Salamanca: el trampolín de Cristóbal Colón

Por: Ricardo Coarasa/ E. Artigas (texto/fotos)

el viaje
Un dominico dispuesto a soñar. Un marino con una aventura temeraria bajo el brazo. Un fraile que quiere creer. Un extranjero cansado de que nadie le crea. Fray Diego de Deza. Cristóbal Colón. Estamos en Salamanca, en el año de gracia de 1486. Hace ya unos cuantos meses que el futuro almirante ha llegado a España, cabizbajo y abatido después de ver cómo el rey Juan II de Portugal rechazaba su formidable plan: nada menos que adentrarse en el mar océano hacia Poniente hasta dar con las Indias Orientales, abriendo la ruta de las especias que ansiaba la Europa del Renacimiento.

Una vez en Castilla, el momento tampoco parece propicio para el anónimo Colón, entregados como están en cuerpo y alma los Reyes Católicos a las guerras de reconquista. Siete años tendrán que pasar, siete años de desesperanzas y reveses, hasta que los soberanos unan sus destinos al de Colón y la puerta a un Nuevo Mundo que ni siquiera presagian se abra por fin. En ese tiempo, pocos creen en el loco proyecto del marino genovés, que a punto está, cansado de buscar en vano el favor de los reyes a su empresa, de poner rumbo a Francia o Inglaterra para buscar allí el anhelado espaldarazo. La historia, en ese caso, se hubiese escrito con renglones distintos. Colón nunca se olvidará de sus valedores y cuando deje constancia de que en esos años todo el mundo “tenía a burla” su aventura, no se olvidará de añadir: “salvo dos frailes que siempre fueron constantes”. Diego de Deza fue, seguro, uno de ellos.

El convento de San Esteban

Estamos en Salamanca, decíamos, y más concretamente en el convento de San Esteban. Entre sus muros, Colón buscó cobijo en ese invierno de dudas de 1486. Y lo que es más importante, un poco de comprensión para salir de la encrucijada en la que se encontraba. Encontró ambas cosas con creces, hasta el punto de que el respaldo del fraile fue decisivo para que el futuro descubridor de América consiguiese el apoyo de los Reyes Católicos.

En una ciudad tan monumental como la capital salmantina, más de un turista puede pasar por alto la visita a San Esteban. Y no debería hacerlo si quiere escuchar los pasos de Colón en el viejo claustro o los ecos de sus encendidos argumentos para convencer a los astrólogos y matemáticos que debían granjearle la simpatía real. Hay, no hace falta ni recordarlo, mil y un motivos para visitar Salamanca, pero fiel al espíritu de Viajes al Pasado, el viajero quiere animar al lector a buscar en la ciudad castellana los ecos de ese Colón fracasado que renacerá, años después, como el flamante descubridor de América.

 

Entre sus muros, Colón buscó cobijo en ese invierno de dudas de 1486. Y lo que es más importante, un poco de comprensión para salir de la encrucijada en la que se encontraba.

El convento se encuentra en la plaza del Concilio de Trento, a sólo unos minutos caminando, calle de los Palominos abajo, de la célebre Casa de las Conchas, en pleno centro histórico salmantino. La fachada plateresca de la iglesia, enmarcada en un gran arco triunfal y flanqueada por el pórtico del convento contiguo, no pasa desapercibida. Antes de poner un pie en el claustro de los Reyes, hay que pagar la entrada y aprovechar para examinar la oferta bibliográfica de los frailes, expuesta en unas vitrinas que condensan siglos de historia dominica a lo largo y ancho del mundo. Cuando tras dejar atrás la sala capitular, el viajero asciende por la escalera que muere en el piso superior del claustro, costeada por Fray Domingo de Soto, confesor de Carlos V, puede imaginarse a un vacilante Colón yendo al encuentro de la junta de expertos mientras daba vueltas por enésima vez a los argumentos favorables a su arriesgada empresa.

Aposento y comida

El paso de Colón por Salamanca, no podemos obviarlo, es controvertido, aunque está muy lejos de circunscribirse al territorio de la leyenda. Antonio de Remesal alude a esa visita en su obra “Historia General de las Indias Occidentales y Particular de la Gobernación de Chiapa y Guatemala”, publicada en 1619, en la que refiere que Colón, en su empeño por persuadir a los Reyes Católicos, “vino a Salamanca a comunicar sus razones con los maestros de Astrología y Cosmografía”. Y ya deja claro que sólo en los frailes de San Esteban “halló atención y acogida”. En el convento “proponía Colón sus conclusiones y las defendía”, pero entre todos los religiosos “tomó más a su cargo el acreditarle y favorecerle con los Reyes Católicos el maestro Fray Diego de Deza”, a la sazón catedrático de Teología y encargado de la educación del Príncipe Juan, hijo de los soberanos. Por si fuera poco, el convento le daba “aposento y comida”, algo que para un marino que por aquel entonces sobrevivía con una mano delante y otra detrás no era un detalle menor. La reseña de Remesal incluye una frase muy reveladora y es la que asevera que Deza, “por las diligencias que hizo con los Reyes para que creyesen y ayudasen a Colón en lo que pedía”, una vez que el almirante concluyó con éxito su singladura, “se atribuía a sí como instrumento el descubrimiento de las Indias”. El dominico, por tanto, no renunciaba a su porción de gloria en el hallazgo del Nuevo Mundo. ¿Y acaso no tenía derecho a reclamarla a la vista de la desinteresada ayuda prestada al navegante?

“Ya estaba yo de camino para fuera”

El propio Colón, sin recoger explícitamente su periplo salmantino, habla de Deza a su hijo Diego en varias cartas escritas a principios del siglo XVI, cuando ya era almirante del Mar Océano. En una de ellas, de 1504, reconoce que “siempre desde que yo vine a Castilla me ha favorecido y deseado mi honra”. En otra misiva de ese mismo año es todavía más franco y señala al ya obispo de Palencia como “causa que sus Altezas oviesen las Indias y que yo quedase en Castilla que ya estaba yo de camino para fuera”. De ahí la importancia del convento de San Esteban en la epopeya colombia. Colón encontró quien le escuchara e intercediese ante él en la Corte (no hay que olvidar que en esos meses los Reyes Católicos están también en Salamanca). Y todo en un momento crucial: cuando el ambicioso marino está a la espera de comparecer ante la Junta de Expertos, presidida por Fray Hernando de Talavera, que debía analizar la viabilidad de su proyecto.
Tras dejar atrás la escalera de Soto y la sacristía, un corredor comunica el convento con la iglesia. Un poco antes de darse de bruces con el imponente retablo de Churriguera, en una pequeña estancia que parece de paso un mausoleo de mármol detiene en seco al visitante. Obra del escultor Juan de Ávalos, es la última morada de Fernando Álvarez de Toledo, el tercer Duque de Alba, “pacificador “ y gobernador de los Países Bajos por obra y gracia de Felipe II, seguramente el militar español más vilipendiado fuera de nuestras fronteras, no en balde se ganó el apelativo de “el carnicero de Flandes”. Pero ésa, seguramente, es otra historia.

el camino
Desde Madrid, por la autovía A-50, el trayecto dura alrededor de dos horas. Desde la estación de Méndez Álvaro parten autobuses a la capital salmantina con mucha frecuencia. Ir en tren desde la estación de Chamartín es también una buena opción (www.renfe.es).

una cabezada
Un recomendación: el AC Palacio de San Esteban, en el centro histórico de la ciudad (Arroyo de Santo Domingo, 3), un antiguo convento rehabilitado con vistas a la cercana iglesia de San Esteban. El precio (la habitación ronda los 100 euros por noche) merece la pena por la tranquilidad que se respira y por su excelente emplazamiento.

a mesa puesta
Salamanca tiene una nutridísima oferta gastronómica, pero el viajero, más proclive a arrimarse a la barra que a mesa y cuchara, aconseja perderse por las calles de la ciudad para saborear la cultura de la tapa. La zona Van Dyck, aunque alejada del centro, es especialmente recomendable y el Tevere, en el número 38, uno de sus “templos”.

muy recomendable
La luz del atardecer hace cobrar vida a la piedra de Villamayor, que tiñe de azafrán los monumentos más característicos de la ciudad. Una delicia para los aficionados a la fotografía. Contraindicado para viajeros con prisas.
“El convento de San Esteban de Salamanca y Cristóbal Colón”, de José Luis Espinel, y la monumental “Los dominicos y el Nuevo Mundo”, en realidad las actas del II Congreso Internacional celebrado sobre esta cuestión en Salamanca en 1989 (Editorial San Esteban) son dos obras para profundizar en la relación entre los dominicos y el descubridor de América. Más divulgativo y de lectura más llevadera es ”La gran aventura de Cristóbal Colón”, de Manuel Fernández Álvarez (Editorial Espasa Calpe. Madrid, 2006).

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