Mesola: el regalo de los Santos Inocentes

Da: Ricardo Coarasa (testo e foto)

La montaña no cambia con nuestra ascensión. Somos nosotros los que cambiamos”, ha scritto Messner con razón en uno de sus libros. Pero más allá de la huella que deja en nosotros una montaña, lo cierto es que ninguna ascensión es igual a otra. De ser así, ¿qué sentido tendría repetir cimas? Hay cumbres, como la de la querida Peña Oroel o la de Peñalara, a las que siempre vuelvo y a las que no me canso de volver. En eso iba yo pensando mientras nos dirigíamos al aparcamiento de Rigüelo, en el oscense valle de Aísa, desde donde planeábamos alcanzar el collado del Bozo y después, a través de la sierra de la Estiva, la punta de Mesola (2.177 metri). Era la tercera vez en los últimos seis meses que me dirigía hacia ese mismo collado, pero las circunstancias, in ogni caso, eran bien distintas y convertían cada caminata en diferente.

A primeros de julio había subido desde el valle que se abre al otro lado de la sierra de la Estiva, el de Aragüés del Puerto, donde el refugio de Lizara es habitual punto de partida para la ascensión al Bisaurín (che, molti anni dopo, volvería a ascender dentro de unos días). Mes y medio más tarde, a finales de agosto, en esa ocasión por el valle de Aísa, como ahora, había ascendido de nuevo hasta el collado del Bozo acompañado de mi mujer y mis hijos, de cinco y nueve años. Pero hoy es 28 Dicembre, día de los Santos Inocentes, y hace una semana que ha llegado el invierno, por lo que la experiencia no tiene nada que ver con las dos anteriores.

Ninguna ascensión es igual a otra. De ser así, ¿qué sentido tendría repetir cimas?

Se atisba nieve, aunque no demasiada, en lo alto de la sierra de la Estiva, y eso hace que en el último momento decida dejar el piolet en el maletero y cargar únicamente con los bastones (el verbo no está elegido al azar: no me gusta andar con bastones y nunca los llevo encima en mis caminatas estivales porque las rodillas, per fortuna, aún aguantan). En el fondo de la mochila viajan conmigo, sì, dos pares de crampones, unos clásicos de doce puntas y otros más ligeros de sólo cuatro que se fijan bajo el empeine.

Son las diez de la mañana cuando echamos a andar. No hemos madrugado mucho para no tentar a la suerte con las heladas en la carretera. Tras la barrera que cierra el paso a los vehículos, la pista se empina considerablemente en un tramo de asfalto estriado (para aguantar las nevadas invernales, Credo che), apenas diez minutos que te obligan a entrar en calor por lo civil o lo criminal hasta llegar a la altura del refugio de Saleras, que queda a nuestra izquierda (una chimenea de piedra le delata).

Se atisba nieve, aunque no demasiada, en lo alto de la sierra de la Estiva, y en el último momento decido dejar el piolet en el coche

El camino sigue de frente hacia el final del valle, pero nosotros nos desviamos por la derecha y abandonamos la GR por un sendero local marcado con piedras y marcas verdes y blancas, que primero cruza el río que discurre por el barranco de Igüer y después remonta la divisoria entre las cuencas de éste y del de Estarrón, a nuestra derecha. Siguiendo en estos primeros pasos el itinerario que lleva al Aspe, dejamos atrás un letrero que marca la dirección al collado del Bozo (izquierda) y al de la Magdalena (Giusto.) y pronto nos despojamos, acalorados, de la ropa de abrigo.

Por ahora ya hemos subido bastante y es el momento de tomar a nuestra izquierda la GR-11 que, en clara media ladera, viene de Canfranc y, atravesando perpendicularmente el camino por el que ascendemos, se dirige al collado del Bozo. Ahora tenemos a la izquierda las cumbres redondeadas de la sierra de la Estiva, al otro lado del valle de Aísa, unos cuantos metros por debajo de nosotros.

El camino sigue de frente hacia el final del valle, pero nosotros nos desviamos por la derecha siguiendo un sendero local

Este esfuerzo inicial nos permite salvar sin mayores contratiempo el paredón de rocas, ya a una cota inferior, que se interpone ante el montañero -por el que en época de deshielo baja la cascada de Rigüelo- poco antes de alcanzar la rinconada del valle, un escenario idílico rodeado de montañas. Il collado del Bozo está apenas a 200 metros de desnivel por encima de nosotros, pero como la nieve cubre la ladera por donde discurre el sendero nos desviamos hacia la derecha y subimos por el barranco a la brava en cortos zig zags. Hace sol y no corre apenas brisa, así que la subida es cómoda pese al pronunciado desnivel.

A 11:30 alcanzamos el collado, hora y media desde el coche (hace cuatro meses me costó el doble con mis hijos). Aquí concluimos entonces la caminata, pero ahora queremos seguir hasta la cima del Mesola. Ahí abajo se adivinan los tejados del refugio de Lizara. Prima di noi, el collado del Foratón y el macizo del Bisaurín. Attraverso, los Lecherines y todo el recorrido que hemos seguido por el valle de Aísa.

En el collado nos calzamos los crampones para recorrer la sierra de la Estiva, completamente blanca en su parte superior

Estamos a 2.000 metros de altitud y ya hay bastante nieve. Tras bordear el pico del Cuello del Bozo (2.083 metri) por su cara este, más despejada, nos calzamos los crampones para recorrer la cresta de la sierra de la Estiva, completamente blanca en su parte superior. Progresamos bien, salvo por los tramos de nieve reblandecida por el sol, que a veces cede, haciendo más pesada la marcha.

A partir de aquí se trata de crestear cómodamente enlazando una cima tras otra, y perdiendo altura irremediablemente entre ellas. Los desniveles se van acumulando y, soprattutto intorno, se hace algo pesado. Primero hacemos cima en Napazal y poco después, disfrutando a ambos lados de las estupendas vistas de los dos valles y de los picos de la Garganta de Aísa, con el Aspe a la cabeza, ya tenemos a la vista el Petrito, donde adivinamos la silueta de un grupo de montañeros que también se dirige a la punta de Mesola.

Progresamos bien, salvo por los tramos de nieve reblandecida por el sol, que a veces cede, haciendo más pesada la marcha

Para ahorrarnos esos últimos metros de desnivel que luego hay que descender hasta el collado del Mesola, continuamos a media ladera sin hacer cima en el Petrito, una zona algo expuesta que evitamos a la vuelta. De ahí a la cumbre sólo nos queda el desnivel final, con mucha más nieve acumulada pero que se sube sin contratiempos (quizá en este tramo sí es mejor llevar piolet para mayor seguridad) apoyándonos en los bastones. A 12:50 estamos en la cumbre, donde coincidimos unos minutos con los tres montañeros que nos precedían, y que prefieren descender para comer algo en la cima del Petrito.

Las vistas son espectaculares, con el Bisaurín a un lado y el Aspe al otro, gracias a la posición privilegiada del Mesola, a caballo entre dos valles tan espectaculares y poco transitados. En lontananza se dibuja incluso la silueta de la Peña Oroel. Se ve hasta la Mesa de los Tres Reyes. La temperatura es más agradable que cuando estuve aquí en julio. Hace menos frío y mucho menos viento que entonces, y ni siquiera tenemos que abrigarnos mientras sacamos fotos y comemos algo. Estos minutos compensan cualquier esfuerzo. Dentro de sólo unos días, todo se llenará de nieve, pero hoy las condiciones de la ascensión han sido privilegiadas. Es el regalo de los Santos Inocentes.

Dentro de sólo unos días, todo se llenará de nieve, pero hoy las condiciones de la ascensión han sido privilegiadas

Quince minutos después comenzamos a descender. Esta vez sí subimos al Petrito para evitar su ladera de nieve reblandecida. El recorrido a la inversa por la sierra de la Estiva hasta el collado del Bozo es agotador, porque la nieve está ahora mucho más reblandecida por el sol y de vez en cuando una pierna se hunde hasta la rodilla (benditas polainas), empujándonos incluso a la hierba en algunos tramos. A 13:50, infine, alcanzamos el collado y nos despedimos de los crampones.

Bajamos por el barranco libre de nieve y salvamos el farallón de roca por la derecha, por un sendero marcado que obliga a estar ojo avizor para no perder los hitos de piedra que señalan el camino. Así nos evitamos la larga media ladera de la ida.

A la vuelta la nieve está mucho más reblandecida por el sol y, occasionalmente, una pierna se hunde hasta la rodilla

Sin ver a nadie más en nuestro recorrido, pronto llegamos a la cabecera del valle y, ya en la pista asfaltada que lleva al aparcamiento, piso un charco de hielo camuflado en una umbría y me caigo al suelo recto como una tabla, parando el golpe con la muñeca, que afortunadamente resiste. A cinco minutos del coche hubiera sido una manera bastante estúpida de lesionarse. A las tres estamos en el aparcamiento (effettivamente, los coches se orillan en el arcén sin más). La siempre benemérita jarra de cerveza nos la tomamos en un asador de Aisa junto a la carretera. ¿Qué sería de los esfuerzos montañeros sin la recompensa de esa cerveza final?

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