La vida flotante de Tonlé Sap

Por: Daniel Landa (Texto y fotos)

Aún no nos habíamos repuesto del impacto emocional de Angkor, cuando entrábamos por la avenida de agua que nos acercaba a uno de los pueblos flotantes de Tonlé Sap.

Camboya no se acaba de entender, porque no tiene sentido un país donde a pocos kilómetros de los templos más sublimes del mundo, las familias viven sobre el agua por no poder pagar un pedazo de tierra en el que instalarse.

Había calles, granjas, tiendas y restaurantes. Todo flotaba sobre el lago. Vi gallinas en sus corrales, patos y cerdos sobre balsas muy lejos de la orilla. Había incluso una granja de cocodrilos que algún osado decidió que podría atraer turistas y de paso servir de alimento y tal vez incluso hacer algún zapato.

Muchos jóvenes nacieron en el agua y si la prosperidad no llama a la puerta, tal vez mueran allí, en casas sin cimientos.

Lo cierto es que no había demasiados turistas allí y los habitantes del lago no venden postales. Aunque a primera vista, un laberinto acuático suena a diseño de elfo, la realidad es bastante menos lírica. Muchos jóvenes nacieron en el agua y si la prosperidad no llama a la puerta, tal vez mueran allí, en casas sin cimientos.

En Tonlé Sap las barcas son las piernas con las que ir de un lado a otro, a visitar un vecino, al templo hindú, que es el único edificio que sí se esta cimentado sobre un trozo de tierra. Los niños juegan a batallas navales sobre barreños diminutos que son carabelas para conquistar su mundo.

Las mujeres remiendan las redes mirando al único horizonte posible, el de un azul pálido, pero son ellas las que parecen enredadas en ese bucle de agua y barcas que no llevan a ninguna parte.

Tal vez la música les une al mundo, que una melodía no necesita de tierra firme y la voz no ocupa espacio.

Paramos en una casa al azar, por ver que había puertas adentro y de un salto, al abordaje, entramos en un espacio humilde pero con la dignidad de un hogar. La casa tenía varias estancias, una hamaca para mecer su libertad en las tardes de sol, varios niños correteando, una jaula de patos y un equipo de sonido concebido para ambientar conciertos en un estadio. Tal vez la música les une al mundo, que una melodía no necesita de tierra firme y la voz no ocupa espacio.

Tienen allí hasta la mirada líquida, implorando el peso de las aceras, pero su condición de nómadas les hace resistir. Sonríen como sonríen todos en el Sudeste Asiático, como si la desdicha nunca les alcanzara. Se han acostumbrado a las mareas, que les hacen remar con el hogar a otra parte, en busca de peces bajo el dormitorio familiar. Y así año tras año, con los pies mojados de tanto salir de casa, de tanto paseo y tan pocos pasos.

Hay lugares donde no hay orillas en las que recalar un porvenir

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