Niñas soldado: su relato del horror

Nota de autor: finalmente el reportaje de las niñas soldado violadas al que le faltaba una foto se publicó el pasado domingo en la sección de Internacional del periódico El Mundo. Aquí pongo la historia completa, el texto íntegro que por problemas de espacio no se pudo publicar en el diario. Las dos revistas especializadas en reportajes lo rechazaron sin leer una frase. Dijeron que el tema no les interesaba, sin más. La historia debe conocerse quizá para intentar que no se vuelva a escribir. Mi más profunda admiración a estas tres mujeres que no lloran ni se rinden. Las tres, madres, aprendieron a volver a reir.

El texto

Tenían 11, 14 y 15 años. Tres niñas, tres soldados. Tres historias calladas, enterradas durante 20 años en los que se ha mirado para otro lado. Incluso entre ellas es en estas entrevistas cuando escuchan por primera vez lo vivido por las otras. Hablan poco al principio, despacio, con cierto miedo. Recuerdan. Sonríen. Se ayudan unas a otras. Nunca lloran ni parecen débiles. Miran sin mirar. Y de pronto deciden de una vez, tras dos décadas de silencio, narrar el horror.

(Los nombres de las tres mujeres son falsos por expreso deseo de ellas. Tienen miedo de represalias y no quieren ser reconocidas)

Rosalina

Rosalina señala el lugar exacto en el que fue raptada. “Allí, junto al pozo”, dice sentada bajo un árbol de su humilde y limpia casa del interior de la provincia de Gaza a la que tardamos una mañana en llegar. “Vimos polvo. Mi hermana gemela y yo estábamos jugando. Eran las dos de la tarde. Una vecina comenzó a gritar, pero no nos dio tiempo a huir”. Un batallón de Renamo, guerrilla opositora al Gobierno de Frelimo, entró en su aldea de día. Sorprendieron a los soldados del ejército borrachos. Se llevaron a las dos hermanas y algunos niños más de la aldea. Ahí comenzó la tortura para Rosalina. ¿Qué edad tenías? “Teníamos once años”, responde.

Mataron a un niño delante de todos para que viéramos lo que pasaba a los que se fugaban

Los soldados llevaron a todos a una base oculta en medio de la espesa selva. “Nos metieron en una cerca de pincho, como la de los bueyes, donde nos encerraron. Como no quise comer nada me pegaron una paliza, decían que quería huir. Mataron a un niño delante de todos para que viéramos lo que pasaba a los que se fugaban”, explica con tono distante. “Si queríamos hacer pis teníamos que avisar a los guardas Entonces nos acompañaban uno o varios hombres para mirarnos. Intentábamos aguantar todo lo que podíamos para no ir”.

No duro mucho  el ser “ganado”, los soldados de la base a la semana entraron en el corral y seleccionaron a sus mujeres, sus mujeres de 11 años. Ahora eran “esclavas sexuales”. “Me separaron de mi hermana. Nos escogieron unos hombres y nos prohibieron hablar. Cada vez que nos mirábamos comenzábamos a llorar. Yo pensaba en lo que ese hombre me estaba haciendo y miraba a mí hermana y no podía contener el llanto. El suyo era un hombre muy grande y gordo”. Las violaban, sin más, a su antojo.

El hecho de que saltara su corazón por los aires lo interpretaron como una maldición y durante algún tiempo ninguno quiso tocarme

Sin embargo, Rosalina tuvo la suerte de que su “dueño” pisó una mina y su cuerpo estalló en pedazos. Tanto que el resto de soldados vieron saltar su corazón por los aires. “Cuando me enteré estaba feliz de que ese hombre ya no iba a tocarme, pero el resto de soldados me vieron celebrarlo y me pegaron una paliza hasta casi matarme. Lo bueno es que el hecho de que saltara su corazón lo interpretaron como una maldición y durante algún tiempo ninguno quiso tocarme”.

Pasó el tiempo, la hermana gemela de Rosalina consiguió huir del campamento y ella fue trasladada a la base del famoso General Gomes al que describe así: “Tenía el alma de un perro”. En aquella base, ya con 14 años, Rosalina pasa de ser un mero objeto de uso al servicio de la tropa a ser un soldado.  “Comenzó la instrucción en un batallón de mujeres. Todas llorábamos todas las noches. ¿Iba a tener que matar?, me preguntaba. Yo rezaba todas las noches para morir”.

Los soldados obligaban a madres a posar a sus bebés en el suelo y a matarlos ellas mismas con un palo en la cabeza

Con 15 años sin embargo, Rosalina comenzó a luchar. O eso o era ejecutada. “Me dolió mucho ver matar a tanta gente. Entrábamos en poblados y los soldados obligaban a madres a posar a sus bebés en el suelo y a matarlos ellas mismas con un palo en la cabeza. En una ocasión entramos en un poblado y comenzaron a matar bebés y niños a machetazos. Nosotras nos asustamos. Reculamos y el comandante nos salvó de ser fusiladas al volver al cuartel y decir al general Gomes que luchamos en el frente hasta el final”. (Entonces se ríen todas recordando como en ocasiones disparaban sin mirar para hacer ver que luchaban).

Eran tiempos de una guerra cruel en la que todo era jodidamente lícito. “Pasábamos mucha hambre. Una vez llegamos a una aldea de la que había huido la tropa de Frelimo. Habían dejado comida en el fuego. Comenzamos a comer y de pronto nos dimos cuenta de que estábamos comiendo seres humanos. Era una trampa”.

Comenzamos a comer y de pronto nos dimos cuenta de que estábamos comiendo seres humanos. Era una trampa

La guerra terminó. Rosalina pasó los últimos cinco años junto a un comandante que la seleccionó como su mujer. “Nunca le quise. Me pasé más de cinco años por el pánico sin tener la menstruación y cuando me llegó me quedé embarazada. Me separé de él y volví a casa tras el acuerdo de paz. (Él le ofreció irse a vivir juntos a su aldea). No le quise volver a ver”. ¿Qué recuerdas de aquellos tiempos? Ella calla, piensa unos segundos y dice “tengo una herida incurable en el fondo de mi corazón”. Se levanta y se va.

Laura

Laura volvía de la escuela con tres  amigas cuando las tropas de Renamo las secuestraron en la provincia de Inhambane. “Nos llevaron a una base y nos amenazaron con matar a todos si intentábamos huir. Habían matado a todo un grupo por un intento de fuga. Siempre dejaban a uno libre para contarlo”, recuerda Laura de su primer contacto con su nueva vida. Laura habla menos pero narra situaciones similares a las vividas por Rosalina. “Yo el primer día no fui a hacer pis”, dice provocando la risa de todas.

La base de Renamo fue atacada y tuvieron que huir al monte, lejos de sus casas, ni sabían dónde estaban. “Llorábamos. Dormía y soñaba con huir. Así durante meses”. Ella cuenta con menos adjetivos el horror, pero lo cierto es que no hace falta dar muchos detalles para comprender. “No te podías negar a estar con uno o con varios hombres. No eras nadie, nada. Si te precisaban tres comandantes hacías todo lo que ellos querían”, explica. Laura recuerda también los tiempos en los que pasó a combatir y disparaba sin mirar, el miedo. “Una vez me pegaron una paliza por asustarme. Estaba viendo como una madre era obligada a matar a su hijo y vieron que me asustaba”, dice.

No eras nadie, nada. Si te precisaban tres comandantes hacías todo lo que ellos querían

Sin embargo una mina le licenció como soñaba y le quitó una pierna para toda la vida. “Me dispararon en una pierna en un encuentro con Frelimo y al intentar huir pisé una mina con la otra. Lo siguiente que recuerdo es que desperté en un hospital de Inhambane. Las tropas de Frelimo la habían capturado y enviado al hospital”. ¿Querías ganar la guerra? “Quería que acabara todo. Me daba igual quien ganara”. ¿Qué recuerdas si piensas en aquellos días? “Recuerdo con orgullo que ayudé a salvar gente (habla de gente que no mató o dejó huir).

Hoy Laura tiene cuatro hijos, un marido que la abandonó y muy pocas ayudas. “Quizá me dejó porque soy deficiente, pero eso ya lo sabía cuándo me conoció”, explica con cierta inocencia. Tiene valor, mucho. Decidió ya adulta ir a la escuela de la que le raptaron con 15 años y terminó el equivalente a Secundaria. “Nunca repetí un año”, aclara con orgullo. Tiene miedo de que la prótesis de madera se estropee, no tiene dinero para comprar otra, las ayudas del Gobierno son mínimas.

Juana

A ella el lado de la trinchera le cogió con Frelimo. Con 14 años alguien apareció en su casa y le ofreció ir a estudiar medicina. “Mi sueño era ser médico así que convencí a mis padres para que me dejarán. Fui voluntaria”. Lo que le esperaba no era una escuela, era un cuartel. “De pronto me vi en una vida militar. Nos levantaban a las cuatro de la mañana para hacer ejercicio. No era lo hablado y hui al tercer día. Me fui a esconder a casa de mi abuela. Pronto estaba todo lleno de militares buscándome. Me cogieron y el castigo fue llevarme de avión hasta Maputo, lejos de mi casa, para que no pudiera volver a escapar”.

El castigo fue llevarme de avión hasta Maputo, lejos de mi casa, para que no pudiera volver a escapar

Al principio lloraba todo el rato, sentía un gran dolor en el corazón pero teníamos miedo, no hablábamos”. ¿Y entre vosotras? “Tampoco. No había solidaridad entre nosotras, había pánico”. Juana tuvo suerte, encontró entre la tropa un buen marido, padre de sus hijos con el que comenzó una relación formal. “Pedimos licencia para casarnos que nos fue concedida por Guebuza (actual presidente de Mozambique)”. Sin embargo, en su base estaba penado que hubiera embarazos. “Si alguna quedaba embarazada ella era castigada a cavar trincheras por la noche y él era trasladado a otra base”. Frelimo era un ejército regular con una cierta disciplina que castigaba los abusos sexuales.

Ella acabó siendo instructora de otras mujeres. “No me gustaba porque había que gritar mucho y a mí eso no me gusta”.. Tuvo que vivir con su marido e hijos durante años, sorteando la muerte, metida en una guerra que no le importaba y que nadie le pidió entrar en ella. Su trabajo era el mismo que el de las amas de casa. “Limpiábamos, íbamos a por leña, cocinábamos…”.  ¿Qué te viene a la cabeza al recordar aquello? “Estoy orgullosa. Soy una mujer fuerte, superé miedos, timidez. Las mujeres africanas no salen de casa ni tienen este coraje”, contesta.

Hoy todas, antiguas enemigas, cooperan para que les otorguen su lugar en la historia. Les robaron el futuro de niñas y ahora reclaman que les reconozcan el pasado como mujeres. “Buscamos que nos reconozcan nuestros derechos, que se cuente nuestra historia y no se olvide”. Están en un limbo. Nadie las ayuda. Las ONG las tachan por militares y  los militares las tachan por mujeres. Han pasado 20 años y ahora reunieron ya el valor para relatar el silenciado horror.
(FIN)

Abajo pongo dos apoyos que mandé al periódico para contextualizar el conflicto

El uso de niñas en las guerras

En Mozambique se calcula que hubo 100.000 niños que participaron en su guerra civil. Unicef cifra en 300.000 los niños que están ahora  luchando en conflictos armados en el mundo, de las que el 40% se calcula que son niñas. La ONU califica como niña soldado a cualquier menor de 18 años que participe en el conflicto, sea portando armas, como cocinera, limpiadora o esclava sexual. En Mozambique muchas “mujeres” que lucharon en la guerra fueron licenciadas justo antes de que se firmara el armisticio y mandadas a casa.. No reciben, por tanto, ninguna pensión de ex combatiente al no figurar como soldados. Muchas recusaron solicitarla después por miedo a que fuera una trampa para volver al Ejército. La propia ONU reconoce que las niñas muchas veces quedan fuera de los programas de reinserción obligatorios en cada país para ex combatientes. Luchan, las violan y las que sobreviven las mandan a casa.

Una milagrosa transición en entredicho

El conflicto civil duró desde 1977 a 1992. Hubo cerca de un millón de muertos y cinco millones de desplazados. Tras las primeras elecciones democráticas de 1994 se hizo un fuerte trabajo de reconciliación en el que participaron las entidades políticas y multitud de ONG internacionales. Hubo equipos de trabajo que fueron aldea a aldea educando para que los ex combatientes de ambos bandos se perdonasen. Durante casi 20 años el país ha curado parte de sus profundas heridas y se ha conseguido un importante crecimiento económico que, sin embargo, no consigue rebajar el índice de pobreza. La pasada semana, por primera vez en dos décadas, hubo enfrentamientos armados entre miembros de Renamo y Frelimo que acabaron con la muerte de militares y civiles. La sociedad hace llamamientos a la paz, mientras los dos grandes partidos mantienen sus amenazas.

P.D. Estas entrevistas pudieron realizarse gracias a la ayuda de una investigadora que está realizando la primera tesis doctoral sobre este conflicto. Su trabajo y conocimiento es inmenso. Tampoco se puede dar su nombre, pero sin ella no hubiera tenido la oportunidad de contar esta brutal historia. Gracias!

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Comentarios (16)

  • Ana

    |

    Gracias también a ti por contarlo….

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  • Olga Moya

    |

    Testimonios imprescindibles para entender el horror de una guerra desde las entrañas, para empatizar con las víctimas, para que nos siente mal el desayuno y le dedicamos más de dos minutos a reflexionar sobre el terror de la violencia. Qué necesarias son las historias como ésta, acostumbrados como estamos a que nos narren el terror en cifras y no en historias personales. Genial Javier! P.D. No es una historia sin foto, la fotografía de las tres sombras me evoca más que cualquier retrato.

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  • Rosa

    |

    Impresionante artículo. Nada mejor como que te cuenten los protagonistas su historia. Estremece leerla, supongo que a ti, que la oíste directamente de ellas, te impactaría mucho más.

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  • Juan Antonio Portillo

    |

    No llego a comprender, ni comprenderé nunca la existencia de atrocidades como las que narra tu escrito, Javier.

    Al menos me alegra de que lo hayas podido publicar en el diario para que se sepa.

    Un abrazo

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  • javier brandoli

    |

    Lo duro de esta historia es que hoy está pasando de nuevo y mañana también. En ocasiones creo que nos conviene a tod@s recordar que esto existe. De nuevo, mi agradecimiento a las tres admirables protagonistas de esta historia que, a propósito, están invitadas a comer a mi casa cocinando yo (lo que no sé si es una buena o mala notica para ellas).

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  • Juan Antonio Portillo

    |

    lo será si les preparas el risotto y el de tres bandas……!!!!

    y ya me encantaría a mí compartirlo con vosotr@s…

    Abrazos

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  • Juancho

    |

    Recuerdo una conversación, hace mucho tiempo, en el chiringuito de un puerto, no sé si en Málaga… No lo recuerdo. Pero sí que hablamos de qué miserable es el ser humano tantas veces, y que profundamente injusto es el mundo. Tú, Brandoli, siempre optimista, defendías que es evidente que estamos muchísimo mejor que hace siglos, que el mundo avanza, aunque sea a pasos lentos, hacia la justicia social… Desde entonces cuántas cosas hemos/has vivido. Cuando vayamos este verano a verte tendremos que volver a sentarnos en un puerto, y charlar…

    Mientras. Enhorabuena por tu lucha

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  • Lydia

    |

    Son historias desgarradoras, espeluznantes. Estas mujeres tuvieron que madurar de golpe, a base de sufrimiento, vejaciones, etc.
    Era necesario que fueran estas historias fueran publicadas también en otro medio de comunicación para que tengan mayor difusión.

    Enhorabuena por tu trabajo.

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  • Berta.

    |

    Horroroso, horroroso, horroroso. Y todo esto ha quedado impune. Lo único positivo es que hay alguien que se dedica a contarlo.
    ¿Qué sería de nosotros sin internet?

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  • Laura

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    Terrible! y como bien dices, que siga ocurriendo lo es aún más…
    Gracias por contarlo al mundo, a ver si nos vamos despertando de una vez!

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  • Javier Brandoli

    |

    Lo positivo e increíble es conocerlas y ver cómo encarán la vida. Son mujeres formidables!!!

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  • Laura

    |

    Sin duda lo son

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