La aventura de salir de la zona de confort

Por: Laura Berdejo (texto y fotos)

Llegué a Montevideo tras un mes y medio de ausencia, a las ocho de la mañana de un jueves austral y fresco de mediados del mes de abril. Otoño.

El vuelo había sido grato, amenizado por unos gnocchi de plasticidad entrañable, un pastel de chocolate de sabores universales y los arduos intentos de una pareja de extraterrestres, bastante parecidos a los exprimidores de zumo de Philippe Starck, por comunicarse con unos humanos elegidos, entre toda la comunidad humana, por su inteligencia excepcional.

Arrival

Me gustaría ver una película protagonizada por gente corriente, por gente normal, como ustedes, como yo, como un montón de seres humanos de los 7.000 millones que somos a los que no nos pasa nada extraordinario, o todo es extraordinario, pero menos cinematográfico de lo que parece recomendable para tener una vida emocionante y sensacional … imagino que existe, pero creo que no sé buscar en la inmensidad de la producción fílmica global.

En el aeropuerto estaba Myriam, propietaria del piso que alquilo, diseñadora de teatro y hacedora de panes, casada con un suizo cirujano de Vespas, y madre de una adolescente de paz inquebrantable y de pasión, también inquebrantable, por el universo manga y el mundo nipón.

Una librería-café absolutamente fabulosa donde sirven, así, con contundencia, el mejor café de la ciudad

Con Myriam, apenas el jetlag se alejó al contacto con las realidades del sur, nos encaminamos casi por un acuerdo telepático a Escaramuza, que es una librería-café absolutamente fabulosa donde sirven, así, con contundencia, el mejor café de la ciudad. Esto es subjetivo, se sabe, así que queda en una opinión personal pero, en defensa de mi criterio afirmo que más de diez personas están de acuerdo con esta valoración. Escaramuza además tiene un pasillo minúsculo y corto, baldosas en el suelo, una colección excepcional de literatura infantil, visitantes variados que tocan libros, deambulan, curiosean el espacio y, alegría de las alegrías, ¡un patio! con árboles, mesas, wifi, gente jóven y fresca, gente menos joven y menos fresca, mosquitos, abejorros y una señora mayor encantadora y rubia que se llama “Reina” y que barre las hojas y saluda al personal diariamente como si cada encuentro con un pie fuera signo de un día formidable.

Era media mañana. Nos sentamos en una mesa cerca de un pez de bronce, yo pedí el cortado livianito acompañado de un saludo estándar, marca de años y años de brasseries en París, y la camarera, muy extrañada por la estandarización, me dijo sonriente y tímida: “¿Con leche descremada….?” recordándome, en su ejercicio del trabajo bien hecho, una de las tantas peculiaridades de mi ejército de manías y, respondiendo a mi estupefacción feliz, dijo: “¡Cuánto tiempo sin verla por acá!” y me tiró un gestillo como de compinche.

Montevideo

A veces es aburrida, cierto, pero luego tiene estos espacios con letras, patios y pescados de bronce donde se abren las jaulas a las ganas de gritar, bailar y crear que tienen todos los uruguayos dentro y de repente uno se encuentra en una madeja de rayos y centellas con confetis de colorines y las alas de Peter Pan.

Cuando nos trajeron los cortados, la medialuna, el azúcar moreno, la jarrita de agua y apenas había empezado a medir la cantidad de azúcar que, bien distribuida por la superficie espumosa del cortado, consigue llevarme a volar entre las nubes, Myriam empezó a hablarme así, sin intro ni quetales ni prólogos, del sentido identitario del arte latinoamericano y de la sensación continental de muchos artistas latinos de adolecer de una marca primordial.

El fervor de la conversación fue in crescendo y en un momento de fulgor y cafeína me sorprendí, en una lucidez puntual y casi mística, del sitio al que acababa de llegar propulsada por una energía invencible.

El viaje por las obras de arte y las vidas de otros es posible

Apenas había puesto los pies en Uruguay y ya estaba en una frecuecia comprometida y emotiva donde los impulsos y las sensaciones de apartar ramas en la selva, tocar culturas escondidas y probar brebajes misteriosos me poseían alegremente y sentía las mismas sensaciones, sin salir de un café pero habiendo entrado en otro mundo, que uno encarna cuando viaja con el cuerpo y los pasaportes, con las aduanas y las vacunas o con la maleta que no acaba de cerrar. El viaje por las obras de arte y las vidas de otros es posible, la excursión por los imaginarios y por los vientos de la humanidad.

Es fascinante, es la cueva de Ali Babá. Es cierto que el cambio de continente, la borrachera del jetlag, el avion de Air Europa y los efluvios que seguramente habia respirado en el ese boeing 787 al ritmo de los extraterrestres habian facilitado mi apertura a experimentar pero…  ¡Qué aventura tan certera!, ¡Qué sensación de vida vital!

Me acordé de Jodorowsky y de un dibujo que hizo de un circulo que representa la “zona de confort” y más allá del circulo, una frase escrita con una flecha que dice: “la magia sucede aquí”. Fuera de la zona.

Así que no hay excusa para no viajar, me dije.

Cuando no tenemos el dinero o tiempo para pulular por aeropuertos y fronteras, cuando la logistica nos limita el esparcimiento fìsico y el desparrame geografico uno siempre puede salir de su zona de confort, bajar al bar de abajo y perderse por universos y creatividades ajenas, coquetear con códigos humanos inhóspitos y transitar por las vías del imaginario descubridor con el único equipaje del riesgo, la estupefacción, algo de cafeína o vino tal vez y la complicidad picante de la sorpresa de lo excepcional.

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Comentarios (2)

  • Enrique Vaquerizo

    |

    ¡Como disfruto leyéndote Berdejo!

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  • Mayte

    |

    Qué buen texto y que montón de energía positiva y ganas de viajar que me han entrado al leerlo!!! Y eso que acabo de llegar como quien dice!

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