El viaje se hace por dentro

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)

Creo que llevo preparando este viaje toda mi vida; este o cualquiera de los cientos de viajes que te ofrece un mapa colgado de cualquier lugar. Me he sorprendido decenas de veces a lo largo de los últimos años imaginando rutas que sé deletrear con dificultad o disfrutando del placer de algún retraso en el aeropuerto por el puro placer de mirar la pantalla de salidas e imaginar que me subía hasta en el carrito de las maletas para perderme de nuevo. Todo con tal de no volver a casa. Todo con tal de tener el hormigueo que crea el miedo y la pasión por lo desconocido.

Pero un día imaginé que era posible hacer un paréntesis más largo de lo habitual. Hasta ahora he visto una parte del planeta a tiempo parcial (salvo mi experiencia de tres meses en Malta, mis salidas suman meses, años… pero siempre con un billete de vuelta amenazando en la recámara y una difícil ecuación en el medio entre vacaciones y trabajo). Esta vez decidí hacer algo distinto y comprar el sueño de ida sin tener fijada la vuelta. Disfrutar del viaje con la sensación de que me echará de aquí la cartera o las ganas (al paso que llevo lo primero tiene muchas papeletas).
Tras mi estancia en Sudáfrica, en la que trabajo como periodista (mi otra gran pasión), comenzaré un viaje que espero me haga cruzar ocho países y me dejé con cara de bobo mirando las Montañas de la Luna, en Uganda. ¿Quién sabe, quizá todo cambie y la ruta decida por si misma llevarme por otros caminos? Sueño con alargar mis pasos y concluir aventura en El Cairo, para desde allí dar un pequeño salto y visitar a una amiga, Jale, que ha movido también su confortable silla para instalar sus mechas de todo a mil en Jerusalem. Todo es posible: será lo que yo decida, esa es la magia de esta mi aventura.

¿Y qué he descubierto hasta ahora? ¿Que soy muy feliz? (una circunstancia personal relacionada con las personas que he tropezado y los lugares donde miro); ¿nuevos y fascinantes paisajes? (el miércoles haré un safari de cinco días por el Parque Kruger de esos que cuando era niño imaginaba con todas mis ganas que, por desgracia, nunca haría. Tan cierto como que he visitado una vez en mi vida el Palacio Real de Madrid: lo hice con 16 años, con una guiri que cuidaba los niños de  mi hermana, con el guía hablando en inglés, creo, y pegándola 600 tiros por segundo para ver si conseguía salir del jodido edificio y volver a casa, que no estaba mi madre [me dijo que no otras 600 veces]. En cualquier país eres capaz de recorrer 200 kilómetros para ver el urinario del monarca local); ¿nueva gente? (la gente es siempre, para mi, la magia de un viaje, aunque no hace falta cruzar medio mundo para encontrarla, a veces la tenemos al lado).

la gente es siempre, para mi, la magia de un viaje, aunque no hace falta cruzar medio mundo para encontrarla, a veces la tenemos al lado

Es cierto que el encanto de salir fuera es que todo el mundo está abierto a conocer a los otros y no hay nadie que nos recuerde lo que nosotros pensamos; es cierto que de cada nueva forma de entender lo que pasa ahí fuera que conoces añades una pregunta y quitas una respuesta). ¿Una cultura nueva? (las diferencias son tan notables como las similitudes. Una parte de la primera sorpresa del viajero, la aprendí en otros viajes, es cuando uno descubre que hay antenas parabólicas colgando del paraíso [llámese Coca Cola, cine o un bar lúgubre que sólo se diferencia de los que alterno en Madrid en que no hay nevera ni mobiliario). Todo esto es parte de lo que he descubierto y espero descubrir en lo que me queda de viaje. Sin grandes conceptos, con la normalidad de quien solo disfruta de los pasos de sus pies por el placer de pisar arenas movedizas. Me fascina imaginarme en un camión, rodeado de gente que es nueva para mi, y acampando en medio del Kalahari para pasar la noche (lo haré); o verme subido a un tren en el que soy carnaza y dólares mientras intento dormir con mi cámara de fotos haciéndome de almohada.

Sin embargo, en estas diez primeras semanas de estancia en Sudáfrica lo que realmente estoy descubriendo es que puedo esperar quince minutos a que arranque un minibus que hace amagos de salir pero que espera hasta que no quede un hueco sin carne dentro (son negocios, que diría El Padrino); que puedo vivir sin reloj (se me estropeo nada más llegar y decidí no comprar ninguno nuevo. Hay ocasiones en las que no sé en qué hora me muevo); o que me duermo a las diez de la noche y me levanto a las cuatro de la mañana para fumar un cigarro (he vuelto a fumar) mirando en mi terraza como se mueve el tiempo. Sencillamente, también me estoy descubriendo. Aprendo a aprender que el mayor viaje lo haré por dentro (me gusta).

P.D. Esta entrada está especialmente dedicada a Jale, una tipa a la que descubrí hace dos años y a la que quiero (tus mechas son terribles, eso sí). Buena suerte en tu aventura en Jerusalem

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Comentarios (2)

  • Lisetta

    |

    LO IMPORTANTE ES QUE APRENDAS SEA LO QUE SEA.. TAL VEZ YO TAMBIEN TE DE UNA SORPRESA..
    TE QUIERO MIL!!! (ESO LE DECIA A TU SOBRINA CUANDO ERA PEQUEÑA Y MIL, PARA ELLA, ERA EL NO VA MAS).
    CUIDATE MUCHO QUE NECESITO SABERTE BIEN Y CERCA.
    LISETTA

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  • goyo

    |

    Presi, tienes razón, Itaca está muy bien, pero el verdadero camino -más allá del tópico de la frase- es el que haces por dentro, aunque a veces cuesta encontrarlo. Lo bueno es que cuando lo consigues sientes eso que se llama dicha. Y entonces sucede que no quieres salir de ahí, que quieres seguir apurando, por encima de todo, las páginas de ese libro, o que no quieres que se acabe esa conversación. También es cierto que las ciudades son las personas, y que cuantas más o mejores personas más intensamente se vive la experiencia de una ciudad. En fin, que me alegro de leerte. Y que sepas que mañana hay despedida a Jaleillos. Brindaremos por vosotros.

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