Pang-la: la mejor “terraza” del Himalaya

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)

“Desde el punto de vista alpinístico era imposible imaginarse una visión mas horrorosa”. Ésa es la primera impresión que causó en Mallory la cara norte del Everest en 1921. Camino del campo base en Rongbuk, su impresionante mole te sale al paso desde la cima del Pang-la, sin duda el mas privilegiado mirador del Qomolangma (su nombre en tibetano). Hacia allí nos dirigimos.

Desde Shegar, la expedición de Mallory tardó cuatro días en alcanzar a pie el monasterio de Rongbuk. Nosotros lo haremos en seis horas. Allí recibieron la bendición de los monjes y la tradicional “puja” budista, una ceremonia para ahuyentar los malos espíritus y purificar el alma que los himalayistas, entonces y ahora, no suelen obviar por si acaso. Uno de los integrantes de la comitiva británica, Bentley Beetham, definió esa experiencia en el definitivo asalto a la cima de 1924 como “la mas impresionante y conmovedora a la que haya asistido nunca”. Nosotros no tuvimos que esperar tanto para vivir esa inolvidable ceremonia en el lugar más inesperado.

El bombero ciclista

En el restaurante del hotel Kangjong de Shegar los bancos corridos están pegados a la pared. Se come codo con codo con el resto de clientes. A la hora de la cena no hay más occidentales. Sólo una larga hilera de rostros atezados por el sol inclemente del Tíbet. Pronto nos abren un hueco con la habitual amabilidad de estas tierras. Sorben sus sopas hasta hacer palidecer a Belén mientras intentamos echarnos al coleto un par de tes con mantequilla de yak que saben a cuernos. La cena, arroz frito con verduras para no provocar al estómago, la compartimos con Richard, el bombero que recorre en bicicleta estas cordilleras tan bellas como infernales. Apremiado porque su visado termina dentro de unos días, no ha tenido más remedio que hacer en autobús el trayecto entre Lhasa y Shigatse. Su jornada ha sido demoledora. Llegar de Lhatse al Gytso-la le ha costado cinco horas de duro pedaleo. Mañana no será mucho mejor: espera llegar al monasterio de Rongbuk casi de noche. Está derrengado. Intercambiamos historias de viajes mientras cenamos. La luz se va un par de veces y nos quedamos a oscuras.

Se come codo con codo con el resto de clientes. A la hora de la cena no hay más occidentales. Sólo una larga hilera de rostros atezados por el sol inclemente del Tíbet

Ya en la habitacion, a falta de una cesta de frutas que tampoco se espera nos han llenado la palangana con agua caliente. La ducha de gato promete. Solo pensar en recorrer el pasillo a oscuras hasta el pestilente baño de los dos agujeros me entran pesadillas, así que preparamos dos recipientes, cortando botellas de agua, por si a medianoche entran ganar de ir al lavabo. Antes de dormir, terminanos de poner orden en la mochila, porque conviene aligerar peso para las dos noches que pasaremos en Rongbuk, a los pies del glaciar que viste la cara norte del Everest.

“Puja” en el desayuno

Los insomnios provocados por la altitud, o quizá los nervios por encontrarme tan cerca de la gran montaña, me dejan esta vez dos horas en vela. Nada que un buen desayuno (chapati con tortilla y mermelada, café con leche y zumo) no pueda remediar. Cuando estamos a punto de salir se acerca una anciana con un cuenco humeante en la mano. Sabedora de que nos dirigimos al campo base del Everest quiere bendecirnos con una “puja” y ganarse, de paso, un puñado de yuanes. Yo había leído que los monjes realizaban la ceremonia quemando ramas de enebro, esparciendo granos de arroz y tiznando la cara de los bendecidos con harina de tsampa (la harina de cebada cocida que es la base alimenticia de los tibetanos). Pero la encorvada mujer se afana en ahuyentar los espíritus malignos que deben estar acechando a nuestro alrededor con el humo que esparce un condumio de hierba, tsampa e incienso. Purificado el cuerpo y disipadas las oscuridades del alma, estamos preparados para ponernos en ruta bajo un sol en plena exhibición.

Nada más salir de Shegar, nos detenemos en un escrupuloso check-point en el que me gano una merecida reprimenda por hacer una foto a destiempo. Sacar la cámara cuando hay armas de por medio siempre es un riesgo de imprevisible desenlace en Lugares lastrados por el subdesarrollo. Un poco más adelante, en Chay, ya a 4.300 metros de altura, la historia se repite. Ahora toca comprobar nuestros permisos.

Sólo Imaginar las pedaladas que le quedan por delante hasta Rongbuk me produce agujetas. Ni siquiera me explico cómo se las apaña para respirar

Por fin nuestro todoterreno se encarama a las primeras cuestas del Pang-la, el gran puerto desde el que se disfrutan unas magníficas vistas de la cordillera del Himalaya, Everest incluido. Por aquí pasaron las dos expediciones de Mallory en 1922 y 1924. Camino del alto, adelantamos a Richard, titánico sobre la bicicleta. Verle ascender estas descomunales cuestas desde la comodidad de nuestro coche desinfla en un segundo cualquier prurito aventurero. Sólo Imaginar las pedaladas que le quedan por delante hasta Rongbuk me produce agujetas. Ni siquiera me explico cómo se las apaña para respirar.

La vida desde el Pang-la

Coronados los 5.120 metros del Pang-la, el corazón es un jolgorio. ¡Menudas vistas! A un lado, el Makalu, el Lothse y el Everest, imponente, majestuoso, pletórico. Al otro, el Cho-oyu. Más allá, todavía agazapado tras la línea del horizonte, el Shisha Pagma, que descubre su cumbre mientras se desciende el puerto. Pasamos casi una hora en la cima e incluso nos animamos a ascender una pequeña colina que promete una mejor panorámica. ¡Cuánto esfuerzo cuesta dar un paso para remontar el empinado promontorio! Arriba, como no puede ser de otra forma, hay un grupo de risueños japoneses con sus cámaras digitales. Pero con el mar de nubes a nuestros pies, el momento es mágico, inconmensurable. A menos de 80 kilómetros de distancia, el Everest se yergue desafiante, enigmático. El cielo está completamente despejado de brumas. No sé si la “puja” ha conseguido espantar a las deidades malignas, pero al menos ha ahuyentado a las nubes, para mí más que de sobra. Y como el viajero siempre quiere más, sueña ahora con más fuerza con la posibilidad de ver la cumbre de las cumbres desde Rongbuk sin neblina que la estorbe, algo nada sencillo en época del Monzón.

Al admirar el Everest desde aquí en 1922, el fotógrafo y escalador John Noel -miembro destacado de la expedición de Mallory- comentaria que él y sus compañeros se habían sentido insignificantes. Para el general Bruce, jefe de la expedicion, el trayecto desde Shegar a Rongbuk a traves del Pang-la era “una de las mas placenteras marchas que jamas haya hecho”. Y el propio Mallory cuenta que se quedaron “pasmados de admiracion” ante semejante espectaculo, “que borró de nuestras mentes cualquier otra idea”. “No hicimos ninguna pregunta ni comentario -escribió en una de las cartas a su mujer-. No hicimos otra cosa que mirar”. Nada más y nada menos que mirar, añadiría yo.
Satisfecho nuestro afán de belleza, bajamos el Pang-la a traves del valle de Dzaka. Al mediodia cambiamos de coche en Pasum. Se trata de que a Rongbuk llegue el menor número posible de coches. Ahora compartimos asientos con ocho turistas más y sus respectivos guías. La excitación crece por momentos. Tras cada recodo, después de cada loma que coronamos, el viajero confía en que, esta vez sí, asome rotunda la cima del Everest, ahora a apenas veinte kilómetros.

Media hora antes de llegar a nuestro destino, y con las cervicales descalabradas de tanto otear a través de las ventanillas, el milagro se produce. El Everest, el Qomolangma, la madre de todas las montañas, se deja ver en todo su esplendor. Estamos a punto de llegar al monasterio de Rongbuk, a un paso del campo base. Los sueños, a veces, se cumplen. Sobre todo cuando las “pujas” hacen bien su trabajo.

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Comentarios (1)

  • Victor S.

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    Para los que nos gusta la montaña debe ser lo maximo… Menudo viajazo!

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