General Carrera Lake, azul entre los Andes

“No dejéis de ir allí, os desviaréis del camino pero creedme, merecerá la pena.” Aquel fue el consejo apasionado de un motorista brasileño, llamado Felipe, con el que coincidimos en una gasolinera recóndita de los caminos patagónicos en Argentina. Hablaba del lago General Carrera, que adquiere ese nombre en territorio chileno, pues el mismo lago se  conoce como “Buenos Aires” cuando baña orillas argentinas.

El nombre era lo de menos. La descripción de Felipe era elocuente: “índigo, el agua es de un azul índigo”, decía el motorista al evocar su paso por el lago. Para llegar allí debíamos dar un rodeo notable, un retraso que sin duda nos castigaría más tarde con jornadas interminables sobre caminos de ripios, pero siempre he creído que la aventura radica en confiar en los demás, en dejarse llevar por los relatos más vehementes de aquellos viajeros que el camino se encarga de presentarte.

siempre he creído que la aventura radica en confiar en los demás

Allí nos dirigimos pues, atravesando una noche que ni era azul índigo ni medianamente azul. Era negra e incómoda y entre los baches del sendero y las horas al volante, los juramentos y menciones al brasileño nos tuvieron despiertos. Nos alojamos en un casa-hostal de una localidad cuyo nombre nunca llegamos a saber, pero aquel lugar se asomaba al lago y fue al amanecer cuando entendimos de golpe el fervor de aquel motero.

Creí haber llegado al Caribe en mitad de los Andes. Como dijo, Felipe, el agua era de un azul índigo encendido, turquesa en ocasiones y con tono esmeralda en algunas orillas. Avanzamos hacia el lago como quien ve la luz al final del túnel, casi por inercia, sumidos al hipnotismo de un agua que brillaba entre montañas nevadas.

como un demente me lancé al abrazo del agua y salté al lago con una querencia animal.

Yo prescindí de la ducha y como un demente me lancé al abrazo del agua y salté al lago con una querencia animal. La idiotez me duró lo que duró el escalofrío helado de agua glacial. Pero estábamos encantados, absortos por aquel resplandor. Lo que iba a ser una visita fugaz duró todo el día. Alquilamos una lancha y nos adentramos en el General Carrera. Grabamos la maravilla de un lago patagónico con vocación de mar.

Para coronar lo excéntrico de aquel paraje, surgen unas rocas de formas tan improbables que parece un juego de artificio, un truco de magia. Algunas se sostienen por pilares finos, burlándose de la gravedad, otras forman grutas por las que se colaba nuestra lancha.

La Catedral de Mármol es la más audaz de aquellas piedras caprichosas. Emerge como un santuario entre las aguas transparentes. Pasamos el día grabando sus formas, su contexto tan frío como hermoso. Sólo al caer la tarde conseguimos dejar de grabar el lago. La carretera ascendía para poder brindar un último adiós al General Carrera en toda su magnitud. Gracias Felipe.

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