Los peores compañeros de viaje
Viajar es excarvar en nuestros miedos, bucear en nuestras inseguridades. De esas profundidades a veces aflora lo peor de cada uno, sobre todo cuando, a miles de kilómetros de casa, buscamos las mismas comodidades y nos conducimos con idénticos patrones. Éste es un repaso a un puñado de monumentales broncas capaces de estropear el mejor de los viajes.
Esta mañana nos ha tocado madrugar en Nairobi. La ciudad se despierta repleta de menesterosos a la búsqueda del jornal callejero, bajo la mirada boba de decenas de marabúes encaramados en las ramas de las acacias. Los vendedores de “scratch”, la lotería local, venden los sueños que alimentan las vallas publicitarias que salpican Uhuru Highway con una letanía redentora: “Be a millionare in a scratch”.
Todos estamos ya dentro del autobús que nos tiene que llevar a Arusha, la capital tanzana de los safaris. La mayoría dormita rumiando el palizón de viaje por carretera ¿Todos? No. Cuatro españoles se niegan a subir por un cambio de hotel de última hora. Y eso que sus maletas están ya anudadas al techo del vehículo. Quieren que se les garantice por escrito dónde van a dormir esta noche. A mí, desde luego, me trae al pairo dónde se alojen, pero el autobús no va a salir hasta que no se decidan a subir. Inevitablemente, empiezo a sentir por esos tipos un creciente desprecio.
Pasada media hora de gritos y aspavientos, los turistas bravucones suben finalmente al autobús, donde son asaetados por las miradas asesinas del resto del pasaje
Los minutos pasan y ahora se han empeñado en llamar a la agencia africana con la que han subcontratado el viaje al Serengeti para que algún responsable les garantice el nuevo itinerario. El infeliz guía marca pacientemente el teléfono en su móvil. Nadie contesta. Lo socorrido sería añadir: es que esto es África, pero la verdad es que es muy temprano y hoy es domingo. Pasaría lo mismo en España.
El malhumor de los pasajeros que hemos madrugado para salir a la hora aumenta por momentos, porque la discusión lleva camino de eternizarse. Se escuchan murmullos proponiendo que los dejemos en tierra. Enseguida me sumo a esa tímida demanda. Pasada media hora de gritos y aspavientos, los turistas bravucones suben finalmente al autobús, donde son asaetados por las miradas asesinas del resto del pasaje. Por supuesto, no han conseguido hablar con nadie de la agencia ni la ansiada garantía por escrito. Se disculpan, faltaría más, pero para el resto su presencia resulta ya insoportable.
Nada más poner un pie en el Kirawira se desata la ira contenida de dos parejas de turistas, que exigen al encargado que les ponga al teléfono con un responsable de la agencia
Hemos llegado molidos al Serengeti, el parque de los parques africanos. El zangoloteo constante del todoterreno hace rato que ha descoyuntado todas las costillas. Menos mal que el hotel está cerca. Lástima que haya colgado ya el cartel de “completo”. El imprevisto nos obliga a dirigirnos hacia el extremo occidental del parque, muy cerca de la orilla sur del lago Victoria. Eso supone añadir dos horas más de pista infernal. No todo el mundo encaja bien el golpe. Y eso que el viaje es sencillamente maravilloso, a través de paisajes repletos de vida salvaje nada transitados. Para mí es motivo suficiente para dar por bueno el cambio de hotel. Otros no piensan lo mismo.
Nada más poner un pie en el Kirawira se desata la ira contenida de dos parejas de turistas, que exigen al encargado que les ponga al teléfono con un responsable de la agencia para que asuma un compromiso de devolución del importe de la noche de hotel. Mientras, los demás nos limpiamos de polvo las caras con unas toallas humedecidas y disfrutamos, repantingados en cómodos sillones de cuero, de una fría copa de champagne. Gloria bendita. Con muy buen criterio, la línea telefónica hace imposible la comunicación. Ahora se lanzan al asalto de su segundo objetivo: que les cambien la cabaña que les han asignado, que no les parece a la altura de su noble condición pequeñoburguesa. La discusión es cada vez más enconada y cuando se deciden a sellar una tregua, sus toallas humedecidas están frías y las copas de champagne y zumo se han calentado. Algunos hace rato que estamos dándonos un baño en la piscina con el Serengeti a nuestros pies. Se han dejado por el camino un inmenso placer.
Los africanos están acostumbrados a esperar y en ese terreno ningún occidental puede hacerles sombra. A las diez de la noche, los turistas bobos se rinden y entran al comedor
Pero como el memo universal es perseverante, a la hora de la cena, servida bajo una impecable tienda de campaña con mobiliario victoriano, los contumaces soplagaitas siguen enarbolando su ristra de quejas. Su tienda, protestan, “es peor que una camping de montaña”. No sale el agua y exigen un espejo. Siguen reclamando un fax que les garantice la devolución del dinero. A esas alturas, los comensales, hartos de tanta bravata, son potenciales homicidas que empuñan con fuerza el cuchillo mientras saborean la deliciosa carne de cerdo a la brasa.
Los africanos están acostumbrados a esperar y en ese terreno ningún occidental puede hacerles sombra. A las diez de la noche, los turistas bobos se rinden y entran al comedor mientras los demás degustamos ya el café tras una espléndida cena. Algunos platos de la carta ya se han terminado. Tendrán que comerse las sobras y, encima, malhumorados. ¿Para esto es necesario salir de casa?
Las quejas saltan de mesa en mesa. “¡Vaya mierda de comida!”. “¿Y para esto nos han traido aquí?”. “¿Y qué pasa con la carne de búfalo?”
De nuevo en Nairobi. Cenar en el restaurante Carnivore es casi una ración turística de obligado cumplimiento en todo viaje organizado que se precie. El reclamo, los platos de carne de cocodrilo, avestruz o impala. Kilómetros y kilómetros de brochetas deglutidas por la legión de turistas. Aquí sí que parece imprescindible dedicarse a comer y beber y a disfrutar de la velada ahuyentando malos rollos. Pero no esa así. Las quejas saltan de mesa en mesa. “¡Vaya mierda de comida!”. “¿Y para esto nos han traido aquí?”. “¿Y qué pasa con la carne de búfalo?”. Bueno, al menos el runrún quejicoso se quedará en un conciliábulo. ¡Qué va! Ni cortos ni perezosos, algunos hacen llamar al guía para aturdirle con sus protestas, que pronto se extienden, por elevación, al hotel de turno, a las agotadoras jornadas de todoterreno… Viendo el rictus angustioso del pobre guía local, dan ganas de estamparles en la cara el plato de brochetas.
No entiendo a la gente que viaja para perpetuar sus rutinas. Afronto cualquier viaje como un pretexto para marcar distancias con los hábitos cotidianos. Avanzar hacia lo desconocido exige capacidad para adaptarnos al camino. Una actitud cerril puede dar al traste con el más soñado de los viajes. Prefiero quedarme con la reacción de un grupo de australianos nada más aterrizar en el poblado tibetano de Tingri, uno de los mayores hoyos donde he ido a parar en mis viajes. Venían derrengados tras una larga jornada desde Rongbuk, con pocas ganas de bromas y soñando con una ducha caliente. La encargada les enseña la misérrima habitación, apenas unos camastros cochambrosos. Hay que ducharse con cubos y las necesidades se hacen en un agujero pestilente. La situación era de libro para empezar a jurar en arameo, pero los tipos empezaron a descojonarse a mandíbula batiente contagiados por su común frustración. Media hora después, estaban disfrutando animadamente de unas cervezas en el bar del hotel. La ducha caliente llegaría por fin al día siguiente a unos cuantos kilómetros del desolado Tingri, pero ellos no lo sabían, y ya ni siquiera les importaba demasiado.
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Comentarios (2)
Laura
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Excelente colofón. Bravo a la actitud australiana, el buen humor, el relajo y las cervezas una vez más. Veo que en esta página son importantes.
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ricardo
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Tienes mucha razon Laura. Doy por no visitado un país en el que no haya probado la cerveza local. Es un rito y un placer.
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