Perú en autobús: elogio de la desesperación

Da: Diego Cobo (testo e foto)

El primer trayecto debía de durar 20 ore, pero se alargó a 36: primero “se cayó el cerro” –así dicen en Perú cuando hay un corrimiento de tierras–, después se cayó otro y entonces entró la noche, el calor tropical y la desesperación.

Mi primer traslado en autobús me debía llevar de Lima un Chachapoyas, 1.200 kilómetros más allá: una mattina, una tarde y una noche a bordo de un cómodo vehículo, con asientos reclinables y anchos, y un mozo que nos servía la comida y parecía elegante pero que a la altura de Chimbote tiró la basura del almuerzo –con sus restos, sus platos y vasos de plástico–, en marcha, a la cuneta. Pasados los kilómetros y los días ya aquel acto me pareció de lo más cotidiano y hasta menor cuando en el inmenso río Marañón, en plena selva amazónica, una mujer hundía un televisor en el agua.

Yo llevaba en el zurrón algo de equipaje, poca comida y un libro de Josep Pla, el premonitorioViaje en autobús

Yo llevaba en el zurrón algo de equipaje, poca comida y un libro de Josep Pla, el premonitorioViaje en autobús”, un relato –unos relatos– que se quedan cortos en un viaje, en plena época de lluvias, por Perú. La costa peruana es una franja larga comida por el desierto; después viene la sierra, con sus carreteras tortuosas y el culebreo de los automóviles. Y luego llega la selva: acqua, los derrumbes, los retrasos: la tortura.

Llevábamos muchas horas en la carretera y aún no había amanecido, pero el cerro ya se había caído. Poco después comenzó a aclararse el cielo, el calor tropical empezaba a apretar –ya estábamos atrapados entre las localidades de Bagua e Pedro Ruiz– y el autobús seguía detenido. Al fondo, la amenaza de unas nubes oscuras y los habitantes de una pequeña aldea, que salían a vender sus botellas de agua, sus palomitas, sus maníes y demás entretenimientos de un estómago que hacía tiempo no se metía nada para sus adentros. Visto que aquello iba para largo, que la cola de camiones, autobuses y coches era eterna, y que el sol comenzaba a pegar con fuerza, extendí una manta debajo de un camión y me puse a dormir.

La cola de vehículos era eterna y el sol comenzaba a pegar con fuerza. Extendí una manta bajo un camión y me puse a dormir

Pasado el rato, el revoloteo apagó la desesperación: per alcuni minuti. Nos subimos en los vehículos, pero quince minutos después, la historia se repetía: de nuevo las colas eternas, de nuevo los operarios, allá al fondo, limpiando la carretera. De nuevo todo el mundo a la calle, especulando. Dieciocho horas después de la hora prevista, llegaba a mi destino con la espalda hecha un alambre y la paciencia carcomida para un tiempo.

Esto sucedió en la primera parte de un trayecto –casi todos por tierra o río– que se extendió durante seis semanas de kilómetros y caminos embarrados. Unos días después, el río Huallaga primero y el Marañón después, me ponían en Iquitos, donde me dijeron que comprara un billete aéreo “en una compañía seria” para regresar a Lima. “Las locales suelen tener retraso, son más inseguras y más informales”, me habían advertido. Hice caso, compré –y pagué– el viaje más seguro, pero cuando llegué al aeropuerto, e di notte, para tomar mi vuelo de regreso a la capital, me dijeron que mi vuelo estaba cancelado.

Dieciocho horas después de la hora prevista, llegaba a mi destino con la espalda hecha un alambre

El de la compañía local, que salía minutos después, despegaba sin problema.
Sobre el papel, llegar por tierra a Cuzco desde Lima son 24 ore: autobuses cómodos, mozos elegantes, internet a bordo. Sobre la carretera, las horas pueden caer inclementes y ajenas a la prisa o inquietud del viajero. Così, preferí llegar en una hora con una de esas compañías locales que en la teoría se retrasaban y en la práctica llegan a tiempo. Siguiendo esa lógica, y contradiciendo la teoría de que a un extranjero le atracan nada más salir del recinto del aeropuerto –el barrio Callao, dire, es peligroso–, llegué en una combi para subirme al avión y pagando 30 veces menos que el taxi más barato.

Y llegué a Cuzco para hacer de esta ciudad legendaria mi siguiente base de operaciones, desde donde me movería aquí y allá, en furgoneta y autobús, con y sin retrasos. A Puerto Maldonado –metido allá, 500 km, en el sofocante calor amazónico– llegué a la hora prevista después de atravesar la Carretera Interoceánica y la madrugada: del viento andino a través de la ventanilla que sopla a 5.000 metros de altura se desciende al pegajoso aliento de la selva.

A las tres de la mañana se cortó el tráfico, media montaña sepultó la carretera y a las diez ya todos revoloteando desesperados

Pero la vuelta, unos días después de merodear por la región de Madre di Dio, todo volvió a suceder, algo propio de la época de lluvias y el “cerro se derrumbó”: a 3 de la mañana se cortó el tráfico, media montaña sepultó la carretera –con sus piedras del tamaño de un coche, sus árboles arrancados de cuajo y una capa de barro en la carretera de medio metro– y a las diez de la mañana, ya todos revoloteando desesperados, una compañera de viaje le dijo a otra que se había “malogrado la llanta de la máquina”.

De la máquina que limpiaba la carretera. Más horas a la espalda, más vendedores a cuestas con su ritual de venta ambulante, más paciencia sacada de alguna reserva del viajero. Ocho o doce horas directas al tablón de los retrasos: nada grave.

La máxima de Pla, “la aventura es la flor, el perfume del azar y de la diversidad”, se encarnaba en cada trayecto

La máxima de Pla (“la aventura es la flor, el perfume del azar y de la diversidad”) se encarnaba en cada trayecto por carretera. Durante mi estancia en Perú hubo un reguero de muertes en los caminos: un autobús colisionó con otro y murieron decenas de personas; otro se cayó por un barranco con resultados semejantes. Otras muertes eran más silenciosas, de una en una, due al, pequeñas furgonetas informales aplastadas por corrimientos de tierra y que la voz popular o los periódicos amarillistas llevaban a la portada con títulos del estilo “Gran tragedia familiar”.

Otros trayectos son más rutinarios a pesar de los vaivenes de la carretera. Per esempio, el autobús que me puso en una noche en Ayacucho había reptado más de 3.000 metros de altura en unas horas, así que cuando bajé las escalinatas con dolor de cabeza no sabía si era el mareo de un camino que te sacaba del asiento, el mal de altura o las consecuencias de las picaduras de mosquitos en la selva amazónica y sus posibles contagios.

Una señora me puso el termómetro y me dio una pastilla, pero el dolor persistía, así que me entró una especie de temor fundado

Poi, una señora a la que entrevistaba –víctima del terrorismo de los años 80– me puso el termómetro y me dio una pastilla, pero el dolor persistía, así que me entró una especie de temor fundado y cogí el autobús de regreso esa misma noche. Oltre 500 kilómetros de distancia se me hicieron amenos: como una larga siesta de verano mecido en un balancín.

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Commenti (1)

  • Mayte

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    Molto divertente! Me he reído mucho con lo de la mujer que hundía un televisor en el agua

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