos y amar la naturaleza incondicionalmente una y otra vez.

 

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Comentarios (1)

  • javier brandoli

    |

    Estoy en Mozambique, en un escenario algo diferente al que explicas. Acabo de leer tu artículo y has conseguido que mirara al mar, al Índico, y pensara en ¿cuánta distancia habrá hasta la Antártida? ¿Cómo puedo ir a Nueva Zelanda? Me gusta la normalidad con la que nos explicas Oceanía, la tranquilidad de tus textos y la rutinidad de tus historias nada ostentosas. Me pasa que aunque soy uno de los creadores de esta página, soy también un lector apasionado por los viajes. Me encanta sorprenderme con los textos que edito o leo de los colaboradores de VaP. Felicidades de un lector.

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