Una gata en el Magreb: nostalgia de los mercados

Por: Pepa Úbeda (texto y fotos)

Lamentablemente, los mercados de toda la vida han empezado a naufragar en las grandes superficies comerciales, auténticos clones desparramados por el planeta. Basta taparse los ojos con un pañuelo, subir a un avión y dejarse llevar a una. Sin tener en cuenta a sus usuarios ni la lengua que hablan, posiblemente dudaríamos seriamente de dónde estamos, si en Capetown, Managua o Alcorcón. El cáncer de la globalización ha llegado a tal extremo que no es difícil advertir –y oler– que, incluso, ya ha irrumpido en los mercados de países árabes.

Me fascinan los países que se asoman al Mediterráneo desde sus orillas meridional y oriental. También los que se esconden tras ellos. El norte de África, Túnez, Egipto, Líbano, Siria… Algunos, inaccesibles hoy a causa de los graves conflictos y la acusada penuria democrática que padecen. Nunca han dejado de vivificarme los sentidos. He sospechado a veces que, de ser cierta la reencarnación, quizás debí ser en un pasado remoto una gata arrogante sentada sobre una torre de manuscritos en el cubil de un librero de viejo. Por supuesto, en uno de esos bazares, para mí, tan cosmopolitas. Como aquella que me miraba con firmeza y de hito en hito en el souq de Marraquech hace unos meses. Impasible ante mis puyas occidentales.

De ser cierta la reencarnación, quizás fui una gata arrogante sentada sobre una torre de manuscritos en el cubil de un librero de viejo

En cualquier caso, los zocos parecen haber conservado su idiosincrásico regateo, transacción en la que el turista lleva siempre las de perder, tenderete tras tenderete y escenificación tras escenificación de su propietario. Sin ni tan siquiera apercibirse y de vuelta a casa tan contento.

Aquella gata que quizás una vez fui –quién sabe si durante el reinado de algún majestuoso sultán tras la caída de Constantinopla–, debió morir, al final de su séptima vida, en algún pasadizo del viejo  bazar de Estambul. Harta del mismo estribillo de trapicheos de siempre.

Los zocos parecen haber conservado su idiosincrásico regateo, transacción en la que el turista lleva siempre las de perder

Sin embargo, en mi vida presente, cuando vuelvo a un souq, no deja de admirarme el runrún insinuante de sus vendedores; siempre hombres, nunca mujeres; siempre cosiendo con palabras y sonrisas sus regateos. Dejo entonces a un lado el cansancio y me engolfo de nuevo en sus colores y texturas, aromas y sabores. Y también en los rezos que, desde los minaretes, señalan puntuales las horas.

En ocasiones, puedo llegar percibir en algunos callejones cómo uno de los cinco sentidos domina de tal forma a los cuatro restantes que termina por aniquilarlos. Podría incluso darles nombre: travesía del azafrán, pasaje violeta otomano, calleja del barro estriado…

No deja de admirarme el runrún insinuante de sus vendedores; siempre hombres, nunca mujeres; siempre cosiendo con palabras y sonrisas sus regateos

Es cierto que el sentido del olfato ha padecido y padece una profunda demonización, fruto de puritanas inquisiciones. Pero, si todavía no tenemos la nariz completamente averiada a causa suya y de la contaminación, nos podríamos entregar sin temor a una genuina  cata “poliaromática” en cualquier mercado. Redescubriríamos así la fragancia del anís y la canela o la vehemencia del cardamomo y la menta, pasando por el vigor del ras al-hanout, sorprendente combinado de más de treinta y cinco especias, cuya fórmula es celosamente guardada por sus hábiles alquimistas.

Si en algunos callejones gobiernan luz y color, los ojos se animan espoleados por la orfebrería en plata –la que aportan como dote las jóvenes casaderas– o las telas tintadas con la vieja púrpura de Tiro y el rojo de la cochinilla.

Nos podríamos entregar sin temor a una genuina  cata “poliaromática” y redescubriríamos así la fragancia del anís y la canela o la vehemencia del cardamomo y la menta

Pero, ¡ay si es el sentido del gusto el que controla la encrucijada! ¿Cómo oponerse a los pistachos empapados de miel sobre hojaldre en Estambul o a los olorosos buñuelos marroquíes? Posiblemente desaparezca toda prevención a comerlos, a pesar del peligro de no poder entrar después en la talla 42.

Para recobrar el sentido común tras tal borrachera de vida –¿cómo olvidar el tacto de un pañuelo de seda de color cardenalicio o el rifirrafe de un artesano batiendo cobre?–, serán necesarias más de mil y una noches.

¿Cómo oponerse a los pistachos empapados de miel sobre hojaldre en Estambul o a los olorosos buñuelos marroquíes?

Los insensibles al disfrute de los sentidos probablemente vean en los souqs un cierto aire tronado. Como también se percibe en el forastero de camiseta de tirantes, Nikon al cuello y móvil a mano, pantalón corto y sandalias de goma. Comprador por excelencia de esta pila de Babeles que son los bazares. Aunque, desgraciadamente, un número considerable de lo que hoy se vende allí, podemos encontrarlos en mercados ambulantes y grandes superficies comerciales. Posiblemente fabricado en el oscuro tabuco, en ambos casos, de un país asiático. ¿Cómo, si no, coincidir la misma bufanda en Denia y Safi o el mismo sombrero de paja en Florencia y Túnez?

Alguien nos dirá que no todo se ha adocenado en ellos. Pero la metamorfosis está ahí y parece imparable. Se adivina incluso en los mismos vendedores. Antes, sentados a la puerta de sus tesoros, permanecían imperturbables sin ni tan solo lanzarle el ojo al paseante. Como mi gata. Ahora, son perseguidores inagotables de quien se arriesga por sus pasajes.

Desgraciadamente, un número considerable de lo que hoy se vende allí, podemos encontrarlos en mercados ambulantes y grandes superficies comerciales

Eso sí, queda el alma que desprende el aceite de argán en Essaouira, el jengibre en Damasco y el zumo de frutas en Haleb. O el reclamo del tuareg que nos invita a disfrutar de un te con menta en su rebotica del bazar de Rabat para mostrarnos sus tapices y cerámicas. Ese que tanto nos recuerda a una tienda de nómadas en medio del Sahara.

Si mi gata fuese inteligente y no tan orgullosa, seguro que abandonaría de vez en cuando la cima de su torre de libros iluminados con pan de oro. Cansada de yacer eternamente, no dejaría de pasear su orgullosa cola por todos los callejones de todos los bazares del mundo antes de su definitiva desaparición.

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