La mejor puesta de sol que vi en África

En la reserva de Buffalo Springs, Samburu,  norte de Kenia, vivimos momentos únicos. Lo fueron por la calma y soledad de todo aquel entorno que visitamos en privado. Creo que no olvidaré nunca los dos safaris que hice al amanecer, mientras Víctor prefería seguir en la cama, sin cruzarme con un solo coche. Escuchaba el ruido que hacen los pájaros cuando agitan las ramas o el chapoteo en el agua de los cocodrilos. Aquello eran horas en las que la soledad se convertían en un raro privilegio, el de tener fuera y dentro del coche una África salvaje en propiedad.

Luego volvíamos al Samburu Simba Lodge, en el que éramos los únicos clientes, y observábamos a las manadas de elefantes beber en un abrevadero muy cercano y hacíamos noche conversando con los trabajadores de un lugar magnífico en el que el trato fue excelente. Lo fue por real y cálido. Tras dos noches nos fuimos a Nairobi.

Incapaz de disimular sus defectos lo que a mí juicio es una de sus grandes virtudes

En la capital estuvimos de paso, quizá porque en Nairobi estando mil años se siente siempre que uno está de paso. Es una urbe grande, canalla y atractiva que es incapaz de disimular sus defectos lo que a mí juicio es una de sus grandes virtudes. Mis amigos de Kobo Safaris me recomendaron el hotel Eka, en el camino justo del sur de Kenia al que me dirigía, y allí hicimos una confortable parada para ponernos al día con el resto del mundo tras un  teclado y una pantalla.

Luego marchamos hacia Amboseli, un parque en el que estuve en octubre que me gustó tanto que debía compartir con mi amigo y compañero de viaje. “MI prioridad es subir el Kilimanjaro”, me dijo una vez como dice todo él, lleno de entusiasmo que se apaga y enciende a golpes de realidad. No lo subimos, pero dormimos dos noches bajo su mirada en el Kibo Safari Camp, donde acabamos llevando a alguna trabajadora al hospital mientras nos explicaba que “dejé a mi marido porque era un vago. No le gusta trabajar, a los africanos no nos gusta trabajar y por eso somos pobres. Yo cuido ahora de mis hijos y espero darles unos estudios que les inculquen el valor del trabajo”, nos explicaba la vehemente joven de 22 años.

A los africanos no nos gusta trabajar y por eso somos pobres

Y así pasamos a Tanzania y de alguna manera comenzaron las prisas. Eran unas prisas con cierta calma, pero tras los retrasos de Egipto hubo que poner una fecha de fin del viaje: 2 de junio. Un hecho que lo cambiaba todo. Éramos menos libres y debíamos elegir lo que conllevaba de alguna manera hacer también mil renuncias.

“Tanzania será la gran sacrificada. Tú la conoces y yo puedo ir allí desde Mozambique cuando quiera”, dijo Víctor. Eso pactamos, como otras cosas que después no cumplimos ya que en la genética de esta expedición está hacer los planes añicos para rehacerlos como nos da la gana, y seguimos nuestro camino africano que incluía atravesar tres países en 10 días. “En cada sitio elegiremos un icono”, propuse ya en una parte del viaje que conozco casi entera.

En Tanzania elegimos que visitaríamos el Parque Nacional de Ruaha, el más grande del país ya que Selous es una reserva. Dormimos primero en Morogoro, tras un largo camino de coche en el que dejábamos a la izquierda grandes montañas y una Tanzania de espesa vegetación tropical, y llegamos hasta Ruaha. Por casualidad nos alojamos en el Hill Top, un lodge desde el que se contemplaba todo el parque y donde disfrutamos de la mejor puesta de sol que recuerdo en mi vida. A un lado el sol se apagaba y creaba un volcán en el cielo; al otro salía la luna llena, inmensa, como si quisiera no perderse tanta belleza. Fue impresionante, como la buenísima cena que nos prepararon en una hora a unos viajeros inesperados en un sitio que no había nadie.

Disfrutamos de la mejor puesta de sol que recuerdo en mi vida

A la mañana siguiente entramos a Ruaha, donde hace tres días que no entraba nadie, ventajas de viajar en mayo, y descubrimos un parque fascinante. Ruaha es un parque contundente, con una belleza serena que se desparrama a la orilla de un río lleno de vida. Merecía quedarse allí algo más de una noche, pero no teníamos tiempo y nos fuimos camino de Malaui, que a última hora cambiamos el plan y metimos este lugar en la ruta bajo la excusa de que “conocemos muy bien el sur, ¿por qué no ver el norte?”.

Y ahí vino lo peor del viaje. La policía tanzana es abrumadoramente corrupta y mal intencionada. Creí que no había peor policía que la de Mozambique, donde vivo, pero aquí la cacería se hace con mala cara y descaro. Tuvimos en 250 kilómetros seis multas, cuatro más que en todo el resto del viaje junto, y otras cuatro de las que nos libramos tras mil discusiones. Muchas eran absurdas, como la de un pequeño golpe en un cristal que es doble o la de ser parados dos veces por dos controles a cada lado de una cuesta, a menos de un kilómetro. Era un robo descarado, infame, burdo. Todo el país está lleno de zonas de 30 kilómetros por hora sin sentido en las que las señales no son claras. Cuanto menos clara sea, allí aparece un  bobo con su pistola radar ofreciendo negociar la infracción.

La policía tanzana es abrumadoramente corrupta y mal intencionada

Y eso te agota y cansa de un país, que lugares bellos hay muchos en el mundo, y decidimos correr más para marcharnos. En Kenia todo había sido perfecto, todo ayudas hasta de la Policía, y aquí tras multar por no llevar cinturón a Víctor que iba de pasajero y que no tuvo tiempo de colocárselo porque nos habían multado 800 metros atrás, me dijo el agente que nos fuéramos a nuestro país, algo que hicimos con velocidad.

Antes dormimos en Mbeya, en uno de los peores agujeros de esta colección de agujeros en la que en parte de ha convertido este viaje. Era un hotel nuevo, Mkulo, de 15 euros el cuarto, que tenía un restaurante con grandes lazos en las sillas y lustrosas jardineras en el parking.  Sin embargo, pronto descubrimos que nuestro cuarto olía a cloaca. El limpio agujero en el suelo que era el retrete desprendía un olor que ocupaba todo el pequeño dormitorio hasta casi dar arcadas. Decidimos que era tarde y estábamos agotados así que nos fuimos al restaurante a cenar y ya cansados volveríamos a dormir por desmayo.

Pronto descubrimos que nuestro cuarto olía a cloaca

Pedimos una parrillada de carne que me dijo que llevaba pollo y ternera y Víctor un entrecot a la pimienta. Nos trajeron un filete ruso cubierto de una salsa muy picante e incomible a Víctor y a mi poco pollo y un montón de trozos de hígado. Nos entró la risa. Por supuesto nadie nos pidió disculpas por nada ni pensó que el reluciente y cursi hotel quizá podría tener un cuarto que no oliera a mierda y pudiera servir la comida que pone en la carta. Cuando llevas más de cuatro años viviendo en este continente ya compras con más dificultad el turístico “This is Africa”. Así fue nuestra última noche en la bella Tanzania.

 

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