La religión de los hombres que creen en todo

By: Daniel Landa (Testua eta argazkiak)

Creen en todo lo que se puede creer. Abrazan a los dioses del hinduismo, a las enseñanzas de Mahoma y al legado de Jesucristo. Son budistas, taoístas y confucianistas. Sus líderes aseguran haber recibido revelaciones de Shakespeare o Lenin. Y Víctor Hugo es uno de unos de sus santos.

Este laberinto de personajes, esta comunión de doctrinas, se llama Caodaísmo. “Todas las religiones son una sola”. Esa sería su principal premisa y lo cierto es que a mi me parece un mensaje, gutxienez, seductor. Por eso nos alejamos unos kilómetros de la ciudad de Ho Chi Minh para alcanzar el templo Cao Dai, uno de los más importantes de esta religión. Teníamos que verlo, comprobar si aquello era posible. Parecía increíble creer así o, agian, a fuerza de complicar credos, todo se simplificaba.

Alguno podría pensar que este tipo de culto tiene algo de secta, de extravagancia ideológica, pero resulta que en Vietnam hay más de siete millones de adeptos que practican el caodaísmo. Y al parecer, la religión sigue creciendo y se expande en Estados Unidos y Asia. Incluso en España hay ya algunos caodaístas.

la religión sigue creciendo y se expande en Estados Unidos y Asia. Incluso en España hay ya algunos caodaístas.

La curiosidad se volvió puro asombro cuando alcanzamos el templo de Cao Dai. Tiene dimensiones de catedral y está cargado de filigranas. La fachada amarilla se decora con motivos florales, celosías y columnas ornamentadas.

Y entonces entramos para descubrir que aquello era mucho más serio que una mera reunión de creyentes hippies. Un fresco mostraba a sus tres santos: Sun Yat-set, fundador de la República Popular China, Nguyen Binh Khiem, un poeta y educador vietnamita y el escritor francés, Victor Hugo.

Un grupo tocaba una especie de música vietnamita antes de que comenzara la ceremonia. Hombres y mujeres vestían de un blanco celestial. El acto tenía una solemnidad inequívoca, de esas que obligan a uno a andar de puntillas. A los curiosos nos indicaron que debíamos subir al coro, para ver desde allí la ceremonia.

En el interior del templo no hay bancos. Los fieles se sientan en el suelo y hacen sus reverencias frente a un altar cuyo símbolo más reconocible es el de un triángulo albergando un gran ojo. Las columnas rosas están rodeadas por figuras de dragones con cuerpos de serpiente. Es un santuario enorme pintado con la imaginación de un niño.

ser caodaísta debe de ser muy estresante pues cada acto atenta contra una religión en particular y la suma de las creencias lo es también de deberes morales.

Sólo los líderes religiosos llevan túnicas rojas, amarillas o azules. El resto viste de un blanco impoluto. El ritual tiene un orden militar, un color infantil y una fe exagerada. Yo había pensado que una religión de religiones sería más abierta en sus preceptos, un tanto anárquica en la virtud y en el pecado, pero una vez allí encontramos dogmas mucho más complejos. Hay prohibiciones tajantes y no noté una atmósfera alegre como esperaba, sino un talante circunspecto.

Concluí que ser caodaísta debe de ser muy estresante pues cada acto atenta contra una religión en particular y la suma de las creencias lo es también de deberes morales.

Out, un hombre que deduje acababa de ordenarse o de hacer la comunión o el bautizo o lo que hagan ellos, posaba junto a un árbol sagrado. La estampa, tuve que admitir, tenía un semblante casi místico.

La entrevista con el líder espiritual del templo duró un minuto. Le pregunté si no era un tanto paradójico creer en religiones a veces tan distantes. Se quitó el micro y se fue caminando sin más explicaciones.

De vuelta a la antigua Saigón, vimos más templos caodaístas, con sus fachadas amarillas, sus torres y su fe apuntando a todos los cielos posibles.

 

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