Navegando el Bósforo: de Estambul a las puertas del Mar Negro

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)

Siempre me he rebelado contra las afirmaciones sin fisuras, ésas que se enuncian con tal contundencia que proscriben cualquier atisbo de duda. Todas esas verdades con presunción de infalibilidad, por insignificantes que sean, deberían pasar siempre por el tamiz del escepticismo. Había leído que no se podía entrar a la vieja fortaleza bizantina de Anadolu Kavagi, levantada en el siglo XIV sobre un promontorio estratégico en el alto Bósforo de esa Turquía asiática que se asoma al Mar Negro. Y era verdad. El castillo estaba cerrado. O eso parecía.

Rodeando sus murallas reparé en un tipo de aspecto taciturno que salió de repente de una pequeña puerta seguido de un reducido grupo de turistas. Y, tras despedirse, ahí se quedó, con su manojo de llaves en la mano, como un niño consciente de su última travesura. No hablaba nada de inglés, pero estaba claro que nosotros queríamos entrar y él podía abrirnos, a la espera de una propina más con la que ir rematando sus ingresos. Sí, se podía entrar. Sólo había que ir hasta allí para comprobarlo. Una vez más, el escepticismo había vencido.

Siempre me he rebelado contra las afirmaciones sin fisuras, tan contundentes que proscriben cualquier atisbo de duda

Pasamos detrás de él y enseguida cerró la puerta, preocupado por no dejar huellas. Dentro no había nadie. Bueno, sí, sólo una pareja recostada sobre un muro derruido, ensimismada en su momento romántico hasta confundirse casi con la piedra. Frente a nosotros, a unos pocos kilómetros hacia el norte, el Bósforo y el Mar Negro, el Ponto Euxino de los antiguos griegos, mezclaban sus aguas. Soplaba un viento furioso que se llevaba las palabras y nos dejaba a merced de los gestos y de los pensamientos. Y los míos estaban anclados en la hazaña mitológica de Jasón y los argonautas navegando en busca del vellocino de oro, el poema épico que Apolonio de Rodas dejó para la posteridad hace 2.300 años.

Rumbo a la Cólquide, una región al noreste del Mar Negro, allí donde los mapas dejaban de dibujarse, la expedición de Jasón tuvo que cruzar en el alto Bósforo su particular Rubicón: el paso de las Rocas Ciáneas, “allí en el lugar en que se estrechan las aguas del mar”. Nadie podía atravesarlas con vida pues “continuamente van al encuentro la una de la otra chocando entre sí”. El rey Fineo, agradecido a Jasón por haberle librado de las arpías, les dio la solución para salir indemnes del trance. Debían soltar por delante una paloma. Si el ave atravesaba las rocas, la nave debía ir detrás rauda y las Simplégades permitirían su paso. Por el contrario, si el pájaro moría en el intento tenían que regresar de inmediato pues, les advirtió el soberano, “no podríais escapar a una muerte terrible entre las rocas”. La paloma pasó por los pelos y el Argo pudo continuar su azaroso viaje.

Había leído que no se podía entrar a la antigua fortaleza bizantina de Anadolu Kavagi. Sí, se podía. Sólo había que ir hasta allí para comprobarlo

Ese mismo estrecho que Jasón y los argonautas lograron navegar pese a la certeza de que “sobre sus cabezas se cernía en efecto una muerte irremediable” es el que tenemos ahora a la vista, unidas ambas orillas por un moderno puente que, lejos de atrapar con garras a los numerosos cargueros que lo atraviesan, recoge sus brazos de hormigón para permitir la frecuente navegación de cargueros.

Remontar el Bósforo es navegar por la historia. Del muelle de Eminönü, en el siempre sorprendente Estambul, entre el Cuerno de Oro y el puente de Gálata y muy cerca de la inconfundible Mezquita Nueva, parte diariamente el transbordador que hace la travesía hasta Anadolu Kavagi. El billete cuesta 25 liras turcas (menos de ocho euros) y el viaje dura una hora y media. Conviene estar con tiempo para asegurarse un buen sitio en cubierta (lo mejor es sentarse a la ida a estribor y a la vuelta a babor, o viceversa, para disfrutar de las vistas en ambas orillas).

Soplaba un viento furioso que se llevaba las palabras y nos dejaba a merced de los gestos y de los pensamientos. El mío se iba a Jasón y los argonautas

Antes de llegar a Besiktas, la primera de las seis paradas, a nuestra izquierda deslumbra la fachada del palacio de Dolmabahçe, el arrebato arrogante del sultán Abdül Mecit a mediados del siglo XIX para desmentir, con la ayuda de varios préstamos de bancos extranjeros, la imparable decadencia del imperio otomano.

Luce un sol espléndido, pero el viento del noroeste obliga a abrigarse pronto en cubierta. Las corrientes del estrecho son tan poderosas que notas la fuerza del Bósforo bajo el casco de la embarcación. Tras dejar atrás el parque Yildiz, a la altura de Ortaköy, siempre en la orilla europea, navegamos bajo el puente del Bósforo, de más de un kilómetro de longitud, el primero que se construyó sobre el estrecho. Mucho antes, en el siglo VI antes de Cristo, Darío I “el Grande”, rey de los persas, tendió un puente de una a otra orilla (desde el actual barrio de Üsküdar) mediante una sucesión de barcas para pasar con su ejército, una obra de ingeniería descomunal para la época.

Las corrientes del estrecho son tan poderosas que notas la fuerza del Bósforo bajo el casco de la embarcación

A un lado y al otro se suceden los suntuosos “yalis”, las antiguas residencias de verano que desde el siglo XVIII levantaron los pachás y visires del Estambul otomano a lo largo del Bósforo como seña de distinción y posición social, y cuyo abandono alimentó la pesadumbre de escritores como el Nobel Orhan Pamuk. “Cuento los barcos que pasan desde que tengo uso de razón”, cuenta Pamuk en su “Estambul. Ciudad y recuerdos”, al tiempo que atribuye el placer que produce pasear por el Bósforo a que “uno siente que se halla en un mar en movimiento, poderoso y profundo dentro de una ciudad enorme, histórica y descuidada”.

El punto más estrecho del Bósforo, 660 metros entre ambas orillas, es fácilmente reconocible por las dos fortalezas que controlan el paso más estratégico del estrecho: Rumeli Hisan, construida por Mehmet “el Conquistador” en la parte europea para culminar la toma de Constantinopla, y Anadolu Hisan, la réplica asiática levantada por Bayaceto I. Un poco más adelante, poco después de cruzar el segundo puente, el de Fatih Sultán Mehmet, llegamos a Kanlica (famosa por sus deliciosos yogourts), segunda parada de la travesía. En el Bósforo medio se encuentra, a babor, la bahía de Istinye, su puerto natural por excelencia, ya casi a la vista de Yeniköy, una sucesión de fachadas decimonónicas donde la embarcación se detiene de nuevo unos minutos.

La fiebre fotográfica ha aminorado en el pasaje, lo que hace más llevadera la navegación en cubierta

Afortunadamente, la fiebre fotográfica ha aminorado en el pasaje, lo que hace más llevadera la navegación en cubierta. Ya en aguas del alto Bósforo, Sariyer es una sucesión de barcos pesqueros que nutren a los mercados estambulíesi. Es la última parada antes de detenernos en los dos pueblos, uno en cada orilla, que marcan el final de la ruta: Rumeli Kavagi y Anadolu Kavagi. En estas aguas donde el Bósforo se ensancha para unirse con el Mar Negro, la pesca de arrastre es numerosa y las embarcaciones luchan con las fuertes corrientes para obtener la mejor captura.

La fortaleza Genovesa, de origen bizantino, está encaramada sobre una colina por la que se dispersan las casas de Anadolu Kavagi, una aldea de pescadores que huele a sardinas asadas y a última frontera. Las casas de madera junto al muelle, alguna desvencijada, no hacen sino acentuar esa impresión de estar a punto de pisar un lugar al que huir, donde refugiarse de los sinsabores del mundo. Más allá, aguas arriba del Bósforo, el perímetro militar restringe el paso. De hecho, mientras subimos a pie la ladera del cerro donde se levanta el castillo pasamos por un acuartelamiento turco.Un poco más arriba nacen unas escaleras, a mano izquierda de la carretera, que nos llevan a través de diversas terrazas de restaurantes, a cuál más apetecible, hasta el viejo fuerte (también se puede subir en alguno de los escasos taxis de la localidad). Un perro, el más listo de la clase, disfruta ensimismado de un mirador privilegiado sobre el estrecho, como si el tiempo no fuera con él.

Tras casi media hora de subida, estamos por fin dentro de la fortaleza, en un descampado salpicado de arbustos ralos, con el Bósforo a nuestros pies

Y tras casi media hora de subida, ahí estamos por fin dentro de la fortaleza, en un descampado salpicado de arbustos ralos, con el Bósforo a nuestros pies, a un lado Estambul, allá a lo lejos asomando entre la bruma, al otro el Mar Negro y enfrente Europa, disfrutando del momento único que nos ha regalado el paisano del manojo de llaves, que se ha ganado la propina por derecho.

De nuevo en el pueblo, apuramos el tiempo para subirnos de nuevo al barco que nos llevará de regreso a Estambul. No hay que irse de Anadolu Kavagi sin probar una ración de hamsi (parecidas a las anchoas), el plato estrella local que te cocinan a la vista en la propia calle. Nosotros elegimos el Kösem Balik, pero el pueblo está bien surtido de restaurantes y los precios son asequibles.

Desde Anadolu Kavagi parten autobuses que recorren todo el litoral asiático hasta Usküdar

Para quien disponga de tiempo, desde Anadolu Kavagi parten autobuses (en la misma plaza principal) que recorren todo el litoral asiático hasta Usküdar, ya en Estambul, una excelente ocasión para conocer las pintorescas localidades que jalonan esa orilla del estrecho. Nosotros optamos sin embargo por el transbordador, una travesía que, saciada ya la premura fotográfica, es más reposada e introspectiva. El Bósforo, ahí abajo, sigue rugiendo.

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