El camino más peligroso del mundo

Por: Daniel Landa (Texto) D.Landa / Yeray Martín (Fotos)

Los guerreros de terracota no saben desfilar. Han estado demasiado tiempo sepultados en olvido y tierra como para ponerse a andar. Forman un ejército de barro, cada cual con su gesto gallardo, mirando al frente, con la armadura recompuesta y la posición de alerta, pero no se mueven, pues son sólo estatuas con las que se veneraba el descanso eterno del emperador Qin Shi Huang, coleccionista de guerras.

Los que sí desfilaban eran los turistas alrededor, haciéndose tantas fotos, tantos vídeos con el móvil, que yo creí que acabaría viendo a uno de los guerreros hacer un gesto a otro para escapar por la retaguardia y desertar con discreción, hartos ya del artificio de los flashes. Pero eso no pasó.

Estábamos en Xian y si bien las huestes de terracota arrastran hasta allí a viajeros de todo el mundo, hay un lugar cerca de la ciudad que eleva el espíritu de los chinos, un lugar santo hecho de aire, de vacío, de miedo y piedra: Hua Shan, una de las cinco montañas sagradas de China para el Taoísmo.

Han estado demasiado tiempo sepultados en olvido y tierra como para ponerse a andar.

Un trayecto de más de dos horas nos sirvió para conocer a otros incautos que compartían el mismo destino, pero ninguno de ellos tenía intención de alcanzar el pasaje por el que Yeray y yo habíamos decidido atravesar. Aquello nos incomodó. Al lugar donde íbamos, algunos lo habían bautizado ya como “el camino más peligroso del mundo”. Eso nos incomodó aún más.

Como en China es imposible evitar el gentío, además de valor, nos armamos de paciencia para esperar las colas que daban acceso al teleférico. Sólo con verlo desde abajo, desaparecieron las prisas por subirnos a él. No era real. Subía tan arriba que pareciera destinado a elevar ánimas al firmamento. No era una perspectiva diseñada para los vivos, no era posible flotar de aquel modo sobre las crestas de paredes sin fondo. La piedra blanquecina de la montaña lo hacía aún más onírico, casi celestial. Pero llegamos, al fin, a lo alto.

En Hua Shan hay caminos más humanos y árboles que esconden el pánico de aquel conjuro de abismos. También hay monasterios y criptas que parecen gobernar el mundo desde las cornisas. Habíamos constatado ya la tendencia aérea de los templos budistas y taoístas, con sus campanas sonando sólo para orientar el vuelo de los pájaros. Los monjes escogen soledades para encontrarse con sus propios pasos y alcanzar tal vez así la esencia de sus credos. Lo que no imaginaba es que tuvieran un punto que roza lo sádico, eso sí, con un origen místico. El fundador del taoísmo, Kou Qianzhi recibió en este lugar su inspiración y desde el siglo V se ha convertido en una ruta de peregrinación insólita.

Habíamos constatado ya la tendencia aérea de los templos budistas y taoístas, con sus campanas sonando sólo para orientar el vuelo de los pájaros.

Hoy, chinos de todo el país, aventureros y turistas desnortados desembarcan en la montaña cargando sus cámaras de adrenalina. Para acceder a la más recóndita de las criptas de Hua Shan hay que encarar un sendero sin sendero. Y eso era lo que Yeray y yo habíamos ido a buscar. Son sólo unos 40 metros, un maratón de nervios.

Incluso allí había una cola de personas más agitadas de lo normal, junto a un cripta donde un monje leía la mano de viajeros indecisos, supongo, sobre si debían vivir la experiencia que se les venía encima.

Hay que matizar que en “el camino peligroso del mundo” el riesgo de este sendero está controlado. Cualquier alpinista experimentado consideraría este lugar como un trance donde poder amarrar el miedo sin demasiados apuros, pero un viajero que no aspira a hollar las cumbres encontrará sin duda en Hua Shan una oportunidad para salir corriendo. Además, el sistema de sujeciones era bastante precario.

Un viajero que no aspira a hollar las cumbres encontrará sin duda en Hua Shan una oportunidad para salir corriendo.

Un tipo iba colocando arneses a los visitantes con una desgana que nos hacía sentir aún más desamparados. El tipo en cuestión nos ajustaba el equipo desgastado de arnés y argollas en un pasillo de un metro de ancho, con la pared de la montaña a un lado y una barra de metal separando el abismo al otro lado. La barra no nos llegaba a la cintura, por lo que la sensación de inseguridad llegaba a marear, más aún tras una hora de espera en aquel lugar.

Aunque hacíamos esfuerzos por recordarlo, lo cierto es que estábamos allí para grabar un documental y eso nos obligaba a usar una cámara ligera, que Yeray debía sujetar con una mano, reduciendo su agarre a la mitad. Yo llevaba una minicámara en el pecho, pero tenía libres ambos brazos.

Así pues, comenzamos el camino que descendió bruscamente por una escalera que acababa en nada. Literalmente, la escalera terminaba en el vacío. Con el último escalón, había que descolgarse por la pared, apoyando pies y manos en hendiduras cavadas para ese fin, o piezas de metal que algún otro insensato apuntaló algún día en la roca.

El camino descendió bruscamente por una escalera que acababa en nada.

A partir de ahí debíamos grabar, rezar y mirar lo menos posible hacia abajo, aunque para colocar mis pies era obligado ver cómo la montaña se desvanecía y el suelo se hacía tan pequeño, tan distante, que me entraba una risa tonta y nerviosa, propia de las situaciones de pánico incontrolado. Yeray, además, usaba un 46 de pie y además me grababa a mí con una mano, y además, lo hacía bien.

Tras un recodo de varios metros, aparecían unos tablones de no más de treinta centímetros de ancho, colgando de una pared inmisericorde. Y entonces fue cuando lo que parecía imposible se convertía también en una especie de tragicomedia: el camino ¡era de ida y vuelta! Sólo el instinto masculino de salvaguardar el orgullo en cualquier circunstancia, nos hacía arquear el cuerpo hacia fuera, con la punta de los dedos sobre las tablas y el culo a 600 metros de altura, para dejar pasar a las mujeres que venían en dirección contraria, por el hueco que formaba nuestro cuerpo. Cuando se cruzaba un hombre, al menos yo, me pegaba a la montaña con una habilidad adherente desconocida hasta ese momento y que el pobre turista de turno se las viera con el abismo al rodearme.

El paso tembloroso de los audaces era custodiado por una especie de vigilante que permanecía impasible en un hueco de la montaña, en el que había un camastro amarrado a la roca, para siestear sus horas al borde del precipicio. Este sí podría ser el trabajo más insano del planeta.

Era ejemplar su figura sobresaliendo del tablón y del resto de turistas, allí parado, más alto que nadie.

Yeray era más él sobre aquel tablón colgante. Tranquilo, al menos en apariencia, andaba despacio, paraba, hacía foco para lo que usaba ambas manos y me encuadraba, o encuadraba las rendijas entre la madera que pisaba. Era ejemplar su figura sobresaliendo del tablón y del resto de turistas, allí parado, más alto que nadie. Mientras, yo contenía el vértigo sin respirar del todo. Luego tenía que hablar a cámara, esquivaba transeúntes, escuchaba algunos grititos nerviosos de chicas muy menudas y muy valientes. No se puede fingir la entereza así que mis intervenciones estuvieron cuajadas de realidad y miedo, pero así, subiendo escalones verticales, cruzando tablas colgantes y soportando el sonido de la propia respiración llegamos al final del camino. Al otro lado, una cripta custodiaba la figura de un maestro taoísta al que tuve la impresión de que nadie atendía, pues llegábamos todos demasiados rendidos a la aventura. La paz del lugar era tan acusada que casi cobraba sentido el hecho de llegar hasta allí. Pero aún quedaba el camino de vuelta, para ver las caras de asombro, de risa o de parálisis de los peregrinos de altura que se presentaban al “camino más peligroso del mundo”.

En el teleférico de vuelta, Yeray y yo celebramos nuestra pequeña hazaña con una risotada. No se pueden explicar las vivencias que carecen de sentido. No lo hicimos por devoción religiosa, ni por amor al riesgo, ni siquiera por el documental. Tal vez sólo lo hicimos porque nos parecía un lugar único y los lugares únicos tienden a seducirnos con una fuerza irresistible.

 

*Nota: algunas de las fotografías pertenecen a los fotogramas de vídeo utilizado para grabar la secuencia de Hua Shan. Por esa razón, su calidad puede estar mermada. Pedimos disculpas por ello, pero lo cierto es que no estábamos en condiciones de ponernos a hacer fotos, bastante teníamos encima… y debajo.

 

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Comentarios (16)

  • Mayte

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    Increible!!! gracias por descubrirnos estos lugares!!! Y que templanza la de Yerai!! y que valientes. Quiero más fotos!!!!!

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  • ricardo coarasa

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    Ya estoy deseando ver ese capítulo de “Pacífico” Dani. La verdad es que las fotos, lejos de amortiguar la congoja al leerte, la acentúan aún más. Pero como bien dices, un lugar único es siempre un imán demasiado poderoso. Enhorabuena a ambos. Abz

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  • Alvaro

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    Nunca había sentido vértigo estando en el salón de mi casa… Creo que me pondré el arnés para ir a la cocina…

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  • José Manuel

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    gracias por el relato Daniel, como siempre sublime, corto e intenso, al mismo tiempo que me has hecho contemplar el vacío. Un abrazo y sogo a la espera de vuestra nueva experiencia.

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  • Perolo

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    Dani, toda una adolescencia entrenando por los balcones y tejados palentinos te han preparado para grabar lo imposible, no se como os saldran los capitulos pero prometen muy mucho. Sigue contandonos.

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  • Daniel Landa

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    Gracias a todos!! Perolo, esta vez estaba sobrio, además! ;)

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  • Cesar

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    Bueno, bueno…, no es para tanto, a que no tienes hu….
    Fantastico relato, a mi, sabes tu bien Dani, si que me ha dado vertigo….

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  • Beatriz

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    ¡Valientes! Qué templanza…me pregunto una cosa, ¿alguna vez hubo algún accidente que lamentar?

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  • Daniel Landa

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    Según nos contaron sí han habido accidentes allí, pero generalmente se debieron a imprudencias de los visitantes. Si viajamos al pasado, esta ruta de peregrinación acabó también con algunos fieles, pero claro, entonces no había arneses en los que sujetarse.

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  • Nacho

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    Increíble historia, Daniel Landa. Estoy deseando ver esas escenas de vértigo.

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  • Herman

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    Reconoce que te gusta el riesgo, Lander. Yo no me meto ahí ni loco, y menos sin pañales.

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  • Esthertxu

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    Pero hombre de Dios… ¿dónde vas con esa mierda-arnés y esas cadenas oxidadas??? ¡He visto suicidas mucho más preparados, mira lo que te digo!!! Madre mía, qué locura… Aunque se te lee tan entusiasmado que me da en la nariz que a ti no hay precipicio que te frene, ni reto que se te resista… Suerte en vuestro viaje, Dani! Y que la fuerza (y el equilibrio) os acompañe…;-)

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  • Charly

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    Otra maravilla mas en la retina. Si dentro de muchos, muchos años, llegas a ver la luz al final del túnel y toda tu vida pasa por delante como una película, la tuya será de Oscar.
    Un abrazo y seguid disfrutando. Y sufriendo, que tampoco debe ser fácil.

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  • Alberto

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    Cuando podremos experimentar esa angustia con Pacífico?Será en la 2 ? Os agradezco y os felicito por realizar este tipo de documentales tan entretenidos y que tanta falta hacen en nuestras televisiones,plagadas de programas absurdos y que nada tienen que ver con trabajos tan brillantes como los que realizáis.
    El otro día vi en la 2 un trocito de viajes al pasado y la mente mucho que no durase unas cuantas horas más.Vaya descubrimiento!! Si,habéis leído bien!! Supongo que seré uno de tantos,que cuando descubre vuestro maravilloso trabajo,solo puede desear que ” vuelva” y…..pronto!!
    Espero poder “degustar” más veces vuestro trabajo.El nuevo y el “viejo”, me da igual.A buen seguro que todos tendrán el mismo encanto.Felicidades por vuestro trabajo!!Alberto.

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  • Daniel Landa

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    Hola Alberto!

    Muchas gracias por hablar así de nuestra serie! Es un placer leer mensajes como el tuyo. No sabemos exactamente cuando podréis ver Pacífico, pero después de verano procura estar atento a la pantalla. Aquí os iremos informando!! Un abrazo.

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