Madagascar, de costa a costa

Da: María Traspaderne (testo e foto)

Llega la primavera y muchos estaréis ya pensando en vuestro viaje de verano. Dejo caer una propuesta de uno para no olvidar: Madagascar. Suena a remoto, a película de dibujos y a animales imposibles. Es eso, y también un país-isla poco turístico que rezuma savia africana edulcorada con toques asiáticos.

Descender un río entre cañones de selva y dormir en sus playas protegidas de los cocodrilos; adentrarse en la selva y escuchar los sonidos de sus animales más característicos, los lemures; bucear entre peces tropicales con el sonido de fondo de las ballenas jorobadas; pasear al atardecer por una avenida plagada de baobabs gigantes; descubrir unas impresionantes formaciones rocosas con forma de miles de agujas; degustar su marisco aderezado con tintes de influencia francesa o, semplicemente, pasear por una playa esperando la llegada de los pescadores. Todo eso es Madagascar.

Fue escuchar su nombre y caí rendida. Prometía desconexión, aventura y exotismo. No defraudó

Mi viaje a esta isla surgió como por casualidad. Alguien habló de ella en una cena. Fue escuchar su nombre y caí rendida. Prometía desconexión, aventura y exotismo. No defraudó.

Viajar por Madagascar es seguro, aunque no excesivamente fácil. Es una isla gigante (la cuarta más grande del mundo) y pobre, por lo que sus carreteras están mal pavimentadas. Conviene coger algún vuelo interno o, se non, ir con tiempo y viajar en transporte público (los “taxi brousse”, coches familiares que salen a su destino, abarrotados, cuando se llenan) o contratar coche con conductor. Dentro de las ciudades, mejor los “pousse pousse”, una especie de bicicletas tiradas por la fuerza del hombre, o los taxis modelo Renault 4, el ya casi desaparecido “cuatro latas”. Las distancias entre ciudades son grandes y el camino, lento, ma vale la pena.

La vida transcurre al ritmo del “mora mora” (a poco a poco) y con el sol; no hay nada que hacer después de su puesta

Es uno de esos países en que la vida transcurre al ritmo del “mora mora” (a poco a poco) y con el sol; no hay nada que hacer después de su puesta. Por inercia, uno se acaba levantando al alba sin que cueste madrugar. El cuerpo se sincroniza con los ritmos de la naturaleza.

La capital, Antananarivo, es un buen centro neurálgico para contratar paquetes de viajes o coger vuelos y desde allí se puede optar por diferentes recorridos. Uno de esos paquetes es el impresionante descenso del río Tsiribina, en la costa oeste del país. Cinco días se tarda en bajar en canoa por sus aguas color chocolate, que transcurren tranquilas entre acantilados y zonas selváticas. Las embarcaciones son al más puro estilo malgache: un tronco de árbol vaciado que permite al viajero poco movimiento. Delante y detrás, los remeros, que a la sazón hacen de cocineros y montan el campamento en la arena cada noche. Son jóvenes porque esa profesión, dire, es de las más duras que existen. Armados con un palo largo al estilo gondolero, una vez completan el camino de bajada con los turistas tienen que remontar solos el río durante otra semana.

Los remeros son jóvenes porque esa profesión, dire, es de las más duras que existen

En las canoas, dos gallinas vivas acompañan al viajero día tras día. Serán el festín de la última noche de acampada en la ribera del río. La mascota se convierte en comida, pero uno asume que es ley de vida. Por el camino se pueden contemplar cocodrilos y algunas especies de unos de los símbolos de Madagascar, los famosos lemures o “guardianes de la noche”, una curiosa mezcla entre mono y gato. Escrutan atentos desde las copas con esos ojos saltones y esa cara inocente. Son un animal único en la isla, que tiene un 80 por ciento de especies endémicas generadas tras la separación del continente africano. El descenso del río Tsiribina acaba, previo viaje en cuatro por cuatro, en un parque natural, il Tsingy, una curiosa formación geológica de rocas en forma de miles de agujas alzándose hacia el cielo.

El viaje por la costa oeste se puede completar con una visita a la ciudad costera de Morondava, donde se espera cada anochecer en la playa a los pescadores que vuelven de la faena. Barcos rústicos de madera de una sola vela que luchan contra las olas del Índico y traen a la orilla los pescados más suculentos. La gastronomía es sorprendentemente buena en este país de tradición colonial y culinaria francesa, con una de las mejores vainillas del mundo y unos gambones famosos por su tamaño y sabor.

En los alrededores de Morondava es obligado ver el atardecer en la famosa Avenida de los Baobabs

En los alrededores de Morondava es obligado ver el atardecer en la famosa Avenida de los Baobabs, árboles característicos de África que se desarrollaron en Madagascar hasta conformar seis especies endémicas. Tienen tintes mágicos y dan lugar, en cada país, a diferentes leyendas. Dicen que los arrancaron del suelo y los plantaron boca abajo hasta que sus raíces pasaron a conformar sus ramas. Algunos de los árboles malgaches retuercen sus troncos juntos: son los baobabs enamorados.

De la costa oeste vamos a la este para visitar, circa Antananarivo, uno de los parques naturales que han conseguido preservar la selva que antiguamente poblaba toda la isla y ha ido desapareciendo por los incendios provocados para ganar tierra de cultivo. Es el parque nacional de Andasibe, con hoteles con encanto en pleno bosque húmedo que permiten escuchar, desde la cama, el aullido de los lemures Indri. Una decena de estos fascinantes monos, incluido el enano nocturno, así como cientos de aves y camaleones, se pueden observar en el parque, que tiene excursiones de día y de noche.

La isla de Sainte Marie es un paraíso que tiene, en el verano europeo, unos curiosos visitantes: las ballenas jorobadas

Madagascar también ofrece playas tropicales para relajarse y bucear. Solo hay que subir por la costa este hasta la isla de Sainte Marie, un paraíso que tiene, en los meses del verano europeo, unos curiosos visitantes: las ballenas jorobadas. Acuden al canal entre la isla principal y esta pequeña isla para dar a luz. Su canto, que se escucha claro bajo el agua, es el broche perfecto para decir adiós (o hasta siempre) a esta isla única, sorprendente e inolvidable.

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