Primavera en Ordesa

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)

Hay paisajes que impregnan tu vida, que la empapan de vivencias que perduran en la memoria hasta confundirse con ella. Paisajes de memoria, memoria de paisajes, tanto da. Son lugares de los que nunca te despides, a los que siempre vuelves, porque por algún lado están esparcidas piezas de ese rompecabezas que es la vida, a menudo las más sólidas, esos cimientos sobre los que conseguimos seguir manteniendo, a duras penas, el equilibrio.

Si el sentido propio que intuía Unamuno malvive alejado del sentido común -olvidado, cien veces negado sin esperar a que ningún gallo cante, asfixiado bajo las apariencias y los convencionalismos-, entonces sin duda se encuentra repartido por todos esos sitios que nos recorren las venas. Ordesa, para mí, es uno de ellos.

Pocas cosas han espoleado más la imaginación en mi niñez que el solo nombre del monte Perdido

Pocas cosas han espoleado más la imaginación en mi niñez que el solo nombre del monte Perdido, que escuchaba en la pradera de Ordesa cuando preguntaba a mi padre a dónde iban esos montañeros con mochilas tan pesadas a la espalda, las viejas Altus. El refugio de Goriz, del que se contaban historias de tormentas de nieve y montañeros desaparecidos, agitaba mis sueños de niño siempre con el Perdido como una montaña que hacía honor a su nombre, lejana y enigmática, inaccesible y tenebrosa. Me daba miedo, la verdad, me imponía respeto, pero al mismo tiempo deseaba subirla con toda mi alma. Lo hice con apenas doce años, haciendo noche en Goriz, y luego he repetido otras cuatro veces, si mal no recuerdo, todas ellas subiendo y bajando del Perdido en un mismo día.

He recorrido Ordesa en muchas ocasiones en los últimos treinta años por las fajas de ambos lados del cañón, por la aérea Faja de las Flores y por la de Racón, por la de Pelay, por la senda de los cazadores, por las clavijas de Carriata y por las de Cotatuero, desde Nerín, por la Brecha de Rolando y el Taillón…

Todo empieza en esa misma pradera de Ordesa que alimentaba mis sueños infantiles, a los pies del impresionante Tozal del Mallo

Y todo empieza en esa misma pradera de Ordesa que alimentaba mis sueños infantiles, a los pies del impresionante Tozal del Mallo y de las interminables paredes de roca del Gallinero. En esa misma pradera a la que hoy traigo a mis hijos, una mañana de primavera que amenaza lluvia, para que Ordesa impregne sus vidas como hizo con la mía y alumbre en su interior ese amor por las montañas que nace del respeto y encuentra en ellas, incluso por encima de la recompensa de la belleza, una formidable escuela de vida.

El río Arazas nace en las cumbres nevadas del Perdido, el Soum de Ramond y el cilindro de Marboré, las Tres Sorores (según la leyenda, tres princesas moras que huyeron del Palacio de la Aljafería de Zaragoza durante la dominación musulmana en dirección a Francia y que fueron sorprendidas por un temporal cuando intentaban cruzar los Pirineos, quedando sus cuerpos cubiertos de nieve y roca).

Cuando la primavera se despereza, Ordesa tiene un encanto especial, el de la pugna de la nieve y las flores por dominar el paisaje

Desde allá arriba, su curso se precipita en varias cascadas hasta llegar a la pradera de Ordesa (la más espectacular, la de Cola de Caballo, más arriba de las bucólicas Gradas de Soaso), donde ya discurre en estas fechas ancho y caudaloso. Sus orillas se recorren en un sentido o en otro y ese cómodo paseo es un magnífico aperitivo, apto para todos los públicos, de la grandeza de este parque nacional que su principal impulsor, el fotógrafo francés Lucien Briet (1860-1921), definió como “la venerable selva de los Pirineos”.

Ordesa es espectacular en otoño, cuando el cielo vierte sobre sus hayedos y su piedra infinita, sobre el murmullo del agua y los caminos de cuento, cubos y cubos de pintura de todos los colores. Una cita ineludible, casi una religión. Pero cuando la primavera se despereza, el parque nacional tiene también un encanto especial, el de la pugna de la nieve y las flores por dominar un paisaje tan imponente, el de las umbrías de hojas tenues atravesadas por la luz.

Caminar, aquí, es una obligación, da igual la edad que se tenga

A un paso del aparcamiento parte un recorrido, acondicionado en los últimos años con paneles explicativos, que permite conocer un poco mejor Ordesa mientras se camina. Porque caminar, aquí, es una obligación, da igual la edad que se tenga. Mi hija pequeña, de tres años, es buena prueba de ello.

Caminemos, pues, hacia el río. Las paredes nevadas del circo glaciar asoman en la distancia hasta que el hayedo te engulle una vez cruzado el Arazas por un puente de madera. A nuestra derecha emerge majestuosa la proa de Calcilarruego, el mirador por excelencia de la Faja de Pelay. Las pisadas crujen sobre el manto de hojas secas salpicado de nieve mientras el silencio acalla tus preocupaciones, tan diminutas ahora. Las ramas cubiertas de musgo se extienden sobre nosotros como espíritus atormentados del bosque, acentuando aún más la magia del lugar. Un enorme abeto vencido por la Naturaleza descansa en el suelo poniendo una sonrisa a este reino vertical de troncos infinitos.

Las ramas cubiertas de musgo se extienden sobre nosotros como espíritus atormentados del bosque

La caminata es breve; el placer, inmenso. Antes de volver a cruzar el río por otro pequeño puente el caminante tiene ante sí las paredes glaciares del circo de Cotatuero, uno de los mayores saltos de agua del Pirineo, que divide en dos el Gallinero y la Fraucata. Sólo unas clavijas bastante aéreas, ganadas a la roca hace mas de un siglo por el herrero del cercano pueblo de Torla, permiten atravesarlo. Yo las pasé en sentido descendente hace unos cuantos años, cuando la inconsciencia te llevaba a repetir los tramos en busca de una buena foto, sin reparar en que bajo tus pies se abre el dulce abismo.

Empieza a llover y la nieve de las cumbres refulge como el espejo de un náufrago que intentara llamar nuestra atención en la lejanía. Por la ribera de la otra orilla, en las estribaciones de uno de los hayedos más bellos que conozco, regresamos a la pradera tras desistir de llegar hasta la primera cascada. Y, como siempre que piso estos caminos, me alejo de Ordesa, del bendito Ordesa, rebosante de gratitud a la vida.

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