Wat Muang: El templo más surrealista de Tailandia

Un Buda gigantesco irrumpía entre los arrozales. Nada anunciaba aquella desproporción, nada parecía explicar por qué emergía precisamente allí, una figura dorada de 92 metros de alto. A la sombra de ese Buda trabajan a diario los campesinos de la provincia de Ang Thong, sobrecogidos por las dimensiones de una de las 10 mayores estatuas del mundo.

La figura forma parte del templo más delirante del budismo tailandés. Todo es surrealista en el recinto sagrado de Wat Muang. Un esqueleto articulado da la entrada a los visitantes. Uno se siente entre incómodo y curioso, antes incluso de entrar en el templo de Cristal.

Las paredes y el techo están cubiertos de espejos que multiplican los adornos ya de por sí barrocos. Asistimos a las oraciones donde los monjes se inclinan entre imágenes de otros monjes tallados de bronce, orgullo del budismo en Tailandia.

Los visitantes pueden acercarse a él, observar su gesto de calma imperturbable, pues de hecho lleva muerto desde 1996.

Wat Muang se empezó a construir en 1990 sobre las ruinas de otro templo. La obra concluyó en 2008, casi dos décadas después, pero el fundador del monasterio, un monje llamado  Luang Pho Kasem sigue en el recinto. Los visitantes pueden acercarse a él, observar su gesto de calma imperturbable, pues de hecho lleva muerto desde 1996, pero su cuerpo permanece en una vitrina, momificado.

Salí a respirar un rato, pero o bien el señor Pho Kasem tenía un lado bastante tenebroso, donde él mismo, momificado, representa el mejor ejemplo, o bien -y me inclino a pensar esto último- poseía un marcado sentido del humor negro. El caso es que el exterior del recinto está plagado de figuras que representan las torturas a las que serán sometidos los condenados al infierno. Las estatuas han sido creadas a escala humana, para dar más realismo a la muerte que nos espera a los pecadores. Cabezas cortadas, lanzas atravesando los cuerpos, perros rabiosos,  serruchos y otros castigos forman parte del llamado Jardín del Infierno. Este monumento a la fealdad está rematado por dos figuras que se elevan unos veinte metros. Un hombre y una mujer esqueléticos, con los ojos fuera de las órbitas y una lengua desencajada.

de Wat Muang sólo se puede salir compungido, sin hablar mucho, sin alzar la voz, inclinando un poco la cabeza

Muchos escolares caminaban perplejos entre las figuras, tratando de asimilar aquellos gestos ensangrentados, aquel museo brutal, bajo el perfil de un Buda omnipresente.

Además de la sala de torturas, también está representado el paraíso. Pero a mí me sedujo mucho menos de lo que me horrorizó el infierno. En definitiva, de Wat Muang sólo se puede salir compungido, sin hablar mucho, sin alzar la voz, inclinando un poco la cabeza, para no ofender a los monjes difuntos a la presencia inexorable de Buda.

Ésta es tal vez a parte más severa de una religión que, para ser justos, suele mostrar un semblante afable. Salimos de Wat Muang con muchas ganas de perdernos entre las montañas del norte.

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