Libia… tal como éramos

Por: Vicente Plédel y Marián Ocaña (texto y fotos)

De repente… un gran portazo. Libia, que nos tenía seducidos desde la primera vez que las ruedas de nuestro 4×4 mordieron sus arenas y nuestras botas pisaban ciudades fantasmas de otros tiempos… cierra sus puertas de una forma violenta. Se inicia una sangrienta guerra civil contra el dictador Gadafi. Pero la oscura y alargada sombra del integrismo islámico comienza a contaminarlo todo para cambiar una dictadura por otra. La hospitalidad de sus gentes, los restos de antiguas civilizaciones y las dunas y oasis de su fascinante desierto, que con tantas aventuras nos habían cautivado, quedaron pérdidas en una tórrida tormenta de la que todavía no se han liberado ni sus descorazonados habitantes ni su soberbio territorio.

Esperaremos pacientemente a que la puerta se vuelva a abrir. Es imposible no soñar con tus restos de culturas milenarias, con tu Sahara, con tus grandes espacios abiertos de espectacular belleza, con la solitaria inmensidad de tus paisajes casi irreales… Así te conocimos, así te queremos recordar y así queremos volver a encontrarte.

Es imposible no soñar con tus restos de culturas milenarias, con tu Sahara, con tus grandes espacios abiertos de espectacular belleza…

Libia, unas veces cerrada por los designios del dictador Gadafi y otras por boicots internacionales por acoger a terroristas de todo signo, siempre se ha perfilado como un destino muy complicado. Con Argelia bañada con ríos de sangre por el terrorismo integrista desde principios de los años 90, vimos a Libia como un naciente destino donde descubrir insólitos nuevos tesoros. Conseguir el primer visado fue una auténtica epopeya debido a que Libia estaba en pleno boicot pero los siguientes, conociendo el engorroso procedimiento, fueron más sencillos. Con su espacio aéreo cerrado, tan solo se podía acceder a Libia de un modo: por tierra.

Ubicado a orillas del Mediterráneo, entre dos grandes receptores de turismo como Túnez y Egipto, nuestra primera entrada a Libia se nos reveló con esa magia de los países que son descubiertos por primera vez y en el que todavía no había ni un solo visitante. Fue entonces cuando se produjo el flechazo. Un auténtico flechazo por un país que  hemos seguido visitando a lo largo del tiempo… hasta que la guerra civil lo ha vuelto a dejar prohibido. Para aquellos que no lograron llegar a tiempo para recorrerlo, les invitamos a conocerlo a través de estas líneas, rememorando nuestras vivencias por su hechizante, extenso y majestuoso territorio.

El mar Mediterráneo permitió que a la costa africana arribaran fenicios, griegos, romanos, bizantinos… Como en las emblemáticas ciudades imperiales de Roma o Atenas, en sus orillas levantaron grandes urbes que las pondrían celosas con sus teatros, templos, palacios, baños, basílicas… que ahora, como espectros de la elegancia y distinción, nos evocan su glorioso pasado imperial. Recintos tan espectaculares como Sabrata y Leptis Magna en la Tripolitania o Cirene y Apollonia en la Cirenaica, son enclaves que satisfacen sin duda alguna las exigencias del más apasionado amante de la arqueología y la de los que nos gusta soñar con ciudades de otra época.

Satisfacen las exigencias del más apasionado amante de la arqueología y la de los que nos gusta soñar con ciudades de otra época.

Siguiendo la carretera paralela al mar no es difícil verse envuelto por un aire caliente que levanta espesas nubes de arena. El famoso “yabli” es un viento provocado por las bajas presiones mediterráneas, y que crea un bochorno realmente insoportable y molesto. Con esta atmósfera asfixiante entramos en Tripolitania, para alcanzar Sabrata. La estrella indiscutible es su famoso teatro, que con sus 108 columnas corintias es una replica exacta del palacio construido por Septimus Severus en Roma. Si continuamos paseando hacia la playa nos vamos encontrando diversos templos, baños, basílicas, el foro, la curia… poniendo de manifiesto que fue un importante puerto comercial. Probablemente bajo las aguas del mar permanecen los restos de otros templos que el Mediterráneo custodia celosamente.

Y por su costa avanzamos hasta alcanzar la capital Trípoli o Tarabulus como la llaman los árabes. En la antigüedad fue la “Novia Blanca del Mediterráneo”. Si nos alejamos del intenso tráfico, que circula a velocidades de vértigo con bruscos frenazos y violentos acelerones,  sorteamos con habilidad los coches de la Green Square por fin nos adentraremos en el zoco de al-Mushir. El bullicio del mercado resulta más sugestivo que el de la circulación. En los estrechos callejones y galerías descubrimos a joyeros (principalmente de oro), sastres, tejedoras de alfombras (ya muy pocas) y artesanos del cobre trabajando con cinceles o a mazazo limpio… Un pequeño alto en uno de sus múltiples cafetines nos envuelve con la aromática esencia de las “chichas” – la popular pipa árabe de agua y tabaco-,   antiguas “funduk” -pensiones- turcas con sus patios arqueados nos ofrecen un resguardo para el descanso y los hamman -baños- donde hombres y mujeres alternan los días de apertura para no coincidir, un lugar para refrescarnos.

En diversos rincones podemos encontrar vestigios de los sucesivos episodios históricos que se dieron cita en esta ciudad. Palacios y villas italianas delatan su reciente pasado colonial; el arco de Marco Aurelio, frente al puerto de pescadores, nos recuerda su pasado romano; y el viejo castillo español, la huella de los caballeros españoles de la Orden de Malta que dominaron el lugar.

Tan solo nos acompaña el siseo del viento coqueteando con las piedras y el ruido de nuestros propios pasos.

El mar con sus insinuantes olas nos invita a seguir recorriendo su costa… y así llegamos a Leptis Magna. La costa Libia fue muy temida, tanto en el pasado como en el presente, por sus playas inhóspitas y sus traicioneros bancos de arena. Pero allí donde desembocaba en río Lebdah surgió esta gran ciudad, lugar de origen del Emperador Septimus Severus. Extraordinariamente bien conservadas y restauradas, el Imperio Romano legó a este litoral su magnífico teatro con vistas al mar, el foro, la basílica de los Severos, los lujosos baños de Adriano, el mercado, el ninfeo…

Exploramos las ruinas de este Patrimonio de la Humanidad en la más absoluta soledad, tan solo nos acompaña el siseo del viento coqueteando con las piedras y el ruido de nuestros propios pasos. No hay lugar en Leptis Magna que no merezca una especial mención y uno se olvida del tiempo disfrutando entre sus imperiales piedras. Desde su floreciente puerto se exportaban por todo el mundo Mediterráneo el marfil, el oro, las especies y las mercancías más exquisitas y valiosas llegadas en caravana desde todos los rincones del continente africano.

En la otra punta del país, Cirenaica es la provincia de las Montañas Verdes y un nombre lo suficientemente elocuente para definir la imagen paisajística de esta región que dista mucho de un país que se encuentra casi totalmente cubierto por el desierto. Después de su homóloga romana en Tripolitania -Leptis Magna-, Cyrene es la más sobresaliente metrópoli griega de la antigüedad. Una monumental necrópolis, gimnasium, ágora, mausoleos, fuentes, propileos… delatan su importancia con su inmemorial presencia. Esta gigantesca ciudad formaba parte de la pentápolis griega y Apolonia, a orillas del mar, era su principal puerto. Y aquí sí que es posible bucear entre los restos de esta antigua ciudad griega .

Embebidos, o quizás embriagados, por los restos milenarios de su costa ahora nos lanzamos hacia el sur para ir adentrándonos en la esencia de la cultura bereber, los autóctonos habitantes del territorio libio. Iniciamos el éxodo hacia el gran desierto libio.

 

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