El vientre seco de Mama Fatuma

Por: María Ferreira (texto y fotos)

En las manos de Mama Fatuma se lee toda una vida; motivos preciosos de henna, cicatrices, quemaduras y años. Paseábamos hace un año por el barrio somalí de Nairobi –Eastleigh- en la fiesta Musulmana del Eid al-Adha, en la que se conmemora la voluntad de Abraham de sacrificar a su propio hijo, pasaje recogido tanto en la Biblia como en el Corán.

Mama Fatuma iba cubierta con un niqab; sólo podían verse sus ojos maquillados. De vez en cuando se levantaba un poco el velo que le cubría la cara, con mucho cuidado, para darle un sorbo a la coca-cola que acababa de comprar.

En las manos de Mama Fatuma se lee toda una vida; motivos preciosos de henna, cicatrices, quemaduras y años

Los corderos eran sacrificados en plena calle y los niños se manchaban las manos de sangre para dejar sus huellas en los muros de las casas.

-Lo hacen para ahuyentar el mal de ojo- me explicó Fatuma.

Los hombres vestían sus mejores túnicas (jellabiyad) y las mujeres se cubrían con telas llenas de bordados y colores. Todas las mezquitas de la zona se habían llenado de vida: los niños correteaban entre los corderos que seguían vivos y las familias que podían permitírselo donaban una parte de la carne a las familias más pobres. Todos los musulmanes del barrio tuvieron su ración de comida.

Para Fatuma no era un día alegre: su marido acababa de divorciarse de ella

Sin embargo, para Fatuma no era un día alegre: su marido acababa de divorciarse de ella. Se casó con él hace 25 años y siempre presumió de ser la primera de las cuatro mujeres que formaban parte de la familia. Era, también, la que más hijos le había dado.

Pero Fatuma había dejado de menstruar hacía unos meses y su marido decidió casarse con una mujer fértil. El Islam no permite que un hombre esté casado con más de cuatro mujeres a la vez, así que antes de contraer matrimonio con una mujer nueva el hombre tiene que divorciarse de una de sus esposas.

Fatuma había dejado de menstruar hacía unos meses y su marido decidió casarse con una mujer fértil

Acompañé a Fatuma a hablar con uno de los ancianos de su familia, que llevaba su barba teñida de rojo, como símbolo de ser una persona respetada entre los suyos. El marido estaba también presente y Fatuma comenzó a señalar en el Corán los versículos que hablaban en contra del divorcio:

-“De todas las cosas que están permitidas, la que más odia Dios es el divorcio”- recitaba la mujer.

-De las cosas permitidas- repitió el marido- eso es.

El anciano me señaló y preguntó si era yo la nueva mujer.

-No, no- dije.

-¿Qué haces aquí?- preguntó.

-Fatuma es mi amiga.

El anciano asintió pensativo. Bebía té compulsivamente y masticaba trozos de carne con la boca abierta. Nosotros le observábamos comer. Cuando terminó se lavó las manos en una palangana y se dirigió al hombre.

-¿Pagarás su manutención?- preguntó.

-Sí- contestó el marido.

Nos fuimos todos a casa de Fatuma, donde se preparaba un banquete para toda la familia (tengamos en cuenta que la familia la formaban cuatro mujeres y sus respectivos familiares). Era la última fiesta que la mujer pasaría en el hogar que había sido suyo durante los últimos 25 años. El resto de las esposas lo sabían y apenas le dirigían la palabra. Ella ya no formaba parte de las tareas domésticas y permanecía sentada, observando ese mundo suyo que se desvanecía.

Era la última fiesta que la mujer pasaría en su hogar. El resto de esposas lo sabían y apenas le dirigían la palabra

-La vida para los hombres acaba cuando se para el corazón -dijo en voz baja-, la de las mujeres cuando el vientre se seca.

En ese momento, Fatuma se levantó y se dirigió hacia el lugar donde su marido comía junto a los hombres de la familia. Él no se inmutó.

-¿Qué quieres?- le preguntó sin siquiera levantar la mirada de su plato.

-Te divorcio -dijo Fatuma-. Te divorcio. Te divorcio.

Las mujeres dejaron sus quehaceres. Los hombres dejaron de comer. El marido se levantó temblando, rojo de humillación y abofeteó a su ex mujer.

Fatuma perdió el derecho a la manutención y a la protección que le correspondía en el divorcio. Regresó a Somalia y se le prohibió que volviera a ver a sus hijos. Hoy en día vive con diez dólares al mes que gana limpiando pescado. Sufre el castigo por haber querido ser dueña de su vida.

Perdió el derecho a la manutención que le correspondía tras el divorcio. Regresó a Somalia y se le prohibió volver a ver a sus hijos

La situación de vulnerabilidad a la que están expuestas las mujeres musulmanas en muchos países africanos es una injustica acallada en nombre de la religión y de la cultura. Estamos viviendo un momento en el que empezamos a ver mujeres que ocupan puestos de importancia en Somalia y celebramos estos casos contados como si hubiéramos ganado una guerra. Sin embargo, la realidad es que el Gobierno descentralizado del país no es capaz de garantizar los derechos de las mujeres somalíes. La situación sólo ha mejorado para una minoría. El 98% de las niñas sigue siendo víctimas de la mutilación genital. El 92% de las mujeres depende de la voluntad de sus padres primero y de la de sus maridos, cuando se casan.

Las pocas mujeres que se rebelan son automáticamente etiquetadas como pecadoras y son apartadas de la vida social en nombre de Allah, convirtiéndose en un mal ejemplo por ser libres, independientes, fuertes, valientes. Vemos una vez más cómo en un ambiente estrictamente religioso es muy difícil defender los derechos humanos. Los tratos discriminatorios e injustos a los que se enfrentan las mujeres musulmanas en la actualidad derivan de la Sharia (ley islámica) creada entre los siglos IX y X y que permanece hasta nuestros días como una verdad absoluta y justa.

Las pocas mujeres que se rebelan son automáticamente etiquetadas como pecadoras y son apartadas de la vida social en nombre de Allah

La educación es el arma. Educar a las niñas y a los niños para que sean dueños de su futuro por igual. Crear generaciones que lean el Corán de forma analítica y entiendan que el Islam defiende que todos los seres humanos son dignos con independencia de su sexo.

Que las mujeres como Fatuma sean el ejemplo a seguir, y no una vergüenza para la sociedad.

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Comentarios (2)

  • Ana

    |

    Es un temazo

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  • MDV

    |

    Qué duro lo que cuentas, pero lo cuentas tan bien que casi nos hemos convertido todas en mama Fatuma y sentimos su dolor pero también el orgullo de ser mujeres. Gracias de nuevo por darles voz.

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