En Saigón no hay bicicletas

Por: Daniel Landa (Texto y fotos)

Tuve que reptar un par de metros. Mi cuerpo apenas encajaba en un pasadizo minúsculo de varios kilómetros de largo. La oscuridad era tajante como la ceguera, negro como el pánico, exiguo el espacio. Salí angustiado, lleno de polvo. El guía sonreía en el exterior. Estaba en la antigua red de túneles vietnamitas de Cu Chi.

La supervivencia se excavó en un laberinto de vías subterráneas. No he conocido un pueblo tan audaz como el de Vietnam, que han ganado todas las guerras a todos los intrusos, porque ellos no saben rendirse. Son amables en el trato pero tienen una mirada que oculta una tenacidad extraordinaria.

En Cu Chi hay ciudades enteras bajo tierra. Los túneles eran sólo una forma de comunicar estancias, salas donde mujeres y niños esquivaban la guerra.

No he conocido un pueblo tan audaz como el de Vietnam, que han ganado todas las guerras a todos los intrusos, porque ellos no saben rendirse

Cerca de allí, los hombres han dejado de esconderse, hasta tal punto que no hay rincón, ni tregua para huir del gentío sobre el asfalto de Ho Chi Minh.

Otra vez la sensación de estar en el avispero. Las motos convierten la ciudad en un circuito sin límite de aforo. Sentí una sensación repetida antes en Hanoi, pero al recorrer la antigua Saigón, fui tropezando con los matices de un país que ha estado dividido, enfrentado.

En Saigón -este nombre me resulta más evocador- han sucumbido a la Coca Cola hace mucho tiempo, los edificios han crecido enterrando en parte la arquitectura colonial. El turismo se desboca en las discotecas y las terrazas están llenas de europeos. No existe aquí el caos callejero de la que fuera capital del norte, ni hay puestos asando perros.

Los camareros sonríen, las motos aparcan en los bares. Saigón aspira a ser una fiesta, una alegre noche en vela.

Las mujeres son hermosas como en Hanoi, pero dejan de ser amores clandestinos, pues esta ciudad apunta a la globalización y no importa si el corazón lo roba un extranjero. La guerra aquí es el recuerdo de un zippo estadounidense que te venden en todas las esquinas y las iglesias se miran en Notre Dame, sin templos que embalsamen líderes revolucionarios. Los camareros sonríen, las motos aparcan en los bares. Saigón aspira a ser una fiesta, una alegre noche en vela.

Tratamos de evadirnos del tráfico y cambiamos carreteras por cauces donde los hombres llenan sus barcas de frutas y pescados. Junto a la ciudad de Can Tho, el Mekong se convierte en un mercado flotante. Y yo que esperaba poder cruzar el río saltando de barca en barca, descubrí con cierta decepción, que había casi tantos barqueros llevando piñas como turistas y no había demasiados turistas.

Los lugares interesantes, si prosperan, suelen venderse en postales. Uno espera ver las cicatrices de la guerra, cafés donde los viejos del lugar cuenten historias de bombarderos, pero resulta que todos los pueblos del mundo, qué cosas, tienden a curar las heridas, a pasar páginas y abrir restaurantes.

En Saigón ya nadie usa bicicleta. El zumbido de las motos ha ido apagando la magia de otro tiempo, el ruido de los mercados callejeros… y el recuerdo atronador de la guerra.

 

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