El viajero sedentario

Da: Ricardo Coarasa (testo e foto)

El viajero sedentario no recuerda cuándo ni cómo dejó de viajar. Un mal día, sucedió. Del calendario se cayeron mapas, aviones y rutas con la misma facilidad con la que, improvvisamente, llega el invierno.

Los kilómetros recorridos, las vidas vividas a través de otras vidas, prolongaron durante meses, anche anni, la ficción. Al viajero sedentario le costaba reconocerse como tal, como un Dorian Gray huyendo permanentemente del espejo. Para no sucumbir a ese diagnóstico, paladeaba las palabras que tienen tierra en las suelas, disfrutaba de esas letras de pelo alborotado por el viento del camino, de los nombres que se perdían en lugares remotos

Viajaba sin viajar. En las páginas de un libro, escribiendo esas historias que se iban difuminando en la bitácora de la memoria, escuchando los viajes de otros como el murmullo de esas olas que nunca nos mojan los pies, sin resignarse del todo a prescindir del vértigo de una maleta vacía.

Al viajero sedentario le costaba reconocerse como tal, como un Dorian Gray huyendo permanentemente del espejo

Anche, esporádicamente, renacía en él ese ímpetu que terminaba deslizando su dedo índice por un mapa, una especie de fiebre pasajera que le devolvía a los pasillos de las librerías donde maldecía cada vez que reordenaban las estanterías, obligándole a reinventar sus rutinas bibliográficas. E, tuttavia, volvía a casa con unos cuantos libros bajo el brazo, con la indisimulada sonrisa de quien está a punto de empezar algo grande.

A la espera de ese gran viaje que nunca llegaba, se asomaba a cualquier desplazamiento, por insignificante que fuese, con la ilusión de quien está a punto de doblar el Cape Horn. No siempre conseguía mantener el rumbo y, spesso, era la nostalgia quien gobernaba el timón.

Justo a tiempo, cuando la melancolía le oscurecía la mirada de pesadumbres, solía sacudirse el fatalismo y recuperaba ese amanecer pendiente, aquella taberna donde se dejó alguna cerveza por beber, el amigo al que prometió visitar o esa carretera en la que tuvo que darse la vuelta y a la que se empeñó en volver.

Esporádicamente, renacía en él ese ímpetu que terminaba deslizando su dedo índice por un mapa

El viajero sedentario tiene una caja de cartón repleta de viajes pendientes, de itinerarios pergeñados minuciosamente, de mapas desordenados que no se atreve ya a desplegar, no vaya a ser que esparzan su hechizo. Occasionalmente, la abre con cuidado para asegurarse de que ningún sueño se ha escapado de ahí, que ya se sabe que una cosa es ser incapaz de cumplirlos y otra muy distinta renunciar a ellos.

Reinventándose en la placidez del sedentarismo doméstico, el nómada en desuso distrae objetivos para no verse obligado a cumplir ninguno. Lo mismo fantasea con acercarse a ver la aurora boreal a Islandia que se conjura para perderse en la Amazonía profunda. Una guerra a destiempo, un furioso temporal o la enésima epidemia casi siempre suelen, afortunadamente para su amor propio, cruzarse en su camino a última hora.

O no.

Sin un puñado de excusas que interponer entre él y sus anhelos, al viajero sedentario se le hacía mucho más complicado asumir que lo era. No se trataba tanto de renunciar a viajar como de aprender a renunciar a viajar. Y en esa lección que nunca quería aprobar se prodigaba como un alumno rebelde, por momentos airado, que se obstinaba en seguir creyendo en que, si sales de casa y echas a andar, puedes terminar dando la vuelta al mundo.

No se trataba tanto de renunciar a viajar como de aprender a renunciar a viajar

En el fondo de sí, soplaba aún ese viento que sacude al forastero; relucía el sol que acompaña al viajero solitario; se mezclaban las conversaciones de las gentes del camino; oscurecía sobre esa ciudad desconocida en la que intentar conocerse

In qualche modo, y pese al cada vez más prolijo catálogo de renuncias, todavía cobijaba unos gramos de curiosidad y el irrenunciable deseo de partir. Aún disfrutaba imaginándose lejos, buscándose en horizontes desconocidos que cada vez le costaba más imaginar. Se negaba a enterrar, in sum, su alma viajera.

Ese era el motor que le mantenía en guardia en las noches sin estrellas, cuando escuchaba la mansedumbre de su respiración, entre resignado y paciente, sin dejarse de preguntar ni un solo día si volvería a escuchar sus pasos alejándose de él y de su sombra sedentaria.

En el fondo de sí, soplaba aún ese viento que sacude al forastero y relucía el sol que acompaña al viajero solitario

No esperó ni un minuto más. Esta vez no pasó sin mirar ante la librería repleta de viajes y mapamundis, un veneno sin antídoto para el viajero sedentario. Se detuvo frente a uno de sus autores favoritos, un gran sedentario. Y leyó a Kafka: “No pierdo la esperanza de sentarme algún día en los sillones de países muy remotos, de contemplar por las ventanas del despacho campos de caña de azúcar o cementerios mahometanos”.

Tal descubrimiento le dejó pensativo unos segundos. Inmediatamente después, un escalofrío de entusiasmo le recorrió el espinazo.

¡Así que hasta el más recalcitrante sedentario mantenía vivo el deseo de partir!

Reaccionó enseguida. Como si de repente hubiese asumido su irremediable condición de viajero sedentario y se rebelase con todas sus fuerzas contra ese diagnóstico, abrió la caja de cartón rebosante de mapas y notas de viajes y respiró ese aroma de horizontes lejanos con la avidez del peregrino que se zambulle en las aguas de un oasis.

Abrió la caja de cartón rebosante de mapas y notas de viajes y respiró ese aroma de horizontes lejanos

Inmóvil, como hipnotizado por la sucesión de paisajes y rincones que creía olvidados, simplemente dejó pasar el tiempo, mientras a medida que respiraba ciudades, montañas y ríos interminables se iba despojando, era perfectamente consciente, de ese fatalismo que había terminado por encerrar su curiosidad entre cuatro paredes. La cadena perpetua del viajero.

O no.

Sin tiempo que perder, planeó el enésimo viaje. Pero ésta vez sabía que su sueño no acabaría cubierto de polvo, como tantas veces. Compró los billetes de avión por internet para no dar ninguna oportunidad al desaliento. Ya podía escuchar el rugido de los motores, esos segundos únicos en los que, infine, tienes la certeza de que todo está por delante.

Ondeó al viento la bandera de su inconformismo con la algarabía de una gran victoria. El viajero sedentario que no sabía que lo era acababa de escupir al destino, riéndose en las fauces de la fiera. A su alrededor se dibujaban amaneceres africanos, zambullidas en el Mediterraneo, la luz cegadora del Tibet, la barahúnda de voces extrañas, los horizontes donde acaba el mundo

El viajero sedentario que no sabía que lo era acababa de escupir al destino, riéndose en las fauces de la fiera

Y no pudo reprimir una estruendosa carcajada, como si de repente se hubiese atascado la guillotina que se cernía sobre su cuello y el verdugo, resignado, se hubiese cruzado de brazos.

Ya no había lugar para la claudicación. Ni para la memoria. El viajero sedentario seguía sin recordar cuándo ni cómo dejó de viajar. Un mal día, sucedió.

O no.

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Commenti (4)

  • Mayte T

    |

    Impresionante el texto desde el primer párrafo hasta la último. Eres un autentico mago de las palabras Ricardo!! Este texto casi me hace llorar!!!!!

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  • Ricardo Coarasa

    |

    La magia de las palabras reside tanto en quien las escribe como en quien las lee. La ringrazio molto Mayte. B

    Risposta

  • grida

    |

    Che una buona, Mi è piaciuto!!! … por momentos totalmente identificada, a mi pesar (y el suyo!!).

    Risposta

  • Hermano Pródigo

    |

    Hermosas palabras escritas desde muy lejos….
    Gran comienzo para una novela, me gustaría seguir sintiendo como continúa la aventura para poder contemplar cementerios mahometanos desde mi ventana

    Risposta

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