Guimaraes: viaje a las entrañas de Portugal

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)

Me gusta recorrer los lugares donde la historia ha dejado su huella. Caminar la historia es la mejor manera que conozco de intentar comprenderla, tarea de titanes en ocasiones. Nunca conviene olvidar el pasado, ya sea para enorgullecernos de él e intentar estar a la altura o para no repetirlo. Me apena visitar sitios donde la historia es maltratada por los políticos de turno, tan reñidos habitualmente con la cultura. Por eso, el viaje a Guimaraes, cuna del reino de Portugal, resultó tan gratificante. Además, comimos muy bien y disfrutamos de un paseo en plena naturaleza. Poco más se puede pedir.

Desde Oporto, adonde podemos llegar en vuelos baratos, el viaje a Guimaraes en tren de cercanías es cómodo y cadencioso (6,20 euros ida y vuelta los adultos y 3,10 los niños aunque, ojo, no hay un único billete de ida y vuelta, por lo que hay que sacar dos títulos por persona, uno por trayecto). En poco más de una hora y cuarto, con muchas paradas, el comboio recorre los casi 50 kilómetros que separan ambas ciudades.

Desde Oporto, el viaje a Guimaraes en tren de cercanías es cómodo y cadencioso

Una vez en la Estaçao de Caminhos de Ferro, nos desplazaremos a pie para recorrer todo el centro histórico. Por la avenida D. Joao IV llegaremos en diez minutos a una pequeña plaza donde se levanta la iglesia de S. Gualter, desde la que el ajardinado Largo do Brasil nos llevará, en un agradable paseo, hasta las viejas murallas de la ciudad. A su vera, dejando a un lado el dédalo de calles de su corazón histórico, empezamos a remontar el altozano (av. Alberto Sampaio) en busca del castillo, parada obligada en nuestro recorrido tras la estela del primer rey de Portugal, Alfonso Henriques.

Hay muchas formas de visitar Guimaraes para escarbar en las entrañas históricas de Portugal, desde luego, pero si sólo se dispone de un día mi consejo es empezar por el castillo para continuar descendiendo después la colina en dirección al palacio de los duques de Braganza y al casco histórico, dejando para el final el Monte de Penha. Así lo hicimos nosotros.

Si sólo se dispone de un día, mi consejo es empezar por el castillo

La subida hay que tomársela con calma, para disfrutar de enclaves tan de otro tiempo como los que ofrece el largo Martins Sarmento, que nos deja ya a las puertas del palacio ducal, que a primera vista parece un decorado de una película de Disney. Desde aquí asoma ya la silueta del castillo, del que sólo nos separa el campo de Sao Mamede, donde en 1128 las tropas de Alfonso Henriques vencieron a las huestes de su madre viuda, la condesa Teresa de Portugal, respaldada por el reino de León. Un desgarro familiar que alumbró el nacimiento del reino de Portugal. La condesa viuda del conde de Borgoña murió en el exilio dos años después, quién sabe si abatida por la derrota militar o por la amargura de la traición de su hijo (aunque en la Edad Media la traición era una forma de hacer política).

Edificado en el siglo XI, en este castillo de siete torres se supone que nació Alfonso Henriques, que habría sido bautizado en una capilla románica, la de Sao Miguel do Castelo, situada en las inmediaciones, colina abajo, entre la fortificación y el palacio ducal. La entrada cuesta dos euros (niños gratis), pero gracias al 50% familiar (ya podían tomar nota en muchos museos de España) pagamos sólo la mitad.

El palacio de los duques de Braganza parece a primera vista un decorado de una película de Walt Disney

Lo más interesante es recorrer el camino de ronda de la fortificación, con la muy industrial Guimaraes a nuestros pies, y perder unos minutos en la torre del homenaje, que alberga una exposición sobre la vida de Alfonso Henriques (incluido un divertido vídeo para los niños). De vuelta al patio de armas y a sus intrigantes lápidas (apoyadas en las murallas como esos muebles viejos que dejamos en el portal para que se los lleven), ya no queda más que enfilar la bajada que, tras una breve parada en la pila bautismal donde habría sido bautizado el primer rey de Portugal, nos lleva hasta el palacio de los duques de Braganza (de nuevo nos beneficiamos de la reducción familiar del 50% y sólo pagamos cinco euros por entrar los cuatro).

Siempre me han aburrido los palacios. Y éste no iba a ser menos. La sucesión de salones, tapices y porcelanas nunca ha cautivado mi imaginación y menos cuando se recorren en obligada fila india por la abundancia de visitantes. Por si fuera poco, la proximidad de la hora de comer empezaba a dictar su ley, haciéndome cada vez más proclive a admirar antes un plato de bacalao que un mobiliario entrado en siglos.

Siempre me han aburrido los palacios. La sucesión de salones, tapices y porcelanas nunca ha cautivado mi imaginación

Si hay algo que me exaspera es merodear de restaurante en restaurante mientras las tripas rugen. Entramos en el primero con el que nos tropezamos bajando hacia el centro histórico, el Mumadona (Rua Serpa Pinto, 268) y la elección resulta de lo más acertada: sabrosa comida casera a buen precio (el bacalao, como en casi todo Portugal, es la especialidad de la casa) y cerveza superblock (¡un euro y medio un tercio!) bien fría para retomar la jornada reconciliados con el estómago.

Allí mismo nace la recoleta Rua de Santa Maria, donde las estaciones del Via Crucis, auténticos escaparates, conviven con interesantes tiendas de artesanía. Ésta es, sin duda, la calle con más personalidad del casco histórico y ahora, a primera hora de la tarde se recorre sin agobios, con una tranquilidad que le añade aún más atractivo. Pasada la plaza del Ayuntamiento (antiguo convento de Santa Clara), la vía pasa bajo la Casa do Arco que es, con merecimiento, la fotografía más recurrente del centro de Guimaraes.

La recoleta Rua de Santa Maria es, sin duda, la calle con más personalidad del casco histórico

Desembocamos en la medieval plaza de Santiago, con sus animados veladores sobre el suelo empedrado y sus casas antiguas, que parecen trazadas a escuadra y cartabón. Desde ahí, enlazando un largo tras otro, caminamos hasta el teleférico que sube al Monte da Penha (5 euros adultos y la mitad los niños ida y vuelta), un parque a 600 metros de altitud, coronado por un santuario, repleto de intrincados senderos que se abren paso, a veces de forma inverosímil, entre grandes moles de piedra. Nos asomamos a la varanda dos enamorados, mancillada por un voluminoso excremento de perro (o eso quiero pensar). Es un festín de la naturaleza que alivia el marchamo industrial de la actual Guimaraes y un lugar de esparcimiento familiar los fines de semana.

El tren de las siete y cuarto espera. Quizá todavía lleguemos a tiempo de disfrutar en Oporto de la espectacular puesta de sol desde el Ponte de Dom Luís.

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Comentarios (2)

  • Laura B.

    |

    Qué bonito post y qué onda grata y entrañable rezuma la prosa de Ricardo, caminar, comer, disfrutar, puro canto al instante :-)
    Gracias

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  • Ricardo

    |

    Gracias a ti, Laura. Uno escribe como camina o, quizá, camina como escribe. Y sí, hay que sublimar el instante, porque es lo único que tenemos seguro. Guimaraes es, desde luego, una ciudad que merece una visita, por historia y por presente

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