Lecciones de amistad en un pueblo alemán

Por: Laura Berdejo (Texto y fotos)

Fue un día de junio, hará unos seis años. Una amiga nuestra había sido diagnosticada de un cáncer con un pronóstico bastante desalentador y le habían operado de urgencia, le habían puesto un tratamiento de quimioterapia altamente agresivo y ella, en su temor de no ir a soportarlo hasta el final, decidió trasladarse a un pueblo de Alemania donde vivía su hermana, a aguantar el tratamiento en compañía y a encomendarse a los dioses a ver si la podían curar. El hospital de París transfirió el caso a un hospital de Stuttgart y la amiga, en un malabarismo de transportes medicalizados, se fue a la campiña alemana. No habíamos vuelto a hablar con ella, intuíamos que debía de estar “bien”.

Era un día de junio, París estaba hermosa y rebosante de verano y paseábamos por el Jardin des Plantes contando esta historia a nuestro amigo Nacho, a quien veíamos ocasionalmente porque era un hombre muy ocupado pero con quien todos nos encontrábamos muy a gusto cuando hacía sus apariciones, cada dos meses o tres.

- ¡Qué me decís! ¡Qué putada! ¿Dónde decís que está?

- En Alemania.

- Sí, pero dónde.

- Cerca de Stuttgart, debe de ser un minipueblo de estos alemanes de pocos habitantes.

- Eso debe de ser por el sur… ¿Cómo decís que se llama?

- No se… bueno, Stuttgart es como una ciudad grande, pero la hermana vive en el campo – intentamos explicarle, sin tener mucha idea verdaderamente de dónde estaba nuestra amiga con su vida colgando de un hilo de cristal.

Nacho siguió caminando en silencio. Mirándose a los pies.

- El sábado voy – dijo al rato.

- ¿Qué?

- El sábado voy a verla. Si salgo a las seis de la mañana, a las doce estoy en Stuttgart.

- ¿Pero cómo vas? ¿En coche? ¿Pero cuándo vuelves? ¿Dónde vas a quedarte? ¿Cómo vas a saber qué pueblo es? ¿Y si no quiere verte? ¿Y si no la encuentras? ¿Cómo vas a localizarla? ¿No es mucha paliza de viaje?

No tuvo que darnos ni un argumento. Recuerdo cómo del chorro de preguntas caímos directamente en brazos de una obviedad aplastante. Fuimos a Alemania los cuatro.

Cuando el sábado salimos de París no había amanecido todavía. Nacho conducía diligente y atento y apenas nos paramos en una gasolinera para tomar un café rápido y seguir avanzando. Parecía claro que el objetivo del viaje no eran el cachondeo o la diversión, ni la comida rica y la carcajada.

Y sin embargo, lo fueron.

Recuerdo cómo del chorro de preguntas caímos directamente en brazos de una obviedad aplastante. Fuimos a Alemania los cuatro.

Llegamos a Böblingen a la hora de comer. Nos instalamos en un hotel agradable con ventanas de color verde, exploramos el entorno, verificamos los mapas y cuando empezó a caer la tarde, nos dirigimos, en medio de conversaciones de cualquier cosa, a la casa de la hermana de nuestra amiga, donde nos habían dicho que nos esperaban al atardecer.

Lejos de lo que cada uno habíamos pensado y que, en virtud de un respeto invisible no habíamos querido exponer, cuando llamamos a la puerta de aquella casa salieron a recibirnos abrazos, alegría, una niña contenta, una pareja campechana y simpática y nuestra amiga, más delgada, con el buen humor que siempre supo tener. Nos mostraron un huertito, la niña nos enseñó a elegir cerezas, nos preguntaron cómo nos gustaba la ensalada, si preferíamos blanco o tinto y la cena se prolongó hasta bien entrada la noche. Nuestra amiga se retiró temprano y nos quedamos charlando con su familia que nos dio preguntas y respuestas, carne alemana y vino rico, nos hizo intuir que todo iba bien.

El afecto estaba poniendo todo en orden.

Todo el viaje fue una ruptura de estereotipos, desde los alemanes retozando por la hierba hasta el cementerio con bicicletas y deportistas

Los dos días que siguieron visitamos el cementerio del pueblo donde la gente pasea y los niños andan en bicicleta, el parque Wilhelma de Stuttgart, donde los estudiantes se tiran por la hierba, y las fuentes del centro en las que se remojan unos pájaros variopintos que viven en un zoológico cercano. En el jardín botánico hasta vimos una clase de Lindy Hop y cursos de Tai-chi.

A veces nuestra amiga nos acompañaba y otras veces no. Tuvimos espacio para la fraternidad, la charla y para el turismo rural. Como tantos pueblos que lindan con la selva negra y con las universidades, Böblingen daba espacio al disfrute y a costumbres más propias de una aldea castellana que de la rigidez alemana en la que solemos creer.

Todo el viaje fue una ruptura de estereotipos, desde los alemanes retozando por la hierba hasta el cementerio con bicicletas y deportistas, desde nuestra amiga enferma riéndose, bromeando y abrazándonos con cuidado hasta la ilusión sincera de su familia que, lejos de la nube de tristeza imaginada, nos tendieron los brazos de una alegría de verdad. Nos despedimos de ellos como de una familia cercana, en un ejercicio donde el espacio para la satisfacción fue mayor que la pena de la despedida.

En el coche de vuelta hablamos del sentido de la vida, pusimos música, algunos dormimos, llegamos a París de noche con los corazones abiertos de par en par.

Pocos viajes, sinceramente, nos han dado tanta energía en la vida como el gozo de ser un buen amigo en ese pueblo alemán.

 

 

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