Galápagos: las Islas Encantadas de Darwin

Por: Gerardo Bartolomé (texto y fotos)

Si buscamos un destino enigmático en Sudamérica ciertamente las Islas Galápagos es un buen candidato. El viajero y científico Charles Darwin esperaba encontrar allí la solución al “misterio de los misterios”, como él llamaba al origen de las especies. Pero luego de poco más de cinco semanas partió con más interrogantes que respuestas.

Dejamos el equipaje en nuestro camarote apresurados por subir a cubierta y disfrutar el zarpe. La cámara de fotos en una mano y el diario del naturalista inglés en la otra. Arriba el sol del ecuador nos golpeaba con fuerza, pero el aire estaba fresco por el efecto de la corriente de Humboldt que trae heladas aguas del sur de Chile. Tan importante es su efecto que posibilita la vida de pingüinos y lobos marinos en el trópico. ¿Todo un misterio, no? Al soltar amarras las iguanas de las rocas nos miraban con poco interés. Algunas se lanzaron al agua. Otro misterio: son las únicas iguanas marinas del planeta, ¿por qué?

Por errores en los mapas, muchos de los navegantes que buscaban estas islas no podían encontrarlas; por eso las llamaron las Islas Encantadas

El descubrimiento de estas islas, tan alejadas de la costa del continente, se debió puramente a la casualidad. Más de 400 años atrás el obispo de Panamá, Tomás de Berlanga,había recibido una misión en el Perú pero los traicioneros vientos de la zona lo alejaron mar adentro. Con el pasar de los días la falta de agua pasó a ser crítica. Por suerte uno de los marineros avistó islas. Descendieron. No encontraron agua potable. Se desesperaron. Fueron de isla en isla. Cuando pensaron que todo estaba perdido hallaron el tesoro más preciado: agua. Se salvaron. Luego de esto, por errores en los mapas, muchos de los navegantes que buscaban estas islas no podían encontrarlas; por eso las llamaron las Islas Encantadas. Ciertamente algo de magia tenían.

“¡Allá! ¿Viste eso?”, exclamó mi mujer mientras tomábamos un argentinísimo mate en la popa del barco. “Saltó una manta raya y dio una vuelta en el aire”. No quise parecer demasiado escéptico y miré en la dirección que ella me indicaba. De repente, de entre las olas, una enorme manta raya saltó por el aire y dio una vuelta antes de caer en el agua. Quedé mudo de asombro y mi mujer feliz de que yo no pensara mal de ella y su imaginación.

Al igual que el Beagle, nosotros también fuimos de isla en isla, pero no dibujando mapas, ni buscando agua potable, ni cargando tortugas gigantes

Seguramente cuando Charles Darwin llegó a Galápagos también pensó que las islas estaban encantadas, pero para él la magia estaba en los animales. Encontró allí especies similares a las del lejano continente americano. Seguramente, conjeturó él, habían llegado mucho tiempo antes empujadas por la corriente de Humboldt. Pero lo extraño era que estas especies no fueran iguales a las de tierra firme. ¿Habían cambiado? Esa era la semilla de la Teoría de la Evolución.

Al igual que el Beagle, nosotros también fuimos de isla en isla pero no dibujando mapas, ni buscando agua potable ni cargando tortugas gigantes para alimentarnos durante un larguísimo cruce del Pacífico. Nosotros queríamos ver las diferencias en la fauna de una isla a la otra. Cientos de especies de pájaros, iguanas, tortugas, pingüinos, lobos marinos e innumerables especies marinas conforman allí un laboratorio natural de la evolución.

Todas las especies de Galápagos no sólo no le temen al hombre sino que lo ignoran absolutamente, un paraíso para el fotógrafo

Tres especies de piqueros conviven en una misma isla. Su estilo de vida es similar pero sus patas, sus picos y su plumaje nos muestran claramente sus diferencias. Una pareja de ellos realizaba, sobre una roca, un ritual. El macho levantaba cada una de sus celestes patas con un movimiento lento y circular, luego movía el pico y abría las alas. A continuación su compañera copiaba sus movimientos. Parecía un cortejo en el que ellos lucían sus diferencias respecto de las otras especies de piqueros. Pero lo más asombroso era que nos dejaban acercarnos hasta apenas unos centímetros. En general, todas las especies de Galápagos no sólo no le temen al hombre sino que lo ignoran absolutamente. Un paraíso para el fotógrafo.

Esas islas, surgidas del fondo del mar hace unos cinco millones de años, recibieron animales que, compitiendo entre ellos por el alimento, se fueron diferenciando. En un principio Darwin no comprendió esto, pero poco antes de marchar escuchó de boca del vicegobernador que era posible saber de qué isla era una tortuga con solo observar el caparazón. Había más de trece especies distintas de tortugas gigantes. Incluso en algunas islas había una especie de tortuga de las tierras altas y otra de las tierras bajas que se diferenciaban porque una tenía en su caparazón un doblez mucho más marcado que le permite comer hojas de plantas más altas. El joven Charles pudo corroborar esa afirmación ya que el Beagle cargó más de 70 tortugas vivas para tener carne fresca en su camino a la Polinesia. Pero nada le llamó la atención de los famosos pinzones. Tan distintos eran de isla a isla que él pensó que algunos de ellos eran de otra especie. Sólo supo que eran pinzones años más tarde, en Inglaterra, y sobre ellos fundamentaría su tesis de la evolución.

Una de esas tortugas fue “Harriet”, que el Beagle dejó en Australia y sobrevivió más de 170 años para morir en el 2006

Recién el último día de nuestra estadía pudimos ver tortugas gigantes. Para ello nos llevaron a una reserva donde se las cría buscando multiplicar su número debido a que estuvieron a un tris de extinguirse. De ser decenas de miles quedaron apenas unas centenas. Esto porque los barcos las cargaban, hasta que Ecuador comenzó a controlar. Un par de sus especies se extinguieron. Otras se salvaron gracias a que algunos zoológicos del mundo mantenían una o dos que algún barco dejó cuando llegó a destino. Una de esas tortugas fue “Harriet”, que el Beagle dejó en Australia y sobrevivió más de 170 años para morir en el 2006.

Al cabo de una semana tomamos el avión que nos llevaría de vuelta a Quito. Por suerte para nosotros, que queríamos más y más de Galápagos, el comandante del avión dio una vuelta para darles un último vistazo. Yo me rehusé a despedirme. Me prometí volver a la magia de las Islas Encantadas.

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