Phom Pen: el milagro de ser viejo

Un ejercicio muy divertido cuando viajas: comparar la idea preconcebida que tenías del lugar al que llegas con la realidad que te encuentras. Normalmente ocurre que coges lo que has leído, o lo que te han contado, haces una pelota con ello y la dejas caer por el desagüe mientras te duchas. Así ha sido el primer contacto con Phon Pen, la capital de Camboya, a donde hemos llegado en avión y desde donde nos hemos ido directamente en tuc tuc a buscar donde tirar las mochilas y dónde sentarnos a cenar.

Buscar alojamiento es otra de las especialidades de un mochilero. Generalmente, la garantía de éxito es la paciencia, aunque siempre te puede salvar un golpe de suerte. Y aunque es cierto que si te alejas de las arterias principales encuentras lugares más limpios y a mejor precio, a veces sucede que empiezas a andar, a girar, a doblar esquinas y acabas a cinco kilómetros de la susodicha arteria, más bien perdido en las venas de los pies de la ciudad, hasta las narices de la mochila y cabreado con tus amigos porque ningún sitio les viene bien. Mi amiga Ro es así: no para hasta encontrar la mejor relación entre precio y encanto. Y aunque siempre acaba dando con El Dorado, yo no me canso de atosigarla y decirle: ¿no vas a parar nunca?

Por cierto, una información de utilidad que me viene a la cabeza mientras escribo: las camas aquí, y este aquí incluye también Tailandia, son gloriosas. El hotel, las sábanas o las mantas puede estar más o menso sucios, y conviene evitar los más guarretes, pero los colchones son duros y resistentes, y nunca les suenan los muelles. Y la oferta suele incluir alojamientos con aire acondicionado, ventilador, o nada… Si venís por aquí, elegid por lo menos los de ventilador, u os coceréis durante la noche.

Buscar alojamiento es otra de las especialidades de un mochilero. Generalmente, la garantía de éxito es la paciencia, aunque siempre te puede salvar un golpe de suerte

Segundo país, segunda frontera. Segunda vez que el corazón se viene a la garganta. Lo primero de Camboya es el tráfico. Infernal, caótico, divertido. Lo segundo es el diseño de las calles. No hay una sola esquina, todos los edificios son redondos, lo que le da una enorme sensación de calidez. Cuando escapas de los lugares en los que mandan las motos y los coches, puedes caminar feliz entre comercios de todo tipo de comida, ropa, repuestos, casas de internet, etcétera. Lo tercero son los parques. Cientos, quizá miles, de jóvenes y no tan jóvenes se agolpan junto a enormes altavoces que en Madrid solo encontrarías en una discoteca y se entregan al placer del aerobic. Joder, lo tienen tan ensayado que a veces parecen castings para un video de Michael Jackson, a quién, por cierto, aquí reverencia todo el mundo.

Lo cuarto, los perros. Por todos lados, huyendo del calor, mirándote con la misma cara de curiosidad que sus amos. Y lo quinto los vendedores ambulantes. A veces me pregunto cómo harán para convertir una bicicleta en un supermercado. He probado a pedir diferentes cosas: o las tienen, o las consiguen en diez segundos. Si necesitas unas tijeras, un mango, un mechero, unas gafas de sol, solo pregúntales a ellos. Sonreirán y te lo venderán.

Hace calor. Húmedo y pegajoso. Como en las playas de Tailandia, pero sin playa. Mientras Ro y Christian compraban camisetas, yo me he sentado a mirar cómo jugaba al ajedrez la gente de aquí, que por ahora me parece aún más sonriente que la Tailandesa. Es una versión diferente. Los peones salen de la tercera línea, y además pueden ir para atrás, y comer de frente… Me han ofrecido sentarme a jugar. Ha parecido un Madrid-Atleti de los últimos veinte años: yo era el atleti, claro.

Phom Pen está atravesado por el Mekong, que un poco más abajo desemboca, tras la belleza de su delta, en la ciudad vietnamita de Saigón, otro de nuestros posibles destinos. Pero para los camboyanos esto tampoco significa nada, porque no tienen manera de aprovechar las aguas del mítico río, a no ser que se llame aprovechar a mirar de lejos la turbulencia oscurecida por los vertidos incontrolados de las fábricas.

Hemos topado, desde el primer minuto, con la influencia de la dominación francesa en la primera mitad del siglo XX. Por todos lados hay puestos de baguettes, y bakerys con deliciosos cruasanes y café con leche que sabe a café con leche. Las calles más comerciales están trufadas de restaurantes franceses que se llaman Maxim´s o Eiffel, y aunque casi todo el mundo –es decir, casi nadie- habla ya más el inglés, todavía hay cientos de letreros escritos en la lengua de Julio Verne.

Esta primera noche ha sido triste: Christian se marcha de vuelta a España, ha recibido una oferta para irse a trabajar al Congo, y le apetece demasiado África como para rechazarla. Perdemos a uno de los miembros del triunvirato, y nos hemos ido a un sitio con pizzas y buena cerveza a despedirnos. Mañana por la mañana, los dos supervivientes visitaremos el museo del horror, y tomaremos el pulso a un país que aprende a rearmarse del más trágico de los genocidios sin la ayuda de la sabiduría de sus viejos, que murieron a manos de los Jemeres Rojos. Hoy he intentado sacar el tema con el gerente del hotel y el dueño de una cafetería ambulante en la que paramos por el camino: me dijeron que el tiempo es muy bueno en esta época del año…

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Comentarios (3)

  • Maca

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    Se agotan los adjetivos con tus crónicas. Tengo ganas de verte y de que hablemos… Besos

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  • Quique

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    Mira que has tardado, mira que has dado vueltas antes de irte (recuerda las irónicas apuestas de esos que dicen que son tus amigos…) pero ahora que lo has hecho le estás sacando todo el jugo, so perro… Grande ese Juancho!!! Tu paro sigue bien, gracias. Disfruta

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  • Ana

    |

    Sólo puedo describir tu crónica de una manera: “qué asco te tengo”

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