Había gente viva en Wadi Halfa

Había demasiada gente. Había gente, caos y empujones. Había algunos golpes y peleas en una rampa donde niños intentaban cargar con carretillas que no podían aguantar los hombres. Gritos, muchos gritos. Había sacos y bolsas junto a cajas de televisores, bicicletas y microondas. Había una verja estrecha y una puerta al fondo. No había apenas luz al cruzarla y el ruido te dirigía a una escalera por donde se acumulaba carne. Había unos camarotes que no nos pertenecían por no haberlos pagado  y había una rendija de aire que era el camino. Había una cubierta y un capitán que por cinco euros nos reservó un rincón donde no perdernos.

Había una espera que no se decidía ni a empezar ni a acabar

Había un grupo de extranjeros tirados con sus bolsas en medio del tumulto. Había una espera que no se decidía ni a empezar ni a acabar. Había un atardecer y una sirena. Había movimiento de la gran nave y había cientos de personas doblando su cabeza y su cuerpo para rezar a un Dios que bendecía nuestra partida con algo de viento seco del desierto.

Había una cantina donde las bebidas eran frescas y se servían raciones de un puré de polvo aceptables. Había unos baños sucios. Había una noche cerrada donde el cielo se iluminaba en las aguas. Había silencio y nuestras risas y gritos en una cena donde intercambiábamos sueños un grupo de amigos tan reciente que apenas hubo tiempo para preguntar los nombres. Había algo de alcohol escondido, pecado de las noches en vela, que tomábamos a sorbos por si la noche no se durmiera.

Había un saco y un colchón de cemento en el que los huesos se quejaban. Había la Osa Mayor, nítida, otra vez sobre nuestras cabezas. Había un capitán que decidió poner música a medianoche en su cabina, junto a la que dormíamos en la cubierta, y que trepaba sobre mi cabeza para escupir al horizonte. Había sueños  entrecortados, sensación de cansancio y de cierta derrota por no conseguir apagar la mirada. Había silencio. Eso había, mucho silencio.

Había un saco y un colchón de cemento en el que los huesos se quejaban

Había una amanecer tan lento que parecía que empezaba de nuevo la noche y no el día. Había un sol inmenso flotando sobre las aguas. Había un maravilloso templo, de nombre mítico, en el que despedirnos de aquel Egipto que conoció a destiempo mi mirada. Había un calor inmenso y un montón de gente que se acercaba a nosotros al abrigo de una sombra hasta casi colgarnos de la borda. Había aguas verdes, sin oxígeno, como si navegáramos por un césped reciente.

A las 12 del mediodía había tanto calor que nos lloraba la piel, ya abrasada. Había por fin un pequeño puerto algo más ordenado que aquel de hace 24 horas. Había una aduana llena de gente y un hombre que nos ayudaba a saltar puertas. Había un desierto tan seco y tan caliente que la vida se transpiraba. Había un hotel, por ponerle un nombre que ustedes entiendan para imaginar lo que había, donde las habitaciones no se limpiaban para no ensuciarlas.

Había un colchón sucio, una tela sucia, unos agujeros sucios que eran el baño y un ventilador y un aparato que simulaba un aire acondicionado.  Había un lugar donde dormir que parecía ya mucho para un sitio donde no parecía que pudieran dormir los muertos. Había un balcón desde el que observaba calles de polvo y lagartos. Había en nuestro hotel una cantina honesta, con gente honesta donde comimos honestamente.

Había un balcón desde el que observaba calles de polvo y lagartos

Había otra vez el Nilo masacrado. Había un olor a cloaca y desagüe de miserias. Había restos de animales podridos y unos enormes cuervos volando sobre nuestras cabezas con sus gargantas áridas gritando a las nubes. Había otra vez una lenta noche y un aire tan espeso que te taponaba las orejas. Había en mi cuarto decenas de pequeños invitados, oscuridad y silencio y el inesperado frío de aquella extraña máquina. Había mi mejor noche del viaje, en el que me olvidé de todo durante casi 10 horas, por aquellas cosas de no esperar nada.

Había un amanecer otra vez entre muertos. Otra caminata en la que seguir el rumbo del vacío y sus cosas. Un río que no se mueve por miedo a vomitar de desespero. Había por fin un coche de nuevo con nosotros. Unas maletas, unas despedidas de buenos amigos perecederos. Había en frente un hermoso desierto que en el que comenzamos a perdernos. Y había un cartel que nos recordaba que habíamos sobrevivido a Wadi Halfa, principio de Sudán. Antes, salimos de Asuán, de las aguas del Nilo egipcio. Disfrutamos de aquellos días sin vida entre tan poco nosotros y tanto ellos.

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Comentarios (1)

  • José Luis (Arte Pun)

    |

    Un genial relato con ese había que suena a pasado, presente y futuro. Un había de hace cuatro mil años que es el mismo había de ayer, el de hoy, el mismo de mañana.
    Usando tus palabras, días sin vida para nosotros. Vida sin días para ellos.

    Gracias por el relato Javier. ¡Ánimo!

    Abrazos

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