Dominica: el manantial de los kalinago

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)

Tres meses después de nuestro viaje por la isla de Dominica, el huracán María ha destrozado prácticamente todo en esta tierra pobre y con débiles infraestructuras. Este texto intenta recordar que lugares como Dominica existen y que pese a estar fuera de los circuitos del gran turismo merece la pena visitarlos y contribuir también de esta forma a que se reconstruyan. El Ayawasi hotel, que menciono en el texto, junto a buena parte de la isla, han sido arrasados. No queda nada donde ya casi no había nada.

A Dominica aterrizamos una noche de junio sudados como si hubiéramos llegado a nado. El avión de LIAT, líneas aéreas de Las Antillas, llegó con un importante retraso que días después, a la vuelta, mejoró con un retraso aún mayor. “No lo vi llegar nunca en hora, no se moleste en ir a la puerta de embarque puntual”, nos advirtieron con naturalidad en una tienda del aeropuerto de Antigua y Barbuda.

Contribuyó algo al desmadre final, hay que puntualizar en esta ocasión, el hecho de cambiar dos veces de avión por avería con todos ya dentro. Inconveniente en todo caso que todos los pasajeros tomaron con la misma calma con la que asumen que van sentados en algo que pesa unas cuantas toneladas, sube, flota en el aire y después baja. Las cosas que son así, como el retraso o el vuelo de un avión, no hace falta discutirlas. Pasan, y con eso basta.

Les cedieron un trozo de la que fue su tierra y allí, en una reserva, sobreviven

En Dominica tomamos el coche camino del Kalinago Territory, una reserva indígena en medio del Caribe, donde viven los últimos kalinago, los moradores prehispánicos que habitaban estas islas. Quedan algo más de 3000 y la mayoría vinieron hasta aquí, expulsados del resto de las Antillas, para tener un refugio en el que poder mantener algo de ellos mismos. Les cedieron un trozo de la que fue su tierra y allí, en una reserva, sobreviven entre miseria, desempleo, alcohol, drogas y una cierta desesperanza de quién ya lo perdió todo.

El camino al salir del aeropuerto es virado. La isla ofrece una imagen sorprendentemente pobre. Sorprendente al menos para nosotros que esperábamos una tierra desigual pero donde hubiera rastros del gran turismo y sus burbujas de primer mundo. No lo había, no lo vimos en todos los días que recorrimos Dominica. La pobreza, como sus gentes, era africana, un recuerdo para nosotros de los tiempos y tierras que cruzamos durante años de vida por aquel continente. La población, de hecho, es hoy casi en su totalidad descendiente de los esclavos africanos que los europeos trajeron para hacer rentable el Nuevo Mundo. El alma de Dominica es negra, y su noche, escasamente iluminada, también.

Mientras, desde nuestro vehículo alquilado observábamos en los márgenes de la carretera casas endebles de madera y fogatas en las que se concentraba la gente junto a música estridente que bailaban al son que marcaba el alcohol. Algunos, más que bailar se balanceaban para mantener en péndulo el equilibrio. Era viernes y era fiesta, ecuación que se repite en todos los rincones del planeta.

Algunos, más que bailar se balanceaban para mantener en péndulo el equilibrio

Un cartel anunciaba el giro al Kalinago Territory. Junto al mar, pegados a riscos de piedra y laderas que desembocan en un océano encabronado por el mal tiempo, fuimos pasando poblaciones precarias hasta llegar al Aywasi Kalinago Retreat. Allí nos esperaba Louis, el dueño del hotel, y su esposa (perdón que mi mala cabeza me ha hecho olvidar su nombre). Era de noche, se escuchaba con fuerza el sonido de la selva y el mar, y en ese balcón a una oscuridad sonora nos prepararon un pollo con curry que nos supo a gloria.

Louis nos había invitado a su hotel para poder realizar un reportaje sobre su pueblo. Él, nos cuenta, es un ex marine de los EE.UU que ha regresado como inversor a su tierra con la idea de sacar adelante a los suyos. El pasado y presente de los Kalinago, que escribí en El Mundo, es un reto en el que se mezclan demasiados matices. Entiendo que mi única forma de poder contar algo es escucharles a ellos, como hice los siguientes días, y reproducir su casi inexistente voz.

Louis nos lleva a nuestro Bungalow, ha levantado cinco en medio de una frondosa ladera que acaba en un mar rocoso. Tomamos una inolvidable ducha al aire libre con un agua que caía entre las hojas y que se mezclaba con el agua de lluvia. Una luna nublada colgaba del techo. Dormimos por el calor con las puertas y ventanas abiertas escuchando el sonido constante de animales e insectos. El mar, rompiendo contra las piedras, es lo último que recuerdo de aquella noche.

Tomamos una inolvidable ducha al aire libre con un agua que caía entre las hojas y que se mezclaba con el agua de lluvia

Al día siguiente, el amanecer enseñó una bahía rodeada de colinas, árboles verdes y olas hasta el infinito. Tras un desayuno de frutas recién descolgadas de los árboles, nos fuimos al Kalinago Barana Aute, una especie de complejo donde los kalinago enseñan su cultura y venden sus artesanías. El sol nos da una tregua y, tras varias entrevistas, salimos a recorrer algunas de las numerosas cascadas que tiene la isla. En la Spanny Falls nos bañamos, tras una caminata de 30 minutos, completamente solos en un agua cristalina que te dejaba ver las arrugas de los dedos de tus pies. Vemos también alguno de los cangrejos zombis, una especie de crustáceos gigantes que habitan en la isla y que son especie protegida.

Decidimos también visitar las Jacko Falls y después a la Emerald Pool, quizá la cascada más famosa de la isla, en la que nos  bañamos con otras dos personas. La ventaja de viajar en época de lluvias es la privacidad y el inconveniente es que te mojas más fuera que dentro del agua.

De vuelta al Ayawai, tras una siesta tropical, fuimos a entrevistar al actual jefe kalinago, Charles Williams. Nos pareció un hombre adusto, que pronto nos pidió dinero por ponerse el traje tradicional de su pueblo para las fotos del reportaje. Le dije que no, que yo no pago ni por fotos ni por entrevistas, y que decidiera si estaba dispuesto a hablar gratis y contar los problemas de su pueblo. Lo hizo, de mala gana, y siempre nos resultó especialmente agresivo en su lenguaje y especialmente demagógico en sus reflexiones. Delante tenía a un español y una italiana, metáfora a su juico de todos sus males desde el 12 de octubre de 1492.

Delante tenía un español y una italiana, metáfora a su juico de todos sus males desde el 12 de octubre de 1492

Los kalinago, en mi opinión, tienen todo el derecho a sentirse pisoteados por las culturas europeas, pero los taínos, pueblo pacífico que ocupaba parte del Caribe antes de la llegada de Colón, podrían decir los mismo de ellos. Los kalinago los sometieron por la fuerza también, y también llegaron de otro lugar para hacerlo, en este caso la parte continental de Colombia y Venezuela.

Lo último que recuerdo del Ayawasi fue un fabuloso baño en una piscina natural, que Louis junto a otros kalinago había construido retirando enormes piedras que pesaban toneladas. Inventó un espacio protegido por otras rocas en el que te zambullías  rodeado de peces. También fue reseñable una última cena en la que nos perdimos buscando un restaurante local que nos habían recomendado y que tras dar vueltas y vueltas por caminos rurales, soportar un aguacero y preguntar a diversas personas que nos indicaron con rotundidad direcciones absolutamente opuestas, nunca encontramos. A cambio, tropezamos con un hotelito muy humilde en la carretera cuya mejor noticia es que tenía un mal vino que bebimos con devoción para olvidar el pollo que nos tragábamos.

De la zona Kalinago fuimos al sur de la isla bajo otra tormenta fortísima en la que íbamos cruzando por una carretera llena de derrumbes. Nos alojamos en la Guest House Mango Island Lodges, regida por una pareja de franceses. La capital, Roseau, es una ciudad sin encanto, desordenada y de calles estrechas por las que hay un devenir lento de la vida. Esos días aprovechamos para ver algo de la naturaleza de esa parte de Dominica.

Una bella garganta de agua en la que te introduces por las rocas hasta llegar a un salto de agua violento

Fuimos al Freshwater Lake, cubierto de niebla, y que no nos pareció nada reseñable como para subir una montaña (tampoco nos lo hubiera parecido, reflexionamos, cuesta abajo), para luego hacer la  Ti Tou Gorge, una bella garganta de agua en la que te introduces por las rocas hasta llegar a un salto de agua violento que no te permite seguir nadando.

Lo mejor, sin embargo, fue la caminata a las Middleham Falls. Es un camino de montaña, que hicimos solos y bajos una lluvia constante, de más de una hora. Al ir vas subiendo, salvo algunos tramos, envuelto en una maraña vegetal. El agua que nos iba empapando casi le daba un mayor encanto a un entorno verde, húmedo, que se abre paso en medio de la espesa vegetación tropical. Al final, poco a poco y cada vez de forma más nítida, va apareciendo el ruido de la cascada que sirve de guía.

De pronto, entre las hojas, aparece un salto de agua de más de 40 metros que se despeña en una poza y una río empedrado que se pierde montaña abajo. La sensación, sólo había una pareja de alemanes con su perro y tres chicos locales bañándose en medio de la tormenta, era la de descubrir algo escondido. Creo que pocas cosas nos gustan más a los viajeros que la sensación de poder disfrutar del mundo como si fuera un secreto.

Aparece un salto de agua de más de 40 metros que se despeña en una poza y una río empedrado que se pierde montaña abajo

Dominica fue toda esa naturaleza desbocada en una montaña hecha isla. Los españoles la ignoraron en sus primeros viajes por su orografía complicada. Los franceses e ingleses, que la colonizaron, la apreciaron por sus manantiales. El bíblico edén debe ser algo muy parecido a aquellas laderas verdes, con cascadas violentas, entre las que crecen flores extrañas de colores inciertos. El mundo puede ser distinto, Dominica lo es.

Nuestra despedida estuvo a la altura del lugar. En el aeropuerto, en la salita mínima ya de embarque, anunciaron que había un retraso de dos horas más. Un señor indignado se levantó y protestó. ¿Qué nos van a dar por este inconveniente?, preguntó airado. La encargada le miró, entre una tensión casi insoportable, tomó un mando de la tele y puso en las pantallas un canal de televisión local. “Vea la tele”, le dijo. El irritado cliente se sentó, inclinó la cabeza hacia arriba dirección a la pantalla y no volvió a protestar.

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