Un milagro llamado Galápagos II

Por: Daniel Landa (Texto) D.Landa / Sonia García (Fotos)

Pasamos tres horas hacinados en un barco con los chalecos salvavidas y el sudor desterrando toda fantasía de veleros cruzando el Pacífico. La realidad incluía olor a gasolina y el baile de cuellos que provoca una embarcación rápida sobre el oleaje

Ese era el precio por visitar San Cristóbal, una de las islas más atractivas de Galápagos.

En el puerto, a los lobos marinos solo les faltaba aplaudir nuestra llegada. Estaban por todas partes, en la cubierta de algunos barcos, en las escaleras del embarcadero, entre las rocas de la costa o ronroneando en la playa de Puerto Baquerizo Moreno. Los turistas íbamos desembarcando con la misma cara de idiota, señalando a “las focas” sin saber que no lo eran –que son lobos marinos-, aturdidos en cualquier caso por el viaje y el sol de una ciudad que parece sonreír, toda ella, entre las flores de los árboles y los restaurantes que miran al mar.

El desayuno galapagueño completaba la bienvenida. El bolón de verde es una masa de plátano, con queso y chorizo, que normalmente se acompaña con un par de huevos fritos, café y jugo de frutas… La isla entera con sus aves y sus flores me pareció más ligera que aquel desayuno. Pero una vez saciado ya estaba preparado para recorrer San Cristóbal.

Pasamos tres horas hacinados en un barco con los chalecos salvavidas y el sudor desterrando toda fantasía de veleros cruzando el Pacífico.

En la isla sólo hay un lugar de agua dulce, un lago formado en el interior de un pequeño cráter que los lugareños han bautizado como El Junco. Allí se puede contemplar el baile epiléptico de las fragatas. Estas aves vuelan hasta el lago cada día para quitarse la sal. Rozan el agua y se agitan en el aire en una especie de ritual aéreo, donde los machos, además, exhiben su pecho rojo, por si a las hembras les seduce su vuelo nervioso, como de espasmos en picado, y consigan así sacar más provecho a aquel viaje.

La isla tiene también su galapaguera, su pequeño Edén prehistórico de tortugas enormes a las que hay que ceder el paso en su camino hacia ninguna parte. Y tiene calas de agua celeste, apartadas, lejos de los hombres para no vulgarizar su esplendor. En Puerto Chino se acaba la isla. A esta playa se accede por caminos arbolados donde es posible contemplar la siesta de un lobo marino cansado de tanto sol.

Pero para entender la eclosión de vida, la abrumadora experiencia del contacto salvaje, es preciso volver al mar. Contratamos una excursión con un grupo de ecuatorianos sonrientes. La nueva embarcación era mucho más amable que la que nos trajo desde Santa Cruz. Viajábamos al ritmo de la brisa de un mar en calma, oteando las orillas verdes de San Cristóbal, alejándonos un poco y conquistando islas que parecieran ignotas. Tan solitarias eran esas nuevas playas que tuve que resistir la tentación de plantar una bandera. Y allí hicimos snorkel con la compañía de las tortugas marinas, que apenas nos miraban, apenas nos veían, tan torpes los humanos en aquel mundo de corales y peces de colores. Incluso conseguí bucear junto a una iguana que descendió de una atalaya de piedra para sumergirse en el mar, tan fea, tan estática ahí afuera y, de pronto, parecía una sirena contorneándose delante de mí, bajo el agua.

Para entender la eclosión de vida, la abrumadora experiencia del contacto salvaje, es preciso volver al mar.

Nuestra embarcación alcanzó el León Dormido, un islote que hay que observar por debajo. Me ajusté el traje de buzo consciente de que hacía varios años que no lo hacía, de que aquí las corrientes son especialmente fuertes y de que la idea era adentrarnos en el hábitat de los tiburones. Me tranquilizó Charly, el monitor local. Hablaba tanto que el miedo a sumergirme se vio superado por el miedo a seguir escuchándole, así que más que inquietud sentí un gran alivio mientras descendíamos a 18 metros bajo el agua.

Casi había olvidado esa sensación de bucear entre las escuelas de peces, ver los pulpos que cambian de color y que Charly me señalaba con tanto entusiasmo que hasta me pareció escuchar un murmullo burbujeante detrás de su respiradero.

Vi muchas cosas allí abajo, como en una fábula. Yo creo que bucear es sumergirte en un sueño, que todo es mentira, porque no es posible tal coordinación de algas y peces que no se tocan, de barracudas y anémonas, de aletas irisadas y de silencio, todo a la vez, como una poseía marina.

Hablaba tanto que el miedo a sumergirme se vio superado por el miedo a seguir escuchándole, así que más que inquietud sentí un gran alivio mientras descendíamos a 18 metros

Entonces vi sobre mi cabeza una nube, tan negra que sentí que nos adentrábamos en una cueva bajo el mar. Pero Charly me pidió calma. Nos paramos y seguimos con la mirada el curso ascendente de las burbujas. Esas burbujas atravesaron la nube y abrieron un agujero de luz entre la oscuridad. Entonces comprendí que aquello, que esa mancha negra era un banco de miles de peces. Una escuela gigante de salema, un pez plateado, una especie cuyos individuos no existen sin los otros, pues todos se mueven a un tiempo y cuando yo mismo me adentré en el banco, los peces se apartaron a la vez, creando un cilindro por el que yo buceaba absorto, y casi podía tocar la pared de salemas brillantes, imagen onírica con la que nació mi yo pez, torpe sireno sonriente entre la alegre marabunta de pescado.

Y vi más cosas aquella mañana.

Vi como un lobo marino hacía cabriolas alrededor de una tortuga y vi a los tiburones nadar en círculo allí arriba, como buitres sobre un terreno que dominan, como si hubieran detectado una presa, como si esa presa fuéramos nosotros. Y en ese instante me pareció que el agua estaba demasiado fría.

Casi podía tocar la pared de salemas brillantes, imagen onírica con la que nació mi yo pez, torpe sireno sonriente entre la alegre marabunta de pescado.

Este es hogar de decenas de tiburones martillo pero justo a los martillos no los vi. Tal vez para tener una razón para volver.

Ya en tierra seguía viendo peces a mi alrededor mientras sorbía el enésimo batido de papaya. La tarde caía sobre el lomo encendido de la colonia de lobos marinos. La playa de Puerto Baquerizo Moreno estaba repleta de lobos, adormilados unos sobre otros, almohadas de piel y sal para el descanso de la noche.

En las playas cercanas el hombre puede ver atardecer junto a estos mamíferos, con esa naturalidad endémica de estas islas, donde por una vez no somos el depredador.

Antes de apurar el batido entablé conversación con un guía local. Le hablé de lo insólito de todo lo que había visto. “El verdadero milagro de Galápagos –respondió- es que sólo el dos por ciento del territorio ha sido invadido por el hombre. El resto pertenece a sus legítimos dueños.”

Me quedé mirando a los lobos marinos que se estiraban en la arena. Y tuve la sensación de que uno de ellos levantó muy despacio su aleta como en una despedida.

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