Nicaragua: cromoterapia contra la pobreza

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)

Managua tiene algo de cicatriz por cerrar en la que se aprecian aún suturas en su piel. Las capitales centroamericanas manejan un desorden en el movimiento lento que tiene algo de atractivo. Probablemente no son lugares bellos desde un punto de vista estético pero en esa complejidad del ir y venir uno encuentra siempre una distracción por la que deambular.

La capital de Nicaragua tiene todas esas virtudes y defectos y le añade con carácter propio un delirio de cromoterapia creada por Rosario Murillo, una poeta convertida en vicepresidenta que maneja sus decretos en puño, rima y  verso.

A Nicaragua fui a cubrir el pasado noviembre unas elecciones donde no se elegía nada que no fuera la cantidad de poder que se iba a atribuir el viejo revolucionario que como tantos encontró en su mesiazgo una excusa para perpetuar su poder. Casi, desde un punto de vista político lo reseñable es que se oficializó que Daniel Ortega designaba como sucesora a su mujer, La Chayo, encargada de crear un lugar donde la realidad se modifica a brochazos de colores.

Encargada de crear un lugar donde la realidad se modifica a brochazos de colores

Porque Managua es hoy una sucesión de enormes árboles de luces de colores brillantes que se encienden cuando cae la noche en sus principales avenidas convirtiendo ánimas, pozos y vendedores ambulantes en piezas de un circo. La Avenida Bolívar, desde la rotonda Hugo Chávez y hasta el lago Xolotlán, es un delirio de luces por el que algunas noches caminaba casi culpándome de que en parte me gustara.

Junto a las aguas del lago esta la feria del Puerto de Salvador Allende que comparte espacio con la Plaza de Juan Pablo II y los bares y restaurantes, al otro lado, del parque Acuático. La vida como una piñata en la que cabe todo y en la que los héroes de las independencias y revoluciones de izquierdas de toda América Latina, debidamente consagrados en otra rotonda, comparten palco con el Papa polaco, probablemente el pater más conservador de los últimos cien años. Pero en el mundo de Ortega y Murillo, creado ad hoc para “paternalizar” la patria, lo más importante es no importunar a nadie para conseguir que parezca lógico el apoyo de todos.

En todo caso ese centro de Managua  me era en parte atractivo y en parte bizarro. Lo anduve con cierta calma en varias jornadas y vi su vieja Catedral de la que sólo le queda su fachada en pie, el teatro Rubén Darío o el Palacio Nacional donde durante años los Somoza, una de esas familias de sátrapas que desangraron el continente en esos cien años de militares y sangre, se atrincheraron hasta que el miedo les hizo delegar el poder.

Tanta luz no pueda ocultar en todo caso la obscena pobreza de las colonias

Es verdad que tanta luz no pueda ocultar en todo caso la obscena pobreza de las colonias a las que entraba como periodista sin dejar hueco al viajero. Me llamó la atención también ver familias con sus hijos jugando entre las fuentes del Museo Nacional a horas en las que amanecen miserias. Managua tenía una vida familiar en sus avenidas por la noche y eso, comparado con otros lugares del entorno, es un síntoma claro de bienestar. La violencia de un lugar se mide mirando sus calles entre luna y sol.

Luego, con un fabuloso conductor que conocí, Jaime, con el que hice una cierta amistad, fui descubriendo otros lugares del país. Él era un ex guerrillero que luchó con los sandinistas en los tiempos de la Guerra Civil y un entregado seguidor de Ortega y Murillo que zarandeaba la cabeza cuando yo le preguntaba: ¿Y qué te parece que sus hijos sean los empresarios más ricos del país, no traiciona eso la revolución? Y él, con gesto contrariado me respondía: “No, eso no está bien” para luego, buscando alguna escapatoria, decirme: “Pero al menos el dinero y el trabajo se queda acá”.

Anoté en una libreta de deudas que nunca llevo que era obligatorio volver

Juntos llegamos al mirador de Catarina desde donde se ven las aguas azules de la Laguna del Apoyo mientras los caballos pastan sin necesidad de levantar la cabeza más de un palmo del suelo. Luego anduvimos por la ciudad de Granada contando plazas y calles bellas, edificios coloniales con tejas rojas e Iglesias con portones de madera ilustre. Cuando perdí la cuenta y acabé en la orilla de un lago en el que me dijeron hay islas donde se refugian monos y hombres entendí que una mañana no era tiempo para conocer ese lugar y anoté en una libreta de deudas que nunca llevo que era obligatorio volver.

Lo último que recuerdo de aquellos fabulosos días en Nicaragua fue la enorme amabilidad de las gentes, la celebración de la victoria del FSLN por una tropa de jóvenes “envalentonadamente” pobres y el encender de nuevo de una noche. Y no era como con los árboles de Murillo, aunque su naranja y amarillo fuera casi más intenso. Llegué al volcán Masaya, me senté en una roca desde la que se contemplaba el fluir de la lava de las entrañas del mundo y sentí de alguna manera el liviano peso del mañana.

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