Namibia: aún dos noches y seis nubes de polvo

En Namibia las distancias son polvo. Se calculan a ojo, o eso cuentan al menos que hacen las aves cuando atraviesan las largas vaguadas de madera y sal con el pavor de equivocarse y alcanzar un lugar. No hay tiempo en Namibia, no es posible, no lo permiten los días muertos que siempre han de llegar. ¿Y cómo hacer entonces? “No hay forma, nada se hace para que nada ocurra. Así ocurre todo”, nos contestaban unos ojos.

Y las líneas son trazos en el mapa, carreteras por las que nunca terminas de pasar. Porque a los lados de nosotros hay tanto desierto que parece imposible sobrevivir al instinto de querer encontrar siempre un final. Imposible, es imposible, dicta la lógica. Y lo buscas en el gaznate del eterno Caprivi, capricho de lo monótono, hasta que aparecen las tierras salvajes. Entonces, en Ethosa, el mundo se deshace en vida y muerte, en círculo, como si pudiera permitirse faltar a su vieja costumbre de dividir a los unos y los otros. ¿Qué será del destino sin esa básica norma? Y Namibia mira para otro lado y se esconde del hombre.

El olor a salitre anuncia un cementerio

Después, cuando el gran lago seco queda a la espalda, se retuerce el horizonte en una planicie en la que se entierran las sombras. Porque lo plano se quiebra en formas y la carretera se convierte en vaivén sin madrigueras ni viento. Pareciera que avanzas hacia el infinito, porque Namibia es un círculo infinito. Y en tu cabeza retumban nombres de mar y huesos y el olor a salitre anuncia un cementerio.

Pero antes cae la noche sin aviso y tomas un desvío que lleva a ningún lugar. Ninguno. ¿Imaginan un largo desvío que no tenga un propósito? Y dudas de si habrá entrada y de si luego querrás salir. Y no pasa ni lo uno ni lo otro. Porque en el comienzo cantan las cigarras con vehemencia inútil hasta acallar la noche y en el silencio forzoso las cosas carecen de inercia. Todo se para sin deseo mientras la naturaleza desconfigura en belleza su rostro. En aquel hotel de espejo, tierra de Damara, un hombre sin forma nos repitió que todo se mide en polvo. “¿Ves allí donde el viento levanta nubes en la tierra? Allí acaba todo. Lo dice el polvo, sólo tienes que mirar”. Y tú miras y ves danzar la arena hacia el cielo y entiendes que no habrá forma de partir.

Nos dirigimos al sur, a un lugar que no tiene dueño

Entonces sale el sol de la mañana, pintando en ocre el universo, y te adentras por un camino denso y seco hasta el corazón del océano. Y allí yacen los esqueletos de aquellos que no entendieron que en Namibia las leyes las dicta la niebla de corcho y sus huesos se desparraman en la playa ante la mirada indiferente de los cuervos. Y todo sigue en otra línea que se divide. Una lleva al norte, tierra de los hombres de barro. Allí, hace ya algunos años, entendí que el mundo podía ser realmente ajeno. Pero nosotros nos dirigimos al sur, a un lugar que no tiene dueño y en el que tampoco te pertenece el recuerdo.

Y a la derecha las olas baten vacías las conciencias sin nombre. El mar parece llegar, duro y enrabietado, a una orilla de la que huyeron traficantes y sirenas ante tanto grito de las mareas. Así avanzas hasta que te traga el desierto. Primero, en Walvis Bay, bajo una tormenta de dunas blancas que te llena de arena los ojos. No pica, sólo te escuece algo el alma al contemplarlas y no poder abarcar su reverso. Después, ya en camino, todo muda tan deprisa que tardas en descubrir que no atraviesas un desierto, atraviesas cien.

Preguntamos a un hombre que sujetaba una sombra cuánto quedaba para las dunas rojas

Y en un bar de la nada preguntamos a un hombre que sujetaba una sombra cuánto quedaba para las dunas rojas y nos dijo que quedaban “dos nubes de polvo, tal vez tres”.  Y así seguimos sus indicaciones y llegamos allí, a donde no debiera volver. Eran montañas enormes de fina arena roja que trepaban hacia el norte con formas cambiantes. Algunas apuntaban al este y hacían extraños escorzos para perderse luego por el oeste. ¿Cómo es posible tan perfecto desorden?, descifrábamos contemplando tanta anarquía.

Necesitamos entonces sacar una brújula que escondimos al principio del viaje con vergüenza por si nos preguntaban si íbamos a volver. Tras mirar dos veces lo que aquella flecha indicaba entendimos todo y dejamos que el viento moviera de nuevo el horizonte. Nos sentamos, miramos hacia el oeste donde el sol se escondía tras dunas de cardamomo y comenzamos a contar el tiempo que quedaba para el después. El reloj indicaba con precisión que faltaban aún dos noches y seis nubes de polvo.

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Comentarios (3)

  • VHC

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    Parabens amigo!
    Muy Bonito, pq por vezes tb se mide en nubes de polvo la distância hasta llegar a la luz.
    No cambies amigo. Gostei muito.

    VH

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  • Iago Piñeiro

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    Buenas tardes,

    Me gustaría saber si están abiertos a nuevos colaboradores.

    En caso de que así sea les pido que me indiquen una dirección de correo para poder enviarles algún texto, a fin de que puedan valorar si es de su interés.

    Un saludo,

    Iago Piñeiro

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  • VaP

    |

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