Un paseo en el jardín

Por: Javier Brandoli

Decidí hacerlo. Dejé el confort de la zona de confort y decidí probar. Hice una lista de lo que dejaba atrás: un trabajo, una casa, una familia y amigos maravillosos, una televisión que entendía, una sombra y un puchero. Luego, cuando ya anochecía el repaso, añadí un coche,  mi edredón, mil tabernas y un cd. ¿Qué me espera? Hice otra lista que tras largas noches en vela rellené con un “no lo sé”.

Pero todo empezó antes. Antes de la lista, de pensarla, incluso de quererla. Paseaba mucho mientras fumaba compulsivamente (entonces aún fumaba) por un  estrecho jardín en el que caminábamos en corro para retardar la vuelta al trabajo. Lo repetía, me lo repetía, como un mantra: “tengo que cambiar mi vida, tengo que salir a vivir el mundo”. Se lo decía a mis entonces amigos y compañeros de trabajo que nos consolábamos así de estar rodeados de bobos, inútiles y lamebotas que ascendían a jefes de todo.

Tengo que cambiar mi vida, tengo que salir a vivir el mundo

Una vuelta tras otra, un día tras otro, en el que hacía cuentas sentimentales en aquellos cortos paseos entre la seguridad, comodidades y cariños certeros y una completa nada por descubrir en la que cabían tantas pasiones como miedos. “Hay que irse”, nos decíamos mientras encarábamos el ascensor que nos devolvía los grilletes. Y en cada frase, en cada reflexión en voz alta, notaba que comenzaba a irme poco a poco. Los grandes viajes se hacen paso a paso, al menos así hice yo todos, y este comenzó replicando mantras en un jardín de ciudad.

Luego el pensamiento me venía una noche que regresaba a casa en el coche, a la hora en la que huele a pan de tahona y se escucha el barrer de las calles. Lo hacía tras divertirme donde siempre con la sensación de haber intercambiado ya esas risas. Divertirme, me divertía, incluso mucho, pero con la inquietante duda de si la última carcajada de la noche no la había dado igual ya ayer.

Y luego, en los domingos de resaca y periódico, calculaba milimétricamente las probabilidades que había de haberme tomado ya aquella espectacular caña con tapa en exactamente el mismo centímetro cuadrado de aquella barra unas seiscientas veces. Lo hacía acomodando mis zapatos y mis hombros en mi baldosa dispuesto a tener acaloradamente la misma discusión de siempre en la que todos repetíamos argumentos con la asombrosa incapacidad de hacernos creer que lo hacíamos por última vez.

En el extranjero los domingos son de misa y footing

No me sobraba ni la tapa ni los amigos, pero empezaba a preguntarme que tal sería discutir de otra cosa que tampoco me importe sin haberla ya escuchado antes cien mil veces. Después, que uno piensa mejor con el estómago lleno, me preguntaba cómo podría caberme en la maleta la barra entera con todas sus viandas y hasta el camarero. “En el extranjero los domingos son de misa y footing”, recordaba. Eso lo tenía apuntado entre las cosas malas de marcharme en otra lista que empecé y acabé rápido: “lo peor es que dejo aquí a toda la gente que más quiero”. Y al empezar la de las cosas buenas también entendí que en el anverso estaba la respuesta: “lo mejor es que encontraré nuevas personas a las que querré”.

Y así pasaban los días y mi vida llena de satisfacciones y de anhelos  que debían ir venciendo a la rutina de que todo sea, al menos, por segunda vez. Pasaba el tiempo y mantenía la duda de si habrá al otro lado un mundo nuevo en el que probar fortuna. Esa que tenemos casi todos, indispensable cualidad del ser humano, llamada curiosidad, que consiste en darle más importancia a las preguntas que a las respuestas. Lo hacía cuestionándome una vez tras otra, como lo había hecho desde que tenía 20 años, si sería capaz de largarme de una vez. Así que había una sola razón para hacerlo, para dejar todo: una inquietante interrogante, lo que parecía poco para negociar con mis temores. ¿Cómo se puede mudar la vida con una sola interrogante en la cabeza?

El éxito era partir aunque fuera para volver

Pero lo hice. Da igual ahora el cómo. Y comenzó el viaje y comenzó una nueva vida. No hablaré ahora de lo maravilloso que ha sido todo en estos casi cinco años, los mejores de mí ya feliz vida, ya que es un relativo lleno de casualidades y acontecimientos que en cualquier momento pueden torcerse. El éxito no era encontrar como me ha pasado a mí un sueño, el éxito era partir aunque fuera para volver. Creo que dije ya una vez “sin irme para volver hubieran vivido siempre marchándome mientras estaba quieto”.  No se pierde ni se renuncia a nada, que lo bueno del atrás permanece, sencillamente se añade un montón de nuevas emociones, en cascada, en tropel.

Sirva este texto pues de impulso a los que sueñan y tienen dudas de hacer algo distinto, de zarandear sus vidas, de arriesgarse. Puede que en las madrugadas de un sitio lejano encuentren emociones y consuelos, pero lo que seguro que encontrarán es el fascinante mundo en dosis grandes o pequeñas. Hay un montón de vida y cosas por hacer allí fuera, al otro lado, unos pasos más allá del jardín por el que andan todas las tardes preguntándose si existen otras vidas posibles. Existen, están allí, muy cerca para ir e incluso para volver.

P.D. En estos casi cinco años he sido corresponsal. He viajado toda África repetidamente incluso haciendo un viaje en coche de cuatro meses desde Madrid a Ciudad del Cabo. He organizado y guiado safaris y rutas por varios países. He escrito tres libros (uno ya publicado, otro que se publicaré en breve y otro que se publicará en menos breve). He fotografiado la naturaleza cómo no pensé nunca que lo haría. He llevado un hotel. Me he casado. Ninguna de esas cosas hubiera sido posible sin salir un día de aquel jardín.

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Comentarios (8)

  • Rosa Estévez

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    Maravilloso querido Brandoli. Ni que me hubieras leído el pensamiento. Gracias

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  • alicia

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    Qué bonita forma de decirlo, y de animar a otros a que salgan y comiencen a vivir.
    Lo mejor de un viaje es el viaje, con todo, lo bueno y malo.
    Y yo, apunto de volver, ya quiero irme.

    Abrazo!

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  • Daniel Landa

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    Grande Brandoli, pero no te olvides de volver… de vez en cuando.

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  • her

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    Increíble texto. Leerlo y sentir lo mismo. Conozco ese jardín, esos grilletes y, como no, a los lamebotas…allí siguen. Pero me falta tu valor para dar el paso

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  • Mayte

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    Qué bueno Javier, y tan cierto!!!

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  • Alvaro

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    Qué gran historia. Enhorabuena por ese fructífero cambio.

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  • Lydia

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    Evidentemente, tomaste la decisión acertada. Enhorabuena.

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