Pére Lachaise: mi vecino Jim Morrison

Por: Enrique Vaquerizo (texto y fotos)

Se extiende la noche sobre el barrio de Le Marais y una figura la recibe impasible desde una de las buhardillas de la rue Beaux Arts mientras contempla el ajetreo de los últimos judíos que cierran sus negocios. Se extiende la noche sobre Le Marais y las luces de París parecen saludarla encendiéndose poco a poco, acompasadamente, como en una trémula sinfonía. La figura se mueve un poco en el quicio de la ventana, lentamente, casi con coquetería, y nos deja adivinar un joven demacrado y melenudo. Si escrutamos con atención su ceño fruncido, descubriríamos que tras él se esconde la determinación del que ha traspasado las fronteras del miedo, la gloria y el olvido. En su mirada indiferente reconoceríamos a alguien que está doblando el último cabo de su vida. Pero aún nos sorprendería más saber que apenas acaba de cumplir 27 años. De repente interrumpe la quietud de la escena una voz femenina.- ¡Jimmy, ¿Qué haces ahí?, ¿Vienes? -La silueta vacila, parece dudar un momento y se nos ofrece por última vez antes de desaparecer en las sombras del apartamento. -¡Ya voy Pam! .Los últimos judíos de Le Marais se dirigen a su sinagoga y París es ya apenas un diluvio de estrellas en esa noche del 7 de Julio de 1971.

Si hay un destino que merezca un lugar de honor en el turismo necrológico y una meca de peregrinaje para los groupies de las mortajas, ése no es otro que el cementerio de Pére Lachaise

Desde las páginas de Viajes al pasado hemos dedicado ya muchos posts a cementerios, fiestas necrológicas o tumbas famosas. En realidad pocos de nosotros podemos sustraernos a la curiosidad morbosa que nos suscita la muerte. Así, muchas lápidas se convierten en romerías para mitómanos que observan con fascinación cómo reposa tal o cual personaje célebre pareciendo incluso olvidar durante unos instantes que, al cabo de un tiempo, el museo macabro que ahora contemplan será su destino inevitable y compartido. Pero si hay un destino que merezca un lugar de honor en el turismo necrológico y una meca de peregrinaje para los groupies de las mortajas, ése no es otro que el cementerio de Pére Lachaise y la joya de su corona, la tumba de James William Morrison.

Han pasado 6 años desde que dejé París, recuerdo cómo desde mi casa en el cercano Boulevard Charonne cogía cada mañana el metro para ir a la facultad, y pese a su aspecto siniestro las imponentes puertas de Pére Lachaise, abarrotadas ya de turistas, parecian desearme un buen día. Estos días vuelvo a París, me dejo acurrucar por la nostalgia, visito mi antiguo barrio y, sin darme cuenta, me encuentro ya deambulando entre las tumbas del cementerio.

De excursión en el cementerio

Pére Lachaise, reúne todos los ingredientes que debe tener un camposanto que se precie. O al menos ese cementerio que imaginamos en una tarde lluvia como escenario de un novelón de Alan Poe. Aspecto tenebroso, árboles desnudos y retorcidos, lápidas descuidadas y enmohecidas y una bruma persistente característica del cementerio que se obstina en envolvernos, aunque en el resto de París sudemos a 40 grados. Pero si algo define a Pére Lacheise son sus “celebrities”: Chopin, Oscar Wilde, Edith Piaf, Proust, Balzac, Modigliani…La lista de personajes conocidos es interminable, el atractivo de Pére Lacheise para el viajero consiste, tras comprar un plano en la entrada, en emprender una gincana interminable y dificultosa triscando entre tumbas, fisgando como un sabueso hasta reunir su colección completa de fiambres. Entre esos tesoros el cromo más codiciado es, sin duda, el de Jim Morrison.

Les presento a Bobby Marshall, guía oficioso de Pére Lachaise, enciclopedia humana sobre la ultratumba, mitad poeta, mitad vagabundo, superviviente en París

Una vez más, emprendo el mismo camino, esta vez sin plano, para seis años después encontrarme de nuevo con la misma sensación de fastidio, cansado y perdido. Hoy no hay demasiados turistas; no puedo guiarme por el gentío. Y de repente…..¡Ahí está!

Desaparece correteando tras un mausoleo, tan fugaz que por un momento pienso que los recuerdos me han jugado una mala pasada. Pero no, la misma melena rizada y ya casi rala, la misma mirada de lunático. Corretea en el camino de grava, grita a un turista, se ríe a carcajadas, se esconde tras una tumba para hacer cucú a un par de japonesas. Les presento a Bobby Marshall, guía oficioso de Pére Lachaise, enciclopedia humana sobre la ultratumba, mitad poeta, mitad vagabundo, superviviente en París.

Bobby Marschall, truhán y señor de Pére Lachaise

La primera vez que visité el cementerio y buscábamos la inevitable tumba de Morrison contemplé a Bobby como una aparición, enfundado en una camiseta de The Doors, cubierto de collares y barbotando un francés infumable, se ofrecía por solo un euro a llevarte a la tumba de Jimmyy a cualquier rincón real o inventado en los confines de Pére Lachaise. Llegado posiblemente en la misma época de Morrison a la ciudad, Bobby es uno de esos americanos que pululan aún por París hechizados por el embrujo de la ciudad y abrazado a su propia locura. Estrafalario sucesor de los Miller, Fitzgerald o Hemingway, su mundo son las cinco hectáreas del camposanto.

Conoce al dedillo la vida de Jim Morrison y de todos los habitants del cementerio , se mueve entre sus lápidas como si de un fauno juguetón se tratase, incansable se detiene en todas y cada una de ellas para contarte una anécdota. El personal del cementerio lo deja hacer con indulgencia. A veces he pensado que duerme acurrucado al pie de una de sus lápidas. A quien vaya a Pére Lachaise y quiera disfrutar de una experiencia única, le aconsejo tomar a Bobby como guía.

Lo primero que llama la atención son las innumerables botellas y paquetes de cigarrillos que rodean la lápida

Tras un buen rato consigo llamar su atención y retenerlo, obviamente no me reconoce. Me lanza una mirada entre demencial y divertida. “A la tumba de Morrison”, le digo exhausto, poniéndole un euro en las manos.

-¡Está ahí detrás!- me dice, guardándose rápidamente la moneda y encaramándose a la valla mientras me hace la señal de un vigía.

¡Fantástico! ¡Estaba ya a solo 40 metros! Con menos groupies que en otras ocasiones y escondida entre dos gigantescos mausoleos se encuentra la tumba de su señoría Jim Morrison. Pequeña y modesta, lo primero que llama la atención son las innumerables botellas y paquetes de cigarrillos que rodean la lápida.

El ambiente de alrededor es especial. Una pareja se lía un canuto mientras suenan en un transistor desvencijado los acordes de The End, otros escriben poesías que colocan cuidadosamente en la tumba. Un canadiense de rastas interminables enciende un cigarro y lo deposita cuidadosamente al pie de la tumba. El ambiente es respetuoso, casi reverencial. Pau y Sofía me cuentan que llevan años esperando este momento, han hecho el viaje desde Barcelona en furgoneta. Pieter hace fotos y llega a derramar alguna lágrima furtiva. Hasta Bobby ha dejado de parlotear y ametrallarnos con anécdotas para rendir homenaje al descanso de su dios.

Morrison envuelto en el misterio

Tras abandonar The Dors en 1971 Jim Morrison emprendió junto a su novia Pamela un periplo por Francia, España y el Norte de África, siguiendo los pasos de Rimbaud y buscando la redención a través de la poesía. El 3 de julio de  1971Jim Morrison fue encontrado muerto en la bañera de su piso del Barrio del Marais. No hubo autopsia, pero se declaró que murió por un paro cardiaco, según su acta de defunción.. Se dijo que el padre de Jim sacó el cuerpo de su hijo del cementerio para llevarlo a casa, pero fuentes del Pére Lachaise, el famoso cementerio donde fue enterrado, aseguran que nadie se puede llevar un cuerpo sin que la Administración lo sepa. También se pone en duda el hecho mismo de su muerte, ya que sus tarjetas de crédito y pasaportes aún siguen vigentes. Se dice que porque él así lo especificó en un testamento poco antes. Los únicos que vieron su cuerpo fueron su novia y un médico que ya no ejercía. Otras versiones afirman que sufrió una sobredosis de heroína en un bar   y fue posteriormente trasladado a su casa.

Pam, ya de vuelta en Los Ángeles y destrozada por la heroína, repetía una y otra vez que Morrison seguía vivo y que algún día iría a buscarla

En torno a esta extraña muerte han surgido muchas especulaciones. Varias personas afirmaron haberlo visto en un café de París, vistiendo un atuendo de cuero negro, aunque estos rumores nunca fueron comprobados. También se ha dicho que, después de su muerte, una persona que decía ser Jim Morrison y vestía como él, obtenía dinero mediante cheques a su nombre. Pam, ya de vuelta en Los Ángeles y destrozada por la heroína, repetía una y otra vez que Morrison seguía vivo y que algún día iría a buscarla.

Ray Manzanek, teclista de The Doors, declaró: “Si existe un tipo capaz de escenificar su propia muerte –creando un certificado de muerte ridículo y pagando a un doctor francés– , poner un saco de ciento cincuenta libras dentro del ataúd y desaparecer a alguna parte de este planeta – África, quién sabe– ese tipo es Jim Morrison. Él sí sería capaz de llevar todo esto a buen puerto”.

Jim Morrison murió a los 27 años al igual que otros como Brian Jones, Robert Johnson, Jimi Hendrix, Janis Joplin o Kurt Cobain. Sobre su tumba aún puede leerse un epitafio escrito en griego antiguo (“Kata ton daimona eaytoy”) que se traduce como “de acuerdo con su propio demonio” o “fiel a su propio espíritu”.

Cae la noche sobre Pére Lachaise y un guardián nos anuncia que es hora de irnos. Me despido de Bobby. Hasta dentro de otros siete años, tal vez

Cae la noche sobre el barrio de Le Marais. La silueta de Jimmy hace tiempo que abandonó la ventana para reunirse con Pam y su destino. Cae la noche sobre Pére Lachaise y un guardián nos anuncia que es hora de irnos. Me despido de Bobby. Hasta dentro de otros siete años, tal vez. ¿Dónde dormirá hoy? Al bajar por el Boulevard Charonne, creo adivinar tipos de aspecto demacrado y melenas imposibles en cada brasserie mientras resuena “Light my fire” en mis oídos. Y entonces no puedo evitar recordar, en un zarpazo traicionero de nostalgia y orgullo, aquel año maravilloso en que mi vecino Jim Morrison me deseaba los buenos días cada mañana.

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Comentarios (2)

  • Ana

    |

    Un lujo, Enrique.

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  • Enrique Vaquerizo

    |

    Gracias Ana, París por si mismo si que es un lujo

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