Hanami: ruta por el parto de los cerezos en Japón

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)

Habiendo caído

las flores del cerezo,

el templo pertenece a las ramas.

Haiku. Yosa Buson (1716-1784)

Pasó antes de lo previsto por las urgencias del calor. Este año se adelantó el “parto” y allí estábamos nosotros intentando entender flores y ramas convertidas en cultura. Casi lo más interesante era observar como lo observaban ellos. El culto a esa armonía; el delicado movimiento de miles de personas capaces de caminar mirando al cielo sin tropezarse; el silencio imposible de escuchar cuando hay tantos, muchos, deambulando en tu entorno; el cuidado con el que tocaban las flores; los cientos de personas que encontramos en diversas ciudades arreglados con sus vestidos tradicionales para su cita con un árbol. Así, tan simple, un árbol.

Había en la escena siempre una conversación pendiente de quienes se encuentran cada cierto tiempo y se relatan sus quehaceres en la ausencia.  La ciudad, las ciudades, parecían respetar con celo la incumplida norma en tantos lugares de no importunar la belleza natural con el aparecer del hombre. Y nosotros, el resto, nos limitábamos a disfrutar de aquel espectáculo llamado Hanami que consiste en ver parir a millones de árboles, cerezos, flores blancas y rosadas por calles, parques, quebradas, laderas, ríos y hasta azoteas. Todo se hizo blanco y rojo. Todo, hasta nuestros ojos.

Tomo de un blog, Japonismo, una recopilación extensa y detallada de información sobre Japón que usamos constantemente en el viaje y que desde VaP recomendamos a cualquiera que viaje al Imperio del Sol Naciente, la historia del Hanami.

En aquellos tiempos, cuando la gente pensaba que existían dioses dentro de los árboles, el cerezo se utilizaba como método para adivinar las cosechas, por lo que se realizaban ofrendas a estos supuestos dioses

“En cuanto a la tradición de contemplar los cerezos en flor, tenemos que remontarnos al periodo Nara (710-784) cuando los japoneses tomaron de la cultura china el placer de contemplar las flores. En aquella época la flor del ciruelo era la más admirada, cosa que cambió en el periodo Heian (794-1192), cuando el cerezo cobró más protagonismo, hasta el punto de que en la literatura de la época era frecuente la sinécdoque de utilizar la palabra “flor” para referirse a “cerezo”. En aquellos tiempos, cuando la gente pensaba que existían dioses dentro de los árboles, el cerezo se utilizaba como método para adivinar las cosechas, por lo que se realizaban ofrendas a estos supuestos dioses. Fue el emperador Saga (786-842) quien tomando esta tradición decidió organizar fiestas bajo los cerezos del Palacio Imperial que, eso sí, estaban reservadas únicamente para los miembros de la Corte. Con el tiempo la costumbre se extendió a los samuráis y finalmente, en el período Edo (1600-1868) se convirtió en una celebración popular extendiéndose al resto de la población”.

Sobre la filosofía y el significado que le dan los japoneses a este ritual es en este caso Wikipedia la que hace un bello resumen:

“En Japón, la flor del cerezo (y en menor medida la del ciruelo) tienen un significado importante. Esto guarda relación con parte del código samurai. Es más, el emblema de los guerreros samurai era la flor del cerezo. La aspiración de un samurai era morir en su momento de máximo esplendor, en la batalla, y no envejecer y “marchitarse”, como tampoco se marchita la flor del cerezo, la cual cae del árbol antes de marchitarse empujada por el viento. Además, hay una leyenda que cuenta que en un principio las sakuras sólo eran blancas, pero el seppuku (suicidio ritual para evitar la deshonra) que un samurái o un miembro de su familia cometía solía realizarse delante de un cerezo. Por ello, según la historia, las flores del cerezo comenzaron a tornarse rosadas, debido a la sangre que absorbía el árbol”.

Según la historia, las flores del cerezo comenzaron a tornarse rosadas, debido a la sangre que absorbía el árbol

En Tokio vimos los primeros cerezos junto al templo budista Senso-Ji, pero fue en el parque Ueno, a dos kilómetros de allí, donde vimos la mayor cantidad de cerezos y el ritual de miles de personas sentándose a comer con familia, amigos y compañeros de trabajo bajo las miles de ramas blancas. Cerca, el hanami se ve también en el cementerio Yanaka donde los cerezos se mezclaban con tumbas. Otros bellísimos lugares para ver el Cherry Blossom (florecer de los cerezos), diría que donde más nos gustó en la capital, son el parque Shinjuku Gyoen y Nakameguro. El primero es un bello parque, de estilo japonés e inglés, donde los cerezos blancos y rosas y los ciruelos florecen entre pastos muy cuidados; mientras que el segundo es un canal del río en una zona de bellas tiendas y restaurantes pequeños en el que las ramas hacen una bóveda espesa sobre las aguas.

Fuera de Tokio, los cerezos florecen de forma desordenada según llega el calor. En el norte del país tarda más por las más bajas temperaturas, pero en los trenes que tomamos hacia Takayama y luego bajando a Kioto, vimos hileras de cerezos especialmente en los márgenes de los ríos.

En Kioto, el Hanami se contempla en el Shosei-en Garden, en el Parque que rodea el Palacio Imperial, por la noche en el Parque Maruyama, donde se ilumina un gran cerezo rodeado de decenas de pequeños puestos de comida, y especialmente en Kiyomizu-dera, un  precioso templo enclavado en una colina donde florecen los cerezos entre un frondoso bosque. Nosotros no tomamos en todo caso el tranvía Randen, un viejo vagón que deambula en un tramo de 200 metros entre frondosos cerezos y que es una de las estampas típicas del Sakura (cerezo) en Japón.

Por último, fue especialmente singular ver el hanami en Hiroshima. Justo entre el memorial y el edificio de la bolsa, convertido en símbolo de la bomba atómica lanzada por EE.UU al ser el único del centro de la urbe que se mantuvo en pie, hay cientos de cerezos junto al río donde miles de personas se sentaban a comer. Justo allí, donde el ser humano demostró lo miserable que puede llegar a ser aniquilando de un golpe a 140.000 personas, el cerezo nos recuerda que hagamos lo que hagamos, aunque nos empeñemos en lo contrario, la vida siempre vence.

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