Nantucket: regreso a la isla de Moby Dick

Da: Diego Cobo (testo e foto)

Todas las crónicas de viaje que he leído de Nantucket comienzan con una recurrente fórmula: escribir entrecomilladas las palabas de Herman Melville in Moby Dick. Porque de allí salió rumbo al mundo el Pequod, el barco ballenero más famoso del mundo. Incluso yo mismo, estando en Nantucket, mordí el anzuelo y escribí en algún lugar que “había algo hermoso y turbulento en todo lo relacionado con esa isla antigua y hermosa, algo que me atraía de manera extraordinaria”. Fine, había caído en la trampa. Pero me salvó un consuelo: a Nantucket me había impulsado una fantasía.

La isla, encallada a 50 kilómetros de distancia del Cape Cod, resume todas las virtudes que uno imaginaba antes de venir. Così, al acercarme en una noche cerradísima en el barco que había salido un par de horas antes desde Hyannis, intuí que aquel lugar no me defraudaría. Descendí por las escalinatas y me adentré en las calles oscuras, frías y empedradas de una pequeña ciudad desierta: era noviembre y Nantucket atrae a los turistas y residentes en verano. El resto del año, entre el otoño y los primeros rayos de sol, la población de esta antigua isla de indios wampanoag se divide por cinco y los mariscadores y las carreteras vacías dibujan la rutina de Nantucket.

De allí salió rumbo al mundo el Pequod de Moby Dick, el ballenero más famoso del mundo

Había decidido ir hacía tiempo, sin saberlo, cuando leí Moby Dick. Me dije: yo quiero vivir en Nantucket. Me imaginé casitas de madera con velas consumiéndose mientras el viento rodaba por calles estrechas y los pescadores, esausto, se calentaban alrededor del fuego. Quise comprobarlo la primera mañana que pasé, cuando me acerqué al puerto al que llegaban los barcos cargados de vieiras. De la mano de un pescador, Michael, eché la bicicleta que había conseguido para moverme por la isla en la parte de atrás de su camioneta para llegar a la lonja en la que el propietario me contó qué aquellos moluscos se cotizaban caros en los mejores restaurantes de Boston y Nueva York.

Pero ni rastro de ballenas. Ni de aceite de ballena consumiéndose. Nantucket está catalogada como National Historic Landmark District, algo que beneficia a la estética y perjudica a los habitantes –unos 10.0000– que viven todo el año en la isla. Los precios de las viviendas son estratosféricos: las clases adineradas han construido sus impecables casas –de madera de pino que el tiempo oscurece– en inmensos arenales. Las fiestas privadas, las exposiciones de pintura y demás expresiones de una aristocracia que alimenta la economía local, contribuyen a crear c incomodidad.

Había decidido ir hacía tiempo, sin saberlo, cuando leí Moby Dick. Me dije: yo quiero vivir en Nantucket

Como la de Erick. Él me alojó en su casa –de madera de pino, dos plantas repletas de cañas de pescar, tablas de surf y cierto desorden acogedor– y se ganaba la vida como carpintero trabajando en esa categoría de casas arañadas por la brisa del mar. No es raro que en Nantucket, que significa “tierra lejos de la costa”, entre al taller cada otoño: la isla se vacía y los operarios maquillan de nuevo la colección de casas que parecen sacadas de una maqueta perfecta.

Ni rastro de ballenas. Ni de aceite de ballena consumiéndose

En Nantucket hay 800 casas anteriores a la Guerra Civil. Algunas de madera, otras más robustas, la arquitectura puede sonarle ajena a quien no haya descorchado aún Moby Dick. Pero a mí, la travesía a esta isla -que alguien, en una conversación, me dijo que era “remota”-, me llevaba por vericuetos más literarios. Había ido a Oklahoma tras la estela de John Steinbeck, un Alaska tras la huella de Jack London. Ahora estaba en Nantucket tras el rastro de Ismael, el protagonista al que Herman Melville montó en el Pequod y envió –a modo de alter ego– a recorrer los Mares del Sur tras un cachalote bestial.

El estado de Massachusetts es el germen de la construcción de los Estados Unidos modernos; Nantucket, un punto insignificante en el océano, la combinación perfecta de un pasado indígena y un futuro y presente demasiado entretenido con el dinero como para seguir viviendo anclado en la nostalgia.

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