Kafue National Park: el fracaso del leopardo

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)

Tenía la sensación de que si no llegaba a Chitambo, el lugar donde está enterrado el corazón y las vísceras de David Livingstone, mi viaje por Zambia se quedaba cojo. A veces cuando se viaja solo es bueno tener una ruta, un destino, si puede ser algo complicado, con el que entretenerte por las noches mirando un mapa. Lo que pasa es que el dinero menguaba y las peticiones al turista se multiplicaban por diez para mi cartera. 1.200 dólares me pidió una agencia y 400 dólares más gastos un taxista de Lusaka al que le propuse llegar a la desconocida villa del norte del país. “Durmiendo en villas, en casas de tres euros la noche”, le dije. “Vale, pero que no le vean cuando negociamos el precio, que entonces nos saldrá más caro”, me dijo. Aún así, el precio era para mi excesivo.

Sin embargo, los viajes mutan sobre la marcha, se estropean y arreglan solos. Recordé que en febrero tuve una cita con gente del gobierno de Zambia en Madrid, preparando este viaje. En los meses posteriores, pese a mandarles varios email para que trabajáramos juntos no había tenido respuesta, pero pensé en probar una última vez. Lo hice, y tras una larga serie de conversaciones, que provocaron que me pasara tres días esperando respuesta en Lusaka, ciudad de la que pensé que acabaría siendo deportado por ilegal ya que no había manera de irme, me concedieron lo que pedía: un conductor me llevaría hasta el corazón de Livingstone.

provocaron que me pasara tres días esperando respuesta en Lusaka, ciudad de la que pensé que acabaría siendo deportado por ilegal ya que no había manera de irme

Antes, me ofrecieron trabajar dos noches en el Kafue National Park, uno de los grandes y desconocidos parques de África donde emprendimos la otra gran batalla (perdida): los big five. Debo tener el gran honor de ser el único tipo que se ha hecho más de diez safaris en cuatro países distintos y no ha visto a los cinco grandes. En mi caso falta el leopardo. He visto guepardos, pero no al jodido leopardo que parece que me huye. Recuerdo que en Livingstone  (Cataratas Victoria) conocí a una pareja encantadora de Madrid cuyo principio de conversación transcurrió así:
-“¿Llevas mucho por aquí?” (ellos)
-“Casi seis meses” (yo)
-“Vaya, nosotros vamos a estar sólo diez días”
-“¿Habéis hecho algún safari?”
-“Sí, en Chobe”
-“Ese parque es bonito”.
-“¿Has hecho muchos safaris?”
-“Sí, son espectaculares. Lo malo es que no hay manera de ver al leopardo. Soy el único tío que se va a ir de aquí sin verlo. Bueno (tono un poco suficiente), la verdad es que es un animal que es muy complicado pillarlo. Puedes estar aquí semanas y no ver ninguno… (recordar el tono suficiente).
-“Ah, pues nosotros hemos debido de tener mucha suerte…”
En ese momento saca el tipo la cámara y me enseña fotos de un leopardo, decenas, a menos de un metro. Creo que lo tenía haciendo estiramientos, haciendo la colada y en clases de tango. Me pudo enseñar más de 30 fotos del felino modelo.
-“Sí, habéis tenido suerte” (tono de perdedor). Nos moríamos de risa.

El hecho es que nada más llegar al parque de Kafue le dije al guía: “Sólo quiero ver leopardos”. Empezó así una búsqueda de dos días del animalito con manchas. Allí conocí a Theo, un holandés que vive en Madrid y que pasaba las vacaciones con su hijo Sasha en el Mukambi Safari Lodge, que es de su propiedad, que ayudó a fomentar el reto.

Vi otra escena que el guía dijo no haber visto en su vida, llegamos justo cuando acababa de matarlo: un león había acabado con un hipopótamo

Vi a una camada de leones devorarse a una puku (es espeluznante oír sus rugidos mientras comen). Vi otra escena que el guía dijo no haber visto en su vida, llegamos justo cuando acababa de matarlo: un león había acabado con un hipopótamo. El felino, inmenso, descansaba junto al más inmenso cuerpo de su presa. Sobre ellos volaban decenas de buitres. Genial, pero en aquel momento ya me daba igual ver a un elefante haciendo yoga, mi único objetivo era el leopardo. Llegué a irme sólo con un guía por la madrugada para conseguirlo: fracaso again.

Pero lo mejor fue el final. Prometo que es tal cual lo cuento. Volvíamos del que era el último safari, por la noche. Recorrimos toda la vereda del río, donde el felino suele acudir a beber. A 200 metros de los botes que nos devolvían al hotel y me confirmaban como un perdedor, iba yo algo distraído, escucho: “LEOPARDO”. Mi pulso se acelera, saco la cámara y comienzo a mirar siguiendo el foco del guía. “Yo no veo nada”, digo. “Sí, yo he visto sus ojos”, dicen otros pasajeros. El coche se mete entre la maleza, nos pasamos diez minutos buscando, llaman a otro coche de refuerzo y la conversación en el vehículo era algo así como “qué ojos tiene, es increíble lo que brillan”.Yo callado y sin decir que me pilló la escena pensando en si iba a pedir tinto o blanco en la cena. Tras varios minutos de búsqueda de ambos vehículos desistimos, volvimos al hotel.

Literalmente, iba riéndome por dentro pensando que le den al leopardo que, encima, me vacila en la cara. Nada más llegar me fui al hall y saqué la foto del felino que tienen colgada en la recepción (es lo más cerca que voy a estar del bicho).

Mañana, a las seis de la mañana me espera Esau, mi divertido conductor, para pegarnos más de once horas de coche y llegar a la tumba de Livingstone, al mítico Chitambo.

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Comentarios (3)

  • despeinada

    |

    Estimado hijo de la salsa bolognesa, me cuentan Mougli y Balú que los leopardos dormitan junto a los monos aulladores; que allí suben y despedazan a su presas. Apunta tu aviesa mirada hacia arriba y sigue sisfrutando del vino. Y encuentra el corazón y las vísceras. Y sigue siendo feliz, que desde aquí se te siente.

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  • Javier

    |

    ¿Cómo te va despe? supongo que bien y me alegro. Besos

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  • ana

    |

    De verdad. Javier, no paro de reirme. Tres hipopótamos no valen por un leopardo?

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