La falsa foto de las niñas vírgenes y el rey depravado

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)

En medio de aquella multitud giró la cabeza hacía mí. Hizo un gesto como de taparse los pechos y sus ojos transmitían una cierta sensación de entre miedo y vergüenza. Tenía la foto, tenía la instantánea que venía buscando y que corroboraba la historia que ya había escrito tres años antes en Ciudad del Cabo, sin venir hasta aquí, sobre el rey depravado y su harén de miles de vírgenes. Qué más daba el resto cuando se tiene todo lo necesario para contar la historia que todo el mundo quiere oír: la del último monarca absoluto de África y miles de jóvenes semidesnudas a las que él usa a su antojo. La foto, esa foto, hablaba ya por si sola.

El último monarca absoluto de África y miles de jóvenes semidesnudas a las que él usa a su antojo

Seis horas antes llegábamos a Lobamba, a las inmediaciones del Palacio de la Reina Madre de Suazilandia, Ntombi Tfwala, cuyo título es el de Indlovukazi, que significa la gran elefante. Asistimos a la Reed Dance o fiesta de las vírgenes de Suazilandia que se hace en honor de la reina y en la que en ocasiones Mswati III, el rey, ha elegido esposa entre todas las participantes.

Entramos con el coche por medio de un gran mercado. Hay gente por todos los lados y no sabemos bien dónde dirigirnos. Entonces, escuchamos unos cánticos y vemos sobre las cabezas de la multitud pasar unas cañas (reed). Seguimos esa pista y encontramos un primer grupo de adolescentes que toman una vereda bailando y llevando sus largos palos. Van con el pecho descubierto y algunas se quitan los pantalones que llevan bajo sus estrechas faldas antes de acceder al recinto que hay al final. Hoy es el día de la ofrenda, en el que la tradición dice que cada chica llevará su Reed y lo depositará frente al Palacio de la Reina. Si la caña se rompe antes de depositarla es que la joven no es virgen, algo obligatorio para participar en el baile.

Si la caña se rompe antes de depositarla es que la joven no es virgen, algo obligatorio

Al llegar nos para la Policía. Preguntamos dónde podemos estacionar y cuando nos está explicando que debemos bajar de nuevo toda la vereda le indico que llevamos matrícula diplomática, la persona con la que voy lo es, para ver si nos permite aparcar al menos ahí cerca. El tipo mira nuestra placa, nos pida excusas y nos dice que podemos pasar. Allí nos espera una mujer policía, mayor, que nos recibe con ciertos honores. De pronto somos invitados de lujo, parte del cuerpo diplomático, y podemos acceder al recinto del Palacio, algo que como público no está permitido. ¿Elegirá hoy el rey esposa?, le pregunto a nuestra hermética agente de broma. “No, ya no le caben más mujeres en el palacio”, contesta ella con sorna (se ha casado 14 veces y varios de sus matrimonios han acabado en sonados escándalos de la prensa rosa).

Los agentes indican a mi acompañante que debe comprarse una especie de tela para cubrir sus pantalones, está prohibido en esta fiesta que las mujeres usen esta prenda. Ahora entiendo porque las chicas se los quitaban antes de entrar en el recinto. Tras comprar la tela y ponérsela nos llevan a una especie de confortable sala VIP donde nos ofrecen algunos refrescos. En ella está el cuerpo diplomático chino, ruso y luego llegan algunos norteamericanos. De pronto se abre la puerta y entra un matrimonio mayor, suazi, que por el comportamiento de todo el mundo entendemos que son integrantes de la familia real (nadie me supo explicar bien el parentesco, pero parece que hermanos de la Reina madre). Reverencias, alguna conversación suelta y un cierto silencio ceremonial. Entonces, tras varios minutos de obligada compostura, el anciano se levanta y nos invita a disfrutar de una ceremonia privada, la de la entrega de las cañas por parte de las niñas.

Prácticamente todas van semidesnudas. No hay rubor en sus rostros ni en sus gestos

Salimos a una explanada junto a la puerta del palacio de la reina madre. El rey, Mswati, al que habíamos visto pasar poco antes en un lujoso Rolls Royce rojo, cruza la puerta de los aposentos de su madre. Todo el mundo hace las oportunas reverencias. En frente, tenemos a decenas de miles de niñas, adolescentes y jóvenes que danzan y cantan mientras depositan sus cañas frente a la Reina (antiguamente, estas cañas contribuían a arreglar el palacio). Las hay de todas las edades. Niñas de unos 8 años hasta chicas que deben estar ya cerca de los 18. Prácticamente todas van semidesnudas. No hay rubor en sus rostros ni en sus gestos.

Un grupo de hombres jóvenes completamente borrachos les dice mil cosas al pasar que no entendemos. Van vestidos de forma occidental y deben ser parte del cortejo real porque nadie les recrimina nada. Le piden matrimonio hasta a mi acompañante. También cerca hay otro grupo de hombres más mayores, vestidos a la forma tradicional suazi, que de vez en cuando se acerca a las chicas y realiza una especie de respetuoso baile de cortejo u homenaje.

Ellas se sienten incómodas si creen que les sacas fotos de sus partes íntimas

Yo, tras casi una hora de desfile, me siento cansado en el suelo y sigo sacando fotos. Entonces llega nuestra guardesa y me indica que me levante. ¿Por qué? , le pregunto. “Ellas se sienten incómodas si creen que les sacas fotos de sus partes íntimas”, me explica. No había pensado que muchas chicas no llevan nada bajo sus cortas faldas, no se veía nada en todo caso, pero mi torpeza me hace sentir incómodo. Justo en ese instante pasa una chica más mayor que mueve las caderas enseñando su cuerpo a todo el mundo. Hay algunas risas.

Una de las niñas, ya de unos trece años, sale del grupo tras haber depositado su Reed y se acerca a su madre. ¿Te diviertes?, le preguntamos. “Mucho”, responde. Entablamos con ella y con su madre una pequeña conversación. “Todas las niñas quieren venir a este festejo. Yo venía cuando era niña”, nos explica. ¿No son obligadas a participar?, preguntamos. Ellas, ambas, nos miran con cara extrañada. “No, todas venimos porque queremos”, dice la niña. “Es una fiesta tradicional de nuestro pueblo”, concluye la madre.

No, todas venimos porque queremos”, dice la niña. “Es una fiesta tradicional de nuestro pueblo

Casi 90 minutos después acaba esta primera parte de la ceremonia. Todos volvemos a comer algo a la sala diplomática y después nos dirigimos al estadio. Con nosotros va también el embajador de Sudáfrica que se ha unido al grupo y que es tratado con especial tacto (luego lo sentarán cerca del rey).

En el estadio la imagen sobrecoge. A lo lejos se contempla una multitud de miles de niñas que parece interminable. Hay una carpa en el césped donde se sentará la Reina Madre. Un tipo extiende la alfombra roja, otro la barre con vehemencia para que no haya una moto de polvo para sus reales pies y otros cuantos controlan que la seguridad esté lista. Llegan los lujosos coches y la reina se sienta en su trono. Poco después, aparece el rey. Lo hace con un cortejo de hombres vestidos todos de forma tradicional. Yo he bajado al césped y los tengo al lado. Ellos parecen protegerle, son como una guarda tradicional del monarca. Tras algunas danzas, él sube las escaleras del graderío y ocupa su lugar en el palco, junto a algunas de sus mujeres. Algunos de los hombres se sientan alrededor y otros se dirigen a otro graderío.

Ellos parecen protegerle, son como una guarda tradicional del monarca

Comienza el baile. Es un rugir de cuerpos y voces. Todas pasan frente a la reina y el rey, ante el que siempre se giran, y siguen su camino hasta completar todo el estadio. Entre las participantes están las propias hijas del rey. Ellas bailan también a pecho descubierto. Se las reconoce, me explica una suazi, “porque llevan unas plumas rojas en la cabeza”. ¿Usted también bailó?, le digo. “Claro, esta es una fiesta que ninguna chica se quiere perder”, me contesta. La misma opinión, una tras otra, que escuchó en cada participante, en cada madre que ve danzar a su hija.

Para entonces, me muevo por el césped con mi cámara fotografiando todo. La escena es impactante, la ceremonia parece anclada en otro siglo. Podría ser un carnaval gigante, una antigua forma de mantener unido al reino. “El rey elegía esposa entre distintas familias importantes y para las mujeres era una forma de conocerse todas, cruzar el país, y crear un espíritu de convivencia que se vivía una vez al año. Luego todas volvían a sus aldeas con ese intercambio cultural y esa convivencia con la reina”, me cuentan. “Yo vine siempre hasta los 18 años. Nunca en mi vida pensé en que el rey me eligiera como esposa. Eso es lo de menos. Las chicas venimos a divertirnos y conocernos no a casarnos con el rey”, me explica Vanessa, una simpática suazi.

Las chicas venimos a divertirnos y conocernos no a casarnos con el rey

Y entonces aparece ella, con su cara de miedo y sus manos tímidamente cubriendo su pecho. Aparece la foto perfecta para hacer el reportaje perfecto. Las niñas semidesnudas que bailan frente al rey depravado. Su cara lo dice todo, pero ya no tiene sentido. Sería la crónica de un prejuicio, no la de esta fiesta de Suazilandia. Qué pena, la foto y el titular eran buenos. Menos el video, esta crónica, no la quiso nadie. La otra, la del abusador de niñas, la hubiera vendido en subasta pública mediática.

El fin de fiesta es aún peor para el reportaje previo que llevaba en la cabeza. El “devorador de vírgenes” baja al césped junto a todos los hombres suazis vestidos de forma tradicional. Son ahora ellos los que bailan entre las decenas de miles de niñas. Pasan frente a todas haciendo una especie de baile homenaje. Ahora bailan ellos para ellas. Acaba el macro festejo con las carnes algo caídas de decenas de hombres contorneándose para las niñas sin ningún atisbo de obscenidad o abuso. Nos vamos a nuestra guest house de Manzini. Al entrar, la recepcionista que sabe que he estado en la Reed Dance me dice: “Me encantaba ir a esa fiesta, es una semana maravillosa”. “Sí, sí, a la mierda la foto”, pienso mientras me dirijo a la habitación.

 

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Comentarios (8)

  • Rosa

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    Es una historia muy bonita que muestra las tradiciones culturales.
    ¡Hay que ver que bien se te abren las puertas con el Cuerpo Diplomático! En su momento comprobado.

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  • Viajes de Primera

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    Hay que ir para ver y contar lo que de verdad sucede, sobre todo cuando eso implica renunciar a los prejuicios y los puntos de vista preconcebidos… ¡Qué grandes sorpresas nos llevamos entonces!

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  • Daniel Landa

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    Bravo, Brandoli! Lo malo es que aunque lo grites a la gente se le olvida, pues no hay perversión alguna que recordar. Yo vi bailar a los suazis en una boda tradicional, no era para ningún rey, pero las niñas también bailaban semidesnudas y nadie, ni ellos ni ellas, perdían un ápice de dignidad.

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  • Javier Brandoli

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    Gracias a todos. Ayer por la tarde se supo que el rey sí se fijo en la fiesta en una chica con la que contraerá su 15 matrimonio. La fiesta es muy respetable, Mswati III no lo es. Un monarca con una vida de lujo y un pueblo pasando mucha hambre.

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  • Lydia

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    Un excelente relato que engancha desde la primera frase.

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  • Javier Brandoli

    |

    Muchas gracias Lydia por tu apoyo y por tus comentarios. Es por gente como tú que llevamos este proyecto adelante.

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