Pico de la Miel: historia de una foto

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)

A primera vista, parece el insólito amanecer de un sol de hielo que se deshace sobre el cráter de un volcán. La foto remite a un paraje recóndito, quizás tropical por el verdor mohoso de la piedra. Las fotos, a veces, huyen de ti, pero en ocasiones te tropiezas con ellas como sin querer, en el momento más inesperado. Eso lo que nos sucedió esa fría mañana de marzo mientras bajábamos del pico de la Miel, en la madrileña sierra de la Cabrera. La foto estaba ahí, esperando, pero a su lado la gente pasaba con tanta prisa que no se daba ni cuenta. Caminar es, también, ver y, sobre todo, mirar. Y en la montaña, ahora que todo el mundo parece recorrerla como si perdiera el autobús, conviene no olvidarlo.

No, no era el mejor día para subir al pico de la Miel, una silueta rocosa en el extremo septentrional de la sierra de la Cabrera que no destaca por su altura (1.392 metros), pero que siempre me ha llamado la atención cuando circulo por la A-1. No era el mejor día, desde luego, pero eso nosotros no lo sabíamos cuando nos desviamos en la salida 57 de la autovía, justo a la altura del pueblo de La Cabrera.

La foto estaba ahí, esperando, pero a su lado la gente pasaba con tanta prisa que no se daba ni cuenta

Al otro lado de la carretera, una amplia avenida nos lleva hasta el colegio La Miel, frente al que dejamos el coche en batería antes de una pequeña rotonda. El pico está a la vista a nuestra izquierda, tan pequeño que parece que vamos a tocarlo si estiramos el brazo. Son apenas 350 metros de desnivel hasta la cima y no esperamos encontrarnos demasiada gente, pese a que son ya las nueve y media de la mañana, pero pronto nos daremos cuenta de lo equivocados que estamos.

Los primeros pasos los damos entre los chalés de una urbanización, hasta dar con un camino ancho que asciende claramente a nuestra derecha y del que, tras diez minutos, nace un sendero a su izquierda junto a un puñado de piedras con forma de mesa. Desde aquí, la subida es ininterrumpida y bastante pronunciada en dirección a la pared de roca del pico de la Miel, al que en ningún momento le perdemos la cara.

La subida es ininterrumpida y bastante pronunciada en dirección a la pared de roca del pico

Muy pronto alcanzamos a un grupo de escaladores, con toda la impedimenta (cuerdas, arneses y mosquetones) a cuestas, que son sólo el preludio de las decenas de ellos que nos encontraremos en los próximos minutos. Hoy se celebra aquí -eso me lo aclarará más tarde el sr. Google- una carrera de escalada: las XII horas de la Cabrera. Se trata de hacer cuantas más vías posibles en el macizo en doce horas. Un continuo subir y bajar a la carrera de las cordadas. La niebla, no obstante, no se lo pondrá fácil y horas después tendrá que suspenderse la carrera antes de tiempo por seguridad. Quizá sea el peor día del año para subir al pico de la Miel, pero aquí estamos, intentando sobreponernos a la competición.

Afortunadamente, los escaladores se quedan al pie de la pared, donde empieza propiamente la carrera, y nosotros continuamos a la izquierda a media ladera por una senda que desciende unos metros y se confunde con la roca a menudo, obligando a alguna acrobacia para sortear los enormes bloques de piedra que rodean el pico por el sureste.

Quizá sea el peor día del año para subir al pico. Hoy se celebran las XII horas de escalada de la Cabrera

A partir del collado nos encontramos nieve y hielo y una temperatura cada vez más baja. En estos metros finales hay que avanzar con cuidado para evitar resbalones traicioneros. El esfuerzo es intenso, pero corto, porque en poco más de una hora nos plantamos en la cumbre. No estamos solos. Dos miembros de la organización de la carrera esperan la llegada de los escaladores junto a una gran pizarra en la que van anotando los tiempos de cada uno. La montaña convertida en una tartán. Para mí, incomprensible. No es la montaña que yo he conocido y que me enseñaron a querer.

La niebla avanza desde el este echándose encima de la autovía, ahora a nuestros pies. Pronto alcanzara la sierra de la Cabrera. Hace frío y el tiempo no invita a quedarse mucho tiempo en la cima. Llegan resoplando dos escaladores y enfilan a la carrera hacia el collado para acometer una nueva vía cuanto antes. Ni que decir tiene que andar dando saltos por este terreno mixto es exponerse a una torcedura, o algo peor, al mínimo descuido. Uno de ellos, consciente del peligro, se calza unas zapatillas de montaña para evitar resbalones y se pierde monte abajo entre las lenguas de bruma que anticipan la niebla.

En la cumbre dos miembros de la organización esperan la llegada de los escaladores y anotan los tiempos en una pizarra

Nosotros bajamos despacio, evitando pisar una placa de hielo. Y la prudencia tiene, en esta caso, su recompensa. En las oquedades de algunas rocas el agua embalsada se ha helado y, como a estas horas (pasadas las diez y media) la temperatura ha descendido, ya sólo resiste una delgada capa de hielo. En una de esas piedras, la circunferencia es perfecta, aunque al levantarla con los dedos se deshace parte del contorno. Belén la sostiene sobre la cavidad esférica con cuidado y hago la foto, convencido de que, con los dedos entumecidos y sin apenas tiempo para afinar los ajustes, no saldrá bien. Pero el visor pronto espanta mi fatalismo. A primera vista, se puede salvar.

Nuestra idea es continuar por la sierra de la Cabrera en dirección sur hasta el Cancho Gordo (1.563 metros), su otra cima representativa para completar una ruta circular hasta el municipio. Pero la niebla se ha metido ya, hay cada vez más nieve y estamos solos, por lo que a los cinco minutos decidimos darnos la vuelta para no tentar a la suerte.

En las oquedades de algunas rocas el agua embalsada se ha helado y, como la temperatura ha descendido, ya sólo resiste una delgada capa de hielo

Unos minutos más tarde estamos almorzando en un peñasco, con unas vistas magníficas, a unos metros de uno de los controles de la carrera. Algunos participantes que vienen de hacer cima, de hecho, se despistan al vernos y se desvían del camino llegando hasta nuestra altura, para luego tener que remontar unos metros y retomar así la senda de descenso.

Con la niebla haciendo de las suyas, la acumulación de escaladores en la pared del pico de la Miel tiene hechuras fantasmagóricas. Ya es mediodía cuando llegamos al coche. Nada mejor que rematar la jornada con unos judiones y una frasca de vino en el mesón La Galería de la cercana localidad segoviana de Riaza.

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