La nada, o cómo se hace un batido de coco

Por: Juan Ignacio Sánchez

No diré que elegir una playa en Tailandia sea el más amargo de los trabajos, pero tampoco ha sido una tarea fácil. Este país de verdes montañas y frondosas selvas tiene, sobre todo, una oferta abrumadora de mar. Si quieres bucear, debes ir a Ko Tao –Ko significa isla en tai-, donde a duras penas sobreviven algunos de los más espectaculares arrecifes coralinos. Si lo que buscas es date el fiestón de tu vida entre alcohol y otras drogas y música disco, tu destino es la Full Moon Party de Ko Phagnan. Si se trata de buscar una mezcla de turismo y tranquilidad, hay que ir a Ko-pipi y visitar la playa en la que Leonardo di Caprio grabó la película del mismo nombre…

Nosotros buscábamos un lugar tranquilo y alejado de las grandes masas, y, como siempre, siguiendo los consejos de alguien que nos contó que alguien le dijo que en algún sitio había una isla casi desconocida, nos fuimos a Ko-Lanta, cuyas orillas de agua turquesa miran al océano Índico y parecen prometer una inagotable fuente de aventuras a quienes se animan a profundizar en ellas.

no escribiré de la paz del silencio del mar buceado, los largos paseos mirándonos los pies hundidos en el agua, el crisol de colores de una puesta de sol sobre el océano

El relato de esta semana puede herir las sensibilidades de los menos generosos, así que a esos les recomiendo que no continúen leyendo, y esperen a otros días en los que seguro que no escribiré de la paz del silencio del mar buceado, los largos paseos mirándonos los pies hundidos en el agua, el crisol de colores de una puesta de sol sobre el océano. El relato de la semana en Ko-Lanta tiene que ver con los sueños que se cumplen, tiene que ver con el hallazgo de ese lugar al que tantas veces hemos queridos escapar, y que está a veces del otro lado de los ojos y a veces dentro de uno mismo.

Ko-Lanta ha sido un tiempo dedicado al goce de los sentidos y de los sentimientos. Ha sido un desayuno sin prisa, una cena de pescado fresco a la orilla del mar, una conversación en calma, un alargar las horas reclinado en una hamaca leyendo el libro para el que nunca habías tenido tiempo. Cuando eso ocurre, cuando el tiempo, por una vez, es tan abundante que hasta te cuesta inventar como llenarlo, sin darte cuenta caes en una dulce nada en la que puedes dedicar, y ni te enteras, más de media hora a mirar cómo el tipo del chiringuito elabora los más jugosos batidos, o como las lagartijas se agazapan en los techos, junto a las luces, hasta que se comen a los torpes mosquitos extasiados con el fluorescente. Y lo mejor es que no te sientes culpable, porque no has dejado nada por hacer.

Un día alquilamos una moto, y visitamos con ella los más perdidos rincones de la isla. Un manglar en el que se crían en cautividad todo tipo de pescados y mariscos, un parque nacional a cuyas puertas nos ha recibido una familia de monos con ganas de jugar a perseguir motos (os diré una cosa: cuando los ves así, tan de cerca y tan libres, tan enseñándote los colmillos por acercarte a su territorio, dan mucho miedo), la old town de un pueblo detenida en el tiempo y en cuyo puerto los pescadores y los aldeanos se compran y venden el pescado recién robado a las aguas…

A la vuelta estás tan impresionado que ya casi ni te extraña ver a un montón de coches y motos paradas porque un elefante ha decidido cruzar por ahí la carretera. Ko-Lanta, que tiene, agarraos, la más numerosa colonia de suecos –deben ser los más inteligentes del país, que se han aprendido a refugiar aquí de las inclemencias de sus crudos inviernos- y una más que suficiente infraestructura turística –por cierto, que desde el tsunami han aprendido la lección y tienen refugios construidos en altura distribuidos cada 500 metros…, preserva todavía alguno de los más salvajes encantos de los que puede disfrutar un bisoño turista de ciudad.

Ya se acaba. Hemos estado aquí una semana, y el visado se agota. Queremos más aventuras, queremos más países. Queremos más culturas, y más colegios, y más gentes dispares de aquí y de allá. El próximo destino es Pnom Phem, la capital de la misteriosa Camboya, el país en el que tristemente, no hace mucho, se produjo uno de los mayores genocidos de la historia de la humanidad, el de los Jemeres Rojos de Pol Pot, y que ahora lucha por borrar de su memoria la pérdida de más de dos millones de compatriotas… Una lucha a la que contribuye la inestimable ayuda de los dólares occidentales en forma de turismo. Vayamos, pues, a colaborar, mientras nos llenamos los ojos de una realidad nueva.

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Comentarios (1)

  • Eva

    |

    Hola pichón,

    Te envidio tanto que creo que hoy, despues de más de veinte años, te odio un poquito…
    Playa, descanso, un libro…creo que en algún momento tomé la decisión equivocada
    Disfrútalo por todos los que lo estamos viviendo a través de tus ojos y de tus palabras

    Besos

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