Makuyu, “tierra de brujas”

Por: María Ferreira

“¡Abajo quienes den
el pan maldito a los pájaros!”
André Breton

“Kai utoi noowe kiambiriria na kirikiro giakwa (…)
Horera, horeria meciria.
Niguo ngoro yakwa nayo
Igie na thayo ta wa toro
Horeria meciria”

“¿No sabes que tú eres mi principio y mi final?
Relaja tu mente
Para que mi corazón
Pueda facilitar tu sueño.
Relaja tu mente”
Njeri Wanjari

Prometeo osó robar el fuego, sólo destinado a los dioses, y provocó que la humanidad fuera castigada por abrir la caja de Pandora. Las últimas penalidades en salir de la caja fueron las enfermedades. En general, tanto en la mitología como en la cultura judeocristiana se ha tendido siempre a considerar que el error conlleva un castigo: la enfermedad.

Las consecuencias de considerar la enfermedad como un castigo a los pecados cometidos son calamitosas siempre, pero en Kenia es donde he podido comprobar de primera mano el daño que hace esta creencia: los 120 enfermos psiquiátricos con los que trabajamos han sido acusados de estar malditos, han sido abandonados, repudiados por sus aldeas, escondidos en una habitación minúscula, atacados… Se han dado casos, incluso, en los que se les ha intentado quemar vivos.

El país está plagado de canallas que cobran una cantidad ingente de dinero por exorcismos

A lo largo de estos casi tres años visitando pacientes psiquiátricos por el área de Murang’a, no hemos dejado de enfrentarnos diariamente a casos muy difíciles. Tenemos claro que no debemos arrasar con nuestra “verdad occidental”, tenemos claro que debemos respetar las creencias en los curanderos, sabemos que no estamos ahí para imponer nada y que nuestra única tarea es dignificar al paciente. Pero es a veces terriblemente difícil callarse ante prácticas que hacen mucho daño. El país está plagado de canallas que cobran una cantidad ingente de dinero por exorcismos, por ejemplo. Aves carroñeras que se aprovechan de la enfermedad y de la angustia.

Yo tenía 21 años y agujetas en los ojos de llevarlos tan abiertos de asombro

Siempre recordaré al primer paciente psiquiátrico con el que hablé en el centro de salud de Makuyu. Yo tenía 21 años y agujetas en los ojos de llevarlos tan abiertos de asombro durante todo el día. El paciente estaba sentado en la esquina de la consulta, con la mitad derecha de la cara infectada y sin un ojo. Sabía que tenía que desinfectarle y limpiarle, pero alargaba el tiempo lo máximo posible deseando que alguna enfermera se adelantara. No cayó esa breva, así que contuve el aliento y me acerqué. Tenía la cuenca del ojo llena de pus y sangre coagulada. Además, estaba visiblemente borracho. Empecé a hablarle, a intentar convencerle de que tomara la medicación, de que dejara de beber. Muy ingenua yo, muy tonta, muy boba. Él reía.

-Chica, ni siquiera metiendo tus dedos en mi herida podrás tocar mi mente, está muy profunda- dijo.

Continué la cura en silencio, intentando abstraerme del olor que emanaba de su cuerpo, de su aliento.

-Te doy asco porque tengo la muerte en la cara, ¿eh? Cásate conmigo- reía.
Mr. Ndung’u entró en ese momento y se excusó por el paciente.

–Es que no toma la medicación, por eso dice esas cosas.- Y entonces le puso en la mano una pastilla (que el paciente se metió en la boca y escupió en cuanto Ndung’u se dio la vuelta).

-Naomba maovu yakuambae- me dijo al despedirse- rezo para que el mal no te toque. Supe que todo lo que había escuchado de su boca era, posiblemente, lo más sincero y cuerdo que había escuchado en mucho tiempo. Como decía Aristóteles: “¿Por qué será que los hombres excepcionales padecen tan frecuentemente de melancolía?”. Me alegré también de que rechazara la medicación, sin saber por qué, puesto que por aquel entonces jamás me había planteado sobre la enfermedad mental más que el terror que da la soledad de la mente. Hoy sé, sin embargo, que en general se tacha de patológico todo lo que no concuerda con las normas sociales y culturales, y en Kenia, donde la salud mental es tabú, se tiende a medicar al menor signo de oposición al sistema. Aquel hombre tan sólo estaba muriendo muy lúcidamente, no tenía ningún tipo de psicopatología. Pero reírse de la muerte de uno mismo está feo, aterra a los vivos.

“Chica, ni siquiera metiendo tus dedos en mi herida podrás tocar mi mente, está muy profunda”, dijo

Pasé el resto de aquella mañana en silencio. Aún no sabía mucho de Makuyu, de aquella “tierra de brujas”. Más tarde me resignaría a trabajar sin éxito. A veces yo misma me río comentando lo estúpido de mi planteamiento vital. Intento vender mi proyecto, intento concienciar: “Escuchadme: existe, la enfermedad mental en África existe”. Pero el problema es que no hay marketing que valga tratándose de la locura. Los enfermos mentales no venden. No puedo competir contra todas esas ONG que trabajan por los niños hambrientos. Y lo sé.

Hay dos cosas inabarcables en el centro de salud de Makuyu: la muerte y la locura. Ambas se tratan desde el terror, la incomprensión y la negación. A la primera se le encuentra sentido a través de las distintas religiones, y la locura se explica en esa sociedad a través de maldiciones, males de ojo, castigos divinos… etc.

Los enfermos mentales no venden. No puedo competir contra todas esas ONG que trabajan por los niños hambrientos. Y lo sé

Dos días después de aquello, encontraron al paciente muerto en un camino. Posiblemente, intoxicado por un exorcismo, dijeron. Había acudido a un brujo que le había dado alguna “dawa ya kuhara”, un purgativo a base de alcohol. Los locales que estuvieron presentes en aquel “exorcismo” contaban al día siguiente algo que después he escuchado más de una vez y que, incluso, he llegado a leer en el Daily Nation. Contaban que habían empezado a salir garrapatas de la cuenca del ojo del paciente, sin dejar ninguna señal en la carne (la última vez que escuché algo así, las garrapatas salían del vientre de un hombre con cáncer de estómago.) Por lo visto, según los testigos, cuando las garrapatas cesaron de salir de su cabeza, el hombre se levantó y se fue en perfecto estado. Milagro, dijeron. Y la casa del brujo se llenó de pacientes psiquiátricos durante toda esa semana, que acudían buscando paz a cambio de una generosísima suma de dinero. 3.000 chelines por un exorcismo. Unos 30 euros. Como referencia diré que el sueldo medio de un keniano en el área de Muranga no llega a los 25-30 euros al mes.

Por supuesto, nosotros intentamos denunciarlo y advertir a nuestros pacientes de que no debían pagar esas sumas de dinero, pero no nos trajo nada más que amenazas de lo más variopintas y originales (una de las más ocurrentes fue la de cortarnos la cabeza y alimentar con ella a los animales del Parque Nacional de Nairobi).

Dos días después, encontraron al paciente muerto en un camino. Posiblemente, intoxicado por un exorcismo

No es de extrañar, puesto que estábamos cuestionando las capacidades curativas de aquel individuo y poniendo en peligro su negocio. Al fin y al cabo, convertir la relación paciente-médico en una relación de poder no está bien visto. Llamar a las cosas por su nombre en un mundo donde triunfa la complacencia del engaño puede ser aterrador.

La mayoría de los pacientes que tenemos padecen de enfermedades hereditarias en unos casos y provocadas por consumo de alcohol y drogas en otros. Pero habitan en el lugar común de “lo mágico”, y bajo tales condiciones sólo podemos callar y aprender.

Si quieres saber más de los proyectos de Karibuni África: http://www.karibuniafrica.org/

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Comentarios (5)

  • Dr Fayez Maged

    |

    Perfecto Maria!! Perfecto!

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  • MDV

    |

    Por un lado tu juventud, por otro lado la madurez con la que cuentas una experiencia que a muchos con bastantes más años que tú nos hubiera desbordado. Y desde luego la facilidad con la que transmites, el perfecto uso de las palabras.
    Sigue contando, no nos dejes.
    Gracias!

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  • Harry

    |

    ¡Maravilloso artículo y maravillosa labor!

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  • publikaccion

    |

    Desde la admiración de tu labor, decirte, que la mayor lucha siempre es en el cambio de conciencias… la historia está plagada de ellas… Galileo es el mejor ejemplo conocido… ;o)

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  • Ned

    |

    That’s amazing. I didn’t know that witchcraft was still practiced anywhere.

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