Elogio del guía de viajes

Por: Pepa Úbeda (texto y fotos)

Mi “debut” aventurero llegó tarde. Ser mujer y muy joven a finales de la dictadura fueron dos obstáculos considerables. Dependiendo del país a visitar, el primero aun lo es. Los guías competentes son en esas circunstancias de mucha ayuda. En cuanto a ser muy joven mediados los setenta, no estábamos entonces las españolas de a pie preparadas para cargar con la mochila y desenvolvernos por el mundo con un par de bocadillos y cuatro pesetas en el bolsillo. Faltaban años todavía para el euro, la popularización del dinero de plástico y los vuelos low cost.

En general, cuando “arranca” el turismo como actividad de ocio, se hace mayoritariamente “en compañía” (la pareja, las amistades, la familia…) y “de paquete”. Con este segundo término me refiero al hecho de que entra todo. Desde hoteles y billetes de ida y vuelta “a pie de casa”, hasta tiques para excursiones, museos y espectáculos diversos. El guía, también. Así íbamos por el mundo; así continúa yendo la mayoría. La aventura estaba y está en manos de algún valiente. Pocas veces, sin embargo, en solitario. Con todo, hemos ido progresando y algunos turistas han empezado a pensar que una pizca de azar y autonomía nunca vienen mal.

Mi “debut” aventurero llegó tarde. Ser mujer y muy joven a finales de la dictadura fueron dos obstáculos considerables

Es ahí donde entran los guías, complemento esencial de todo viaje, sea “de paquete”, en grupos reducidos o en solitario. Sobre todo, a países a los que nos es difícil acceder por lengua y cultura. En sus manos de padres diligentes nos convertimos en hijos consentidos, aunque poco lleguemos a saber de nuestros “progenitores” accidentales. A pesar de que algunos pueden llegar a ser compatriotas nuestros que, una vez en el país, hayan decidido quedarse por motivos muy variados.

El turismo ha evolucionado un poco y hoy viaja casi todo el mundo. Incluso bebés de pocos meses. Pero el modelo de viejo aventurero –muchos de ellos británicos y algunos, excelentes escritores de relatos viajeros– continúa siendo reducido. Se necesita valor. Y “posibles” económicos. No obstante, un viejo y conocido corresponsal me contaba no hace mucho que algunos aventureros y autores de libros de viajes de éxito no suelen desplazarse en solitario. Como mínimo, con un guía. Imprescindible en muchos casos, aunque resulte mucho más romántico decir que van solos.

En sus manos de padres diligentes nos convertimos en hijos consentidos, aunque poco lleguemos a saber de nuestros “progenitores” accidentales

El trapicheo capitalista ha hecho del turismo “necesidad”. ¿El conocimiento del otro? Me temo que no van por ahí las cosas. Lo malo es que el invento de viajeros en masa no acabe convirtiéndose en otra amenaza más para la ya muy deteriorada salud del planeta. No se trata, pues, de una migración buscando agua o pan que llevarse garganta abajo. O de un intento desesperado por no morir tras haber sido expulsados los migrantes de sus tierras por culpa de nuestros intereses económicos y nuestras fanfarronadas bélicas. Tampoco de una travesía científica o de una investigación antropológica. En todo caso, paseo virtual para llenar autobuses, aeropuertos y hoteles hasta el “gallinero” en tiempos de holganza.

En este frenético arriba y abajo en que se ha convertido viajar, continúa siendo necesario el guía adecuado. Y lo podemos encontrar en la agencia con la que viajamos –si estamos en el sector “paquete”– en Internet, en algunas ONGs y en los organismos de algunos países que animan a un turismo responsable –el que no arrasa.

En este frenético arriba y abajo en que se ha convertido viajar, continúa siendo necesario el guía adecuado

Por el guía se puede conocer, a veces, al viajero. Los hay que quieren guía para todo; sea en la ciudad o en la selva. Es cierto que en algunos países se hacen indispensables. Así lo hacían escritores como David Chatwick. Así lo he hecho yo en ocasiones.
De un buen guía puede depender, en ocasiones, pasar del placer a la tragedia. No exagero. Un plus a favor es que nuestro guía nos ponga en contacto con amigos y familia. Se trata, en este caso, de un “paquete” poco convencional y enriquecedor. Aunque eso nunca nos permita integrarnos totalmente en su mundo.

La única circunstancia en que no necesitamos guía “en presencia” es cuando decidimos transitar por el mundo sentados en el sofá de casa para ver un interesante documental de la National Geographic. Pero si el país presenta dificultades insoslayables, más nos vale tener un lazarillo local a mano. Aun recuerdo la sangre fría del mío en El Salvador. Un viejo comandante guerrillero durante “el conflicto” que conducía su camioneta sin frenos por pendientes; sin hacértelo saber para que no sufrieses. O el de Guatemala, que me sacó de más de un aprieto cuando nos tirábamos por barrancos ante perseguidores sospechosos. O aquella vez que nos perdimos un reducido grupo con guía, chofer y cocinero por el desierto de Namibia en una zona donde la única agua con que contábamos era la de nuestras cantimploras.

Si el país presenta dificultades insoslayables, más nos vale tener un lazarillo local a mano

Si nos paramos a pensarlo, son un buen puñado de horas y días conviviendo con un extraño de infinita paciencia en la mayoría de los casos. Pero a mí me ha valido la pena, aunque la despedida siempre suele ser dolorosa, sobre todo si el viaje ha dejado huella. Se crean unos vínculos que nos arrancan de nuestras miserias cotidianas, pues compartimos su mundo y nos hacemos la ilusión de que, durante un tiempo, fuimos como hermanos. O mejor aun: como amigos de los buenos.

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