El cementerio de calaveras y el chocolate de los muertos

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)

 

 

La muerte fue lo último en mudar. Antes todo se había ido arrinconando, prohibiendo y olvidando por desuso. Pasó cuando llegó el huracán de los blancos y los mestizos y se fijaron en aquellos ritos arcaicos. Su estricto orden de la salud y la moral aconsejaba defenestrarlos también. Y entonces los muertos de los mayas empezaron a ser algo menos sus muertos para convertirse poco a poco en los muertos de los otros.

“Hasta no hace mucho en nuestras comunidades los compadres bañaban a los fallecidos con un trapo húmedo que iban escurriendo y con el agua que se recogía en un recipiente se hacía un chocolate que todos los allegados tomaban”, me explica el investigador y profesor de la Universidad de Oriente en Lingüística y Cultura Maya Lázaro Hilario Tuz. Charlamos en su casa familiar del pueblo de Pomuch mientras comemos un pan famoso en toda la región horneado en la conocida como panadería de los españoles. ¿Por qué se hacía esa costumbre del chocolate? “Para repartir los pecados del difunto; con tanta carga uno no puede subir arriba”, explica Tuz.

La costumbre, de la que no hay apenas ningún documento que la haya reflejado al realizarse en pueblos retirados de las zonas rurales de la Península del Yucatán, se conoce por el boca a boca de los mayores siempre temerosos de ser identificados y relegados por ser indígenas. “En las zonas más apartadas del estado de Quintana Roo puede ser que aún se practique. En Campeche hace ya 40 años que desapareció por las prohibiciones” señala el también investigador maya Nehemías Chi.

En las zonas más apartadas del estado de Quintana Roo puede ser que aún se practique

“En Xkulok se realizaba este rito. Es un sitio apartado, sin avances donde la gente vivía a la antigüita. No había médico sino que se practicaba la medicina natural” señala Nehemías que describe el proceso: “El moribundo era cuidado por sus familiares en la casa. Cuando fallecía eran los más cercanos los que en el velatorio realizaban el P’O'Keban. Con mucho cuidado hacían una limpieza del cuerpo sin tocar las zonas sexuales con un trapo húmedo. Con ese agua, según los medios económicos de la familia, se realizaba un chocolate, los más pudientes, y los que tenían menos recursos un pozol (una crema de agua popular mexicana) que se distribuía entre los allegados. Al beber ese caldo se pasaba todas las características del difunto a ellos”, explica el profesor Nehemías.

“La creencia es que los muertos más brillantes transmitían así su conocimiento y los menos brillantes distribuían sus pecados. La realidad es que antes de la Conquista española siempre se hacía el ritual con chocolate, que era un fruto barato, pero luego subió su coste y algunas familias comenzaron a hacer pozole”, señala Chi.

“Algunas personas mayores me contaron que con el agua de lavar a los muertos se realizaba el relleno negro. Se hace con un chile de árbol rojo que crece en las milpas. Se muele, se cuela su jugo y se hace oscuro, símbolo de la muerte. Eso se pone a la carne y así se compartía el pecado del difunto desde un sentido comunitario”, narra la también profesora maya Cessia Chuc.

Quizá la última vez que se haya practicado este rito sea en el entierro hace unos tres años, calcula el profesor Nehemías, del considerado último maya puro. “Fue en la localidad de Felipe Carrillo Puerto, en Quintana Roo. El difunto era considerado descendiente directo de los mayas que portaban la cruz parlante (cruz maya distinta a la cristiana), un mito por el que los dioses mayas guiaban a sus guerreros en las llamadas Guerras de Castas entre 1847 y 1901. Entonces los mayas se rebelaron contra los blancos y mestizos que ocupaban la Península del Yucatán hasta que el ejército acabó con la revuelta. Este hombre fue enterrado en el patio de su casa, otra costumbre hoy prohibida, y es probable que su cadáver haya sido limpiado con trapos húmedos y hecho el rito del chocolate”, opina el profesor Nehemías.

Quizá la última vez que se haya practicado este rito sea en el entierro hace unos tres años, calcula el profesor Nehemías, del considerado último maya puro

Enterrar a los muertos en las casa es otra de las costumbres ceremoniales que las autoridades han prohibido a los mayas por cuestiones sanitarias.. “El maya enterraba en la puerta de casa. Para nosotros un entierro es pasar a formar parte de la naturaleza y los huesos pasan a ser reliquias. Antes  se dejaba al difunto un año en la casa y cuando era su cumpleaños se realizaba una fiesta donde se traían viandas al muerto”, explica el profesor Hilario Tuz.

En Pomuch, que en maya significa “lugar donde se asolean los sapos”, las autoridades vetaron esos entierros en las casas, incluso se prohibió la costumbre de llevar los restos de los fallecidos nueve días a las viviendas cada Día de los Muertos y luego trasladarlos con rezos al panteón de nuevo. Sin embargo, con lo que no pudieron, cosas del turismo y el dinero, fue con clausurar el singular cementerio municipal.

Doña Porfiria Maico, de 68 años, es una entrañable maya que nos acompaña al cementerio cristiano-maya (el sincretismo religioso lo ocupa todo) donde descansan sus familiares. Con mimo y cuidado nos pide que nos agachemos y le ayudemos a sacar los restos de Doña Angelita, tía de su suegra, que murió con 90 años. Junto a ella están otras dos cajas, compartiendo nicho, de otros familiares entre los que hay los restos de un niño fallecido de 11 años.

Sacamos la caja donde se observan los huesos descubiertos de sus familiares. Están a la vista de cualquier visitante. Ella, como cada año, le ha cambiado los paños en los que se envuelven los restos. Deben ser blancos, símbolo de pureza, con algunos adornos que la familia cose. Con el viejo paño limpia con tacto los restos de sus ancestros y los vuelve a depositar en la caja. No puede tirar ninguno fuera, son todos reliquias que deben depositarse de nuevo en el recipiente de madera.

Lo hace así siempre en la semana del 2 de noviembre, día de los muertos, donde los ancestros vuelven a reunirse con los suyos. “Son mis familiares”, dice con una sonrisa. No saca ningún hueso de la caja al no ser tiempo de los difuntos, señal de respeto, y explica como en breve comenzará a coser los paños que protegerán a sus familiares a partir de noviembre de 2017. “Los hacemos en las casas”, dice ella en un español dubitativo.

El cementerio es una sucesión de nichos en los que hay cajas con paños blancos con calaveras y huesos a la vista de todos

El cementerio es una sucesión de nichos en los que hay cajas con paños blancos con calaveras y huesos a la vista de todos. “Hasta que pasan tres años el cadáver está en un nicho tapado. La persona cuando fallece está corrompida y la carne se considera pecaminosa. En esos tres años se pudre y separa de los huesos que son recibidos después como reliquias por las familias. Santos a los que pueden rezar. Es entonces cuando se desentierran y se veneran de forma abierta”, explica Hilario Tuz.

Hay un escrito del siglo XVIII del párroco de la cercana población de Hecelchakán en la que habla de una misa cantada en Pomuch el día de todos los santos mientras sacaban a sus muertos. El sincretismo del rito no es sólo maya y cristiano, también hay influencias de la cultura nahua cuando en el siglo XIII arribaron los aztecas a estas tierras del sur: “En Puebla hay un lugar donde se colocaban los restos de los ancestros en las cuevas. Eran osarios de antes de la conquista. Es una costumbre nahua a la que el maya aporta la tradición de la veneración al tronco familiar”, señala Hilario Tuz.

El cementerio está lleno de calaveras y huesos en los que sobresalen, por singular y distintos, las tumbas de las familias de ascendencia española o de los que se convirtieron a la religión protestante. Sus tumbas son tapadas, como la de cualquier panteón occidental, en medio de un mundo de huesos colocados en cajas sobre nichos entre pasillos estrechos.

Los españoles, como los llaman aún en el pueblo, son en realidad familias que llegaron con sus carruajes, mulas y caballos a mediados del siglo XIX, en el México ya independiente, y se dedicaron a prosperar alquilando sus bestias de carga y sus carros a los mayas. Ganaron dinero y poseyeron tierras hasta que la revolución mexicana de principios del siglo XX les quitó sus haciendas. Algunos sobrevivieron haciendo un pan especial que es hoy famoso en toda la zona. Al contrario que con las tierras, ellos en Pomuch no perdieron la tradición cristiana de enterrar a los suyos colocando una lápida de mármol sobre sus cabezas.

Los españoles, como los llaman aún en el pueblo, son en realidad familias que llegaron con sus carruajes, mulas y caballos a mediados del siglo XIX

En ese equilibrio no siempre sencillo de culturas y costumbres diversas, fue un informe del profesor Tuz en 2002, en el marco de un congreso sobre cultura maya en la cercana ciudad de Campeche, el que ayudó a salvar del cierre sanitario el cementerio y la ancestral costumbre. “A partir de 2003 y 2004 comienza a venir el turismo”, recuerda el investigador. “En Pomuch varias veces el Gobierno ha emitido el discurso antihigiénico para mutilar la práctica. Pomuch se ha salvado por el folclore y el turismo”, afirma la profesora Cessia Chuc.

El dinero lo aguanta todo y poco a poco el panteón de calaveras va cobrando cierta notoriedad y el Día de los Muertos se convierte en un desfile de cientos de personas que van a fotografiar ese singular mundo de muertos sin esconder. “Necesitamos que se apruebe la práctica como Patrimonio Inmaterial del Estado para poner algo de orden. Hay gente irrespetuosa a la que se escucha decir ‘¿cómo es posible? Es asqueroso’. No queremos acabar como otros lugares del país donde el Día de los Muertos es un circo”, señala Tuz.

Esa es una amenaza, quizá en muchos casos ya una sentencia, que pende siempre sobre el mundo maya. La juventud se va alejando poco a poco de ritos arcaicos y no es raro ver que los jóvenes de Pomuch celebren Halloween con más fervor que los viejos ritos culturales de sus antepasados.

Los chamanes o sacerdotes mayas que cada vez son menos o son reducidos a un inventado folclore

Fiestas para atraer las lluvias, los chamanes o sacerdotes mayas que cada vez son menos o son reducidos a un inventado folclore, los carnavales en los que los hombres se disfrazaban de mujeres y bailaban tocando un tambor, los bautizos (Jets Mek’) en los que al bebé se le abrazaba con una mano y se le colocaba a horcajadas sobre las costillas de sus padres… Todo va desapareciendo, o temblando, por la apisonadora de los nuevos tiempos.

“Ya hay pocos sacerdotes mayas. Se les llama brujos sin entender que hay que adquirir el don religioso a través de una revelación o sueño, Esáactun, en el que se les desvela a los elegidos viejos centros ceremoniales antiguos no registrados en los mapas. Las prácticas de nuestro pueblo contravienen el mensaje oficial. Nadie se ha acercado a conocer la cosmovisión de nuestro pueblo”, señala la profesora Cessia Chuc.

“Desde que llegaron los españoles se prohibieron ritos porque se decía que adorábamos al diablo. La gente se fue a las cuevas y montañas pero llegó la modernidad, las carreteras, y se les sancionó. El acoso hizo que  la gente se apartara de sus costumbres. Si uno habla hoy mal el español se burlan de él en las ciudades”, denuncia el profesor Nehemías Chi. ” Todos los gobiernos nos dicen que están en deuda con nosotros, pero ninguno nos la paga”, concluye el investigador.

P.D. Los vocablos mayas, pese a que en algunos casos los escribieron los profesores en la libreta o los deletrearon, pueden no ser exactos. Disculpen si hay algún error fonético.

Artículo también publicado en Crónica de El Mundo

 

 

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