Sudão: el mundo que todos soñamos

En un principio era un desierto extraño, era una carretera con curvas. A los lados había algunas altas rocas. Em seguida,, el camino fue poniéndose recto y nos quedamos en aquella inmensidad con la maravillosa sensación de que aquello no nos llevaría a ningún lado. No hubo un solo indicio de vida durante muchos kilómetros y la primera, tras unos locos en bicicleta que conocimos en el barco y que pedaleaban para atravesar África, fueron unas lonas de plástico y maderos en los que parecían dormir unos hombres abandonados.

Todo nos parecía bellísimo y desolador. A los que les gustan los desiertos, como era nuestro caso, aquello nos parecía perfecto. Decidimos entonces avanzar y avanzar entre aquellas arenas. Empezamos a dejar algunas poblaciones de pueblos nubios en las que nos cruzábamos con miradas francas de hombres que arrastraban en sus burros y camellos los vientos del desierto. Y allí estaba también el Nilo, azul en sus aguas y verde en sus orillas llenas de palmeras.

Miradas francas de hombres que arrastraban en sus burros y camellos los vientos del desierto

Entonces el sol comenzó a ponerse como si se fundieran sus colores. La arena y el sol se mezclaban y nosotros hacíamos una nube de polvo que decidí fotografiar bajándome del vehículo. En el desierto una aprende a ser feliz con nada, quizá ese sea su secreto. En ningún lugar te sientes tan tú, tan poco los otros. Y así llegamos a Karima, una población sudanesa en la que tropezamos con el primer control militar a su entrada.

La localidad era una sucesión de calles anchas y rectas llenas de tuk tuk y de decenas de camionetas exactamente iguales a las que existen como transporte en todo el continente. Los bares estaban llenos y se cocinaba en hornos y parrillas pollos que ahumaban la noche. Llegamos a una pensión, Al Nasser, en la que nos alojamos en un cuarto con tres camas, un agujero como baño y un aire acondicionado. El recepcionista era un hombre mayor, encantador, que tenía una pierna de madera que manejaba con soltura. Nos dijo que debíamos ir a la Security Office a inscribirnos para que nos dejaran dormir y allí fuimos a que nos tomaran la matrícula.

Cenamos en un restaurante un sabrosísimo pollo asado. No había cubiertos, ni servilletas y las paredes del local eran negras como los muslos horneados de nuestra cena. Sin embargo aquel pollo estaba salado y tierno entre nuestros dedos y pedimos hasta una segunda ronda. Luego nos perdimos por las calles de Karima donde los hombres ocupaban en la plaza central decenas de mesas alrededor de unas cubas con té. Las tiendas lucían sus luces de colores y la vida parecía encenderse al abrigo de la luna. El calor era algo más llevadero, aunque un joven nos decía “¿cómo se les ocurre venir en esta época? A Sudán se viaja en diciembre y enero que las temperaturas se soportan”.

Aparcamos el coche junto a algunas pirámides que no vigilaba nadie

Finalmente nos fuimos a dormir y amanecimos en medio de una luz potente que caldeaba el aire. Compramos unos panes recién hechos y nos dirigimos a las pirámides y templos de Yebel Barkal, lugar sagrado del antiguo reino Napata. Aparcamos el coche junto a algunas pirámides que no vigilaba nadie y subí a unas rocas a comprobar si como pensaba allí sólo había horizonte. E sim, sólo había horizonte.

Luego nos marchamos a ver las pirámides de Meroe que nos había recomendado encarecidamente nuestro amigo Daniel Landa la noche antes de partir de Madrid. En el camino el fuerte viento metía arena en la carretera hasta casi ocultarla. Veíamos camellos salvajes, dunas, palmeras y algún pájaro despistado que volaba entre alguna maleza que crecía en el polvo.

De pronto vimos un desvió que indicaba Meroe. Dos kilómetros después estábamos en uno de esos lugares que uno nunca llega y cuando llega nunca olvida. Aquellas ruinas del reino Meroítico, continuador del reino de Napata, parecen tener sus raíces en las arenas del desierto que trepan por sus rocas. Seu 2300 años de vida las convirtieron en piedra, en águila, árbol, mentira o quizá en antorcha. Se. Meroe es un paseo eterno de batallas con legiones romanas y egipcias que intentaban conquistar un imposible hasta que la fuerza se impuso sobre el alma. Y allí ha quedado tanto pasado de ataques y contraataques y de tierras que nacieron para no tener fronteras. Meroe es el mundo que todos soñamos.

Meroe es un paseo eterno de batallas con legiones romanas y egipcias que intentaban conquistar un imposible

Y después nos fuimos a Jartum y descubrimos una de las capitales más ordenadas y limpias que nunca vi en África. Dormimos en el hotel Acrópole, casa de periodistas, y robamos alguna foto al punto donde el Nilo blanco y el Nilo azul se juntan camino del Mediterráneo. Digo robamos porque en Jartum hay que pedir un permiso para tomar fotos y nosotros no teníamos tiempo para ambas cosas. O nos íbamos con las fotos o nos íbamos con un papel que decía que podíamos haber tomado fotos.

Y tras la capital llego el sur. Y llego algo de verde y pueblos con mucha gente y con ellos la basura, que donde aparece el hombre la naturaleza se encoge. Y volvimos a comprobar en cada gesto y cada parada la cordialidad de este pueblo. Y llegamos a las siete de la tarde a Gallabat, la frontera con Etiopía ya cerrada. Un hombre, un guarda, pagó algunos papeles que debíamos hacer. Lo hizo con generosidad y no aceptó que le devolviéramos nada a cambio. “Bienvenidos”, nos decía, “¿gustaron de mi país?".

Lo hizo con generosidad y no aceptó que le devolviéramos nada a cambio

Entonces decidimos dormir en el mismo borde, en uno de esos lugares donde uno nunca piensa que podría pasar una noche. Era un villorrio de casuchas endebles y de bares y restaurantes de frontera donde algunos televisores con generador iluminaban la oscuridad. A su alrededor se sentaban decenas de personas que nos miraban como los muy extraños que allí éramos.

Cenamos en una de esas casetas un huevo duro y unos fritos de pasta de verdura y alguna cosa irreconocible y nos fuimos a dormir entre la tienda de campaña y el coche bajo un calor casi intolerable. Así amaneció, con algo de sudor en la espalda y decenas de personas cruzando bajo un madero que ya se había levantado para permitir el movimiento. Eran decenas de hombres y mujeres que cruzaban de Etiopía a Sudán. Nosotros miramos aquella riada y tras su camino, en el otro sentido, vimos nuestra próximo destino: Abisinia.

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Comentários (3)

  • Daniel Landa

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    Uma grande história, Brandoli!! Sudán puede ser todo lo que uno necesita de un lugar donde no hay nada.

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  • Mayte

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    Qué apasionante todo! qué envidia, Eu amo, Eu quero mais…

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  • Artes I

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    Me alegro de que ya estéis disfrutando. Inveja, como dice Mayte.
    Boa sorte!

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