Mercenario en Somalia: matar a un periodista vale 30 dólares

Por: María Ferreira

Eran las cuatro y media de la tarde, hora española, cuando uno de mis contactos en Somalia me mandó un whatsapp: “Casi nos matan”. A continuación, recibí el vídeo que acompaña a este artículo, donde se ve a Mokhtar, mi colega somalí, y a sus amigos tratando de refugiarse de un tiroteo repentino en una calle de Mogadiscio, la capital de Somalia:

Los musulmanes están celebrando en todo el mundo el mes de Ramadán, en el que ayunan desde el amanecer hasta el atardecer. A la hora de romper el ayuno se suele repartir comida por las calles para los más pobres. Mokhtar y un grupo de amigos decidieron conducir hasta una calle del centro de la ciudad con el coche cargado de comida para repartir. Uno de los chicos decidió grabar el momento, cuando un convoy militar invadió la calle y abrió fuego contra un coche.

Un convoy militar invadió la calle y abrió fuego contra un coche

“En Ramadán, el Gobierno incrementa la seguridad en las calles debido a la amenaza terrorista de Al-Shabab”, cuenta Mokhtar. “Los militares dispararon al coche porque éste se acercó demasiado a ellos”. En Somalia la sospecha carga el ambiente.

Es también uno de los lugares del mundo más peligrosos para ser periodista; la información es un arma más junto a los AK-47. Conlleva más riesgo llevar una cámara y un block de notas que un bolsillo cargado de balas. “No hay un número oficial de periodistas asesinados porque ni siquiera hay un número oficial de periodistas vivos, hay mucho secretismo en la profesión”, afirma Ahmed Juma, periodista con base en Mogadiscio.

Somalia es uno de los lugares del mundo más peligrosos para ser periodista

“Cuando tomas la decisión de ser periodista te conviertes también en un soldado que lucha por una causa, no importa de qué lado estés; todos estamos amenazados”, cuenta Mokhtar. “Si trabajas para el Gobierno los terroristas intentarán matarte. Si trabajas para Al-Shabab te bombardearán. Si intentas mantenerte neutral, llegará un día en el que tengas que elegir un bando; no hay posibilidad de mantenerse limpio”.

La última víctima, Sagal S. Osman, era una estudiante de 24 años que iba de camino a la universidad para presentarse a su último examen de la carrera. Trabajaba en una cadena de radio del Gobierno y estaba amenazada desde hacía tiempo.

“Cuando tomas la decisión de ser periodista te conviertes también en un soldado que lucha por una causa”, cuenta Mokhtar

El periodismo de Somalia está formado en su mayoría por jóvenes que no pasan de los veinte o veintiún años, sin estudios universitarios. Son formados directamente por la cadena de radio o agencia en la que después trabajarán, sabiendo que su vida consistirá en un no saber si las noticias que dan serán su condena de muerte. “No tenemos amigos, no podemos confiar en nadie, todos tenemos un precio y cualquiera puede ser vendido. Cuando me preguntan por mi profesión y digo que soy periodista me lanzan una mirada triste que significa “Otro hombre muerto”, explica Mokhtar.

Nos encontramos con el mercenario en una cafetería del barrio somalí de Nairobi

La victoria de la violencia se ve reflejada en los numerosos mercenarios que viven de matar periodistas por encargo, realidad que empecé a investigar hace un año junto a Mokhtar, sorprendida y aterrada por la facilidad con la que pudimos encontrar a uno de ellos. Nos encontramos en la cafetería del hotel Nomad Palace, en el barrio somalí de Nairobi. No podía dejar de mirar sus manos. Parecía un tipo normal. Parecía un tipo relajado y eso me ponía nerviosa. La cafetería estaba llena a esa hora y me sentía a salvo. Se pidió un té con leche de camello para beber. Yo no pedí nada. No sabía si debía mirarle a los ojos, ni sabía cómo parecer segura de mí misma, no sabía si quizá me habían engañado y ese señor no era quien yo creía que era.

-¿A qué te dedicas? –decidí preguntar.

-Negocios –contestó.

Yo asentí y me concentré en las manchas de la alfombra que cubría el suelo. Él se empezó a reír.

-¿Qué quieres saber? –preguntó.

-¿Cuánto cuesta un encargo?

Mokhtar me había dicho que el precio rondaba los 50 dólares por cabeza.

-Unos treinta dólares.

La tarde pasó así, entre preguntas cortas y respuestas escuetas. Me contó que la mayoría de la gente que se dedicaba a “ese negocio” se retiraba al poco de haber empezado. “En cuanto consiguen el dinero suficiente se vienen a Nairobi”, decía. “Si no te retiras pronto, corres el riesgo de convertirte en el blanco”.

“Vigilas al encargo durante dos semanas. Actúas cuando la Policía no anda cerca y desapareces”

El método parecía más sencillo que sobrevivir: “Vigilas al encargo durante dos semanas. Actúas cuando la Policía no anda cerca y desapareces”.
De pronto el Adhan empezó a resonar por toda la habitación llamando a la oración. Era la hora de rezar Asr, sobre las cinco en Nairobi.

-Discúlpame, voy a rezar –me dijo mientras se levantaba.

Cuando volvió le pregunté si él creía que el Islam justificaba sus actos.

-No.

-¿Por qué lo haces?

-Ya no lo hago.

-¿Por qué lo hacías?

-Mi trabajo no tiene nada que ver con mi religión. No intentes ir por ese camino. En mi país se mata por una pelea gratuitamente, sin consecuencias. Si te ofrecen unos dólares los coges. Yo pensaba al principio que sus razones tendrían los que me hacían los encargos, porque era gente con traje, con trabajos buenos. No tenían una razón estúpida para querer matar. Pensaba que si la gente importante quería a alguien muerto tenía que ser así. Los militares hacen lo mismo.

“Mi trabajo no tiene nada que ver con mi religión. En mi país se mata por una pelea gratuitamente. Si te ofrecen unos dólares, los coges”

Conversamos sobre la situación política de Somalia, sobre terrorismo, sobre platos típicos de su tierra. Así pasaron dos horas hasta el momento de rezar Maghrib. Cuando volvió a levantarse, antes de darse la vuelta, me miró sonriente:

-¿Quieres que haga una dua (oración) por ti?

-Sí.

-¿Qué quieres que le pida a Alá?

-Que no me mates.

Se alejó riendo.

Yo me fui sin pagar la cuenta. Total, no había tomado nada.

Hablé después de mi encuentro con varios periodistas somalíes. Lo conté como algo extraordinario durante unos meses, hasta que me di cuenta de que cualquiera podría hablar con un mercenario y sentí por un momento ese miedo del que habla Mokhtar. Ese miedo de saber que la muerte es más fácil que la vida.

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