Llegar a viejo en Kenia

Por: María Ferreira

Tenemos veintitantos y es viernes. Hemos terminado de trabajar y nos reunimos en mi casa, bebemos un té y decidimos ir a cenar fuera. Cogemos el coche y salimos del hospital donde vivimos y trabajamos. Hasta ahí todo normal. Para ser las ocho de la noche y estar recorriendo Ngong Road no hay tanto tráfico como esperábamos. Llegamos a un nuevo centro comercial en Nairobi. Los guardias de seguridad de la entrada nos hacen bajar del coche y entran a inspeccionarlo. Pasamos dos controles más antes de llegar al restaurante, donde una banda de jazz está tocando y la gente disfruta del ambiente.

Podríamos estar en cualquier ciudad del mundo: todo es amable, la comida sabe a casa y podría olvidar en un momento todos los kilómetros que me separan de mi tierra. Pero entonces empezamos a conversar, relajados, y Mina nos cuenta como anécdota que le secuestraron la semana pasada.

Empezamos a conversar, relajados, y Mina nos cuenta como anécdota que le secuestraron la semana pasada

Adiós jazz, adiós ambiente amable, adiós maravillosa temperatura primaveral. Todos seguimos comiendo, pero pendientes de mi amigo, esperando escuchar una de esas brillantes historias, propias de guión cinematográfico, que aquí entran dentro de lo posible en una vida normal. Una vida como la de Mina, un chico de 25 años que trabaja de informático en Airtel y que ha pasado en Kenia el tiempo suficiente como para saber evitar problemas.

Resulta que Mina y John, otro de los chicos que forman parte del grupo de amigos, volvían de comprar un jueves a las siete de la tarde. Para evitar los famosos controles de la Policía en Ngong Road cogieron una de las calles paralelas (Kindaruma Road) y vieron que una furgoneta trataba de adelantarles. Como no tenían prisa, redujeron la velocidad y esperaron a que la furgoneta pasara, como sucedió. Sin embargo, en vez de seguir adelante, la furgoneta giró bruscamente y les cortó el camino. Entonces, seis tipos con K47 se bajaron, sacaron del coche a Mina y a John, les golpearon, les quitaron todo lo que llevaban encima y les subieron a la furgoneta. Dos de los tipos desaparecieron con el coche de Mina.

La furgoneta giró bruscamente y les cortó el camino. Seis tipos armados con K47 se bajaron, les golpearon y les subieron a una furgoneta

Lo primero que vio John fue que entre Mina y él, en el suelo, había un hombre tumbado que –según sus palabras- parecía más cadáver que persona. Las siguientes tres horas las pasaron en la furgoneta recorriendo Nairobi. De vez en cuando paraban, los tipos se bajaban, robaban a la gente que caminaba por calles poco concurridas y seguían su camino. No secuestraron a nadie más.

John se quedó dormido. Mina, que tiene miopía, no podía ver absolutamente nada porque había perdido las gafas cuando los tipos le habían pegado al sacarle del coche. El hombre que iba tumbado en el medio seguía sin moverse. Una de las veces que pararon, uno de los tipos le pidió más dinero a Mina (John seguía dormido) amenazándole con matarle. Mina les explicó que no tenía dinero, que la única forma era que lo sacaran de un cajero con la tarjeta que ya tenían ellos, que sólo necesitaban que les diera el pin.

Uno de los tipos le pidió más dinero a Mina, amenazándole con matarle. La única solución era sacarlo de un cajero

El problema es que el hombre encargado de ir a sacar dinero, parecía gravemente perjudicado por las drogas o el alcohol, y no era capaz de recordar los cuatro dígitos del pin. A estas alturas, Mina empezó a temer que al meter el número equivocado, pensaran que les había engañado y le mataran. Así que a mi brillante amigo sólo se le ocurrió inventarse una melodía para que el hombre recordara los números con facilidad.

(He de hacer una pausa en el relato para asegurar que estoy segura de que Mina fue capaz de inventarse una canción, que no es un adorno de la historia. He de decir también que pongo la mano en el fuego porque John de verdad se quedó dormido y continuó dormido las tres horas que duró su secuestro.)

El encargado de ir a sacar dinero parecía gravemente perjudicado por las drogas o el alcohol y no era capaz de recordar el pin

Afortunadamente, el hombre fue capaz de sacar 30,000 ksh (unos 300 euros) en el cajero, así que mi amigo continuó formando parte de la categoría de los vivos de esta historia.

Los hombres siguieron con el mismo esquema: parar-robar-seguir-parar-robar-seguir- hasta que una de las veces robaron y no volvieron al coche. Mina entonces despertó a John, que fue el encargado de mirar alrededor para ver si los tipos estaban cerca. También fue John el encargado de darse cuenta de que habían dejado puestas las llaves en la furgoneta, así que Mina no se lo pensó dos veces y saltó al asiento del conductor, donde se dio cuenta de dos cosas: la primera y más importante es que no veía un pimiento, con lo cual no iba a ser capaz de conducir hasta la comisaría más cercana, y John no sabía conducir. La segunda es que llevaban a un hombre posiblemente muerto en la furgoneta y llegar a la comisaría con un cadáver significaba tener que explicar demasiadas cosas.

Decidieron deshacerse del hombre.

Se bajaron de la furgoneta y cogieron el cuerpo, que entonces empezó a moverse (ya no hay muertos en esta historia), le colocaron de nuevo en la furgoneta y Mina empezó a conducir, ciego como estaba, guiado por John.

Llevaban a un hombre posiblemente muerto en la furgoneta y llegar a la comisaría con un cadáver significaba tener que explicar demasiadas cosas

Llegaron a la estación de Policía de Kilimani sanos y salvos, denunciaron su aventura y después de atar cabos supieron que el hombre que parecía muerto (pero que estaba vivo) era el dueño de la furgoneta y había sido víctima de los seis tipos con AK-47.

El coche de Mina apareció días después.

Mi amigo decidió empezar a utilizar lentillas. Aprendió que Kenia no es un país para tener un alto grado de miopía y depender de las gafas.

Y así es la vida aquí, lo cotidiano y lo extraordinario mezclándose siempre. Como dice Mina, cuando seamos viejos tendremos muchas historias que contar a nuestros nietos. Y yo sé que entonces todos pensamos: “Si es que llegamos a viejos”.

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Comentarios (4)

  • G

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    Sinceramente espero que sí, que llegues a vieja y sigas toda tu vida contándonos tus historias siempre impactantes.

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  • mike

    |

    Viajar comporta una serie de peligros. Vivir en ciertos lugares es casi como jugar con la muerte. Espero que sigas muchos años allí o aquí, viva y compartiendo tu vida, q a tus lectores nos encanta.

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  • Lydia

    |

    Vaya odisea! Es admirable continuar viviendo en un lugar en el que tenéis el peligro rondando a vuestro alrededor. Pero debe haber muchos otros aspectos por los que te compense permanecer allí.

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  • Gerard

    |

    Yo tuve una experiencia similar con final feliz en Venezuela. Pero desde entonces le digo a mi jefe que allí no vuelvo ni loco aunque pierda mi trabajo. Os admiro cuando habláis con tanta naturalidad de esos lugares y más los que , como tú, no viajan por placer sino que trabajan allí.
    Un saludo y espero que llegues a muy vieja.

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